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Lindsay Clancy, a juicio por matar a sus tres hijos: ¿psicosis posparto o asesinato premeditado?

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Es difícil concebir un crimen más horrible, un caso más ‘cerrado’ (con confesión de la acusada) y con una conclusión moral más evidente. Y, sin embargo, cientos de mujeres vestidas de rosa se concentraron este jueves ante el tribunal de Plymouth, Massachusetts, en defensa de la infanticida confesa.

Llevaban camisetas con mensajes como Believe, She Needed Help (necesitaba ayuda) o Peace for Lindsay. Rezaron juntas el padrenuestro y recibieron entre aplausos al abogado defensor Kevin Reddington.

Dentro, Lindsay Clancy, de 36 años, asistía al tramo final de su juicio por haber estrangulado a sus tres hijos: Cora, de 5 años; Dawson, de 3, y Callan, de 8 meses.

Clancy ha admitido que los mató. La tarea del jurado, entonces, es decidir si la Clancy que perpetró el crimen era una madre que planeó cuidadosamente quedarse sola con sus hijos para asesinarlos o una enferma sumida en una psicosis posparto que había perdido contacto con la realidad.

Sucedió el 24 de enero de 2023 en Duxbury, un pueblecito costero de Massachusetts. Lindsay, casada con Patrick Clancy, era enfermera y trabajaba precisamente en maternidad. Por la mañana llevó a Cora al médico, volvió a casa, jugó con sus hijos en la nieve y envió fotografías a su marido y a su madre. Patrick, que trabajaba aquel día desde casa, recordaría después que su mujer parecía feliz. Era uno de los mejores días que había tenido en mucho tiempo.

A las 4.02 de la tarde, Lindsay buscó en internet un laxante infantil, MiraLAX. También consultó el restaurante ThreeV, en Plymouth, y calculó en Apple Maps cuánto se tardaba en llegar. A las 4.47 telefoneó a una farmacia CVS de Kingston para preguntar por otro laxante. El empleado que habló con ella no detectó nada extraño.

Seis minutos después escribió a Patrick, que trabajaba en el sótano. «¿Te apetece que pidamos comida de ThreeV? No he cocinado nada. Ha sido un día largo». Eligieron la cena. Lindsay llamó al restaurante a las 5.10 y realizó el pedido. Cinco minutos después mandó a Patrick el nombre exacto del medicamento que quería para Cora: «Pedia-Lax liquid stool softener».

Patrick salió. Cora, Dawson y Callan seguían vivos. Las cámaras de seguridad grabaron al padre entrando en la farmacia a las 5.32. No encontró el producto y llamó a su mujer. Lindsay no respondió inicialmente, pero le devolvió la llamada. Hablaron durante catorce segundos y le explicó qué debía comprar. Después Patrick fue a recoger la cena. Regresó a casa hacia las 6.09. Lo primero que le extrañó fue el silencio. Buscó a su familia. Subió al dormitorio matrimonial y encontró la puerta cerrada. La abrió con una llave de emergencia. Había sangre en el suelo, un cuchillo ensangrentado y una ventana abierta.

Lindsay estaba en el jardín. Se había cortado las muñecas y el cuello y se había arrojado desde la ventana del segundo piso. La caída le causó lesiones en la médula espinal que la dejaron paralizada. Patrick corrió hacia ella. «¿Qué has hecho?», le preguntó. «He intentado matarme» fue la respuesta de Lindsay, que respondió que los niños estaban en el sótano al ser preguntada por su marido.

Patrick llamó al 911. Cuando llegaron los primeros agentes volvió a entrar en casa y bajó las escaleras llamando a sus hijos. Encontró primero a Cora boca abajo, todavía con una banda elástica de ejercicio alrededor del cuello. Cerca estaba Callan, el bebé, también con una banda. Dawson yacía en el despacho de su padre. Había sido estrangulado del mismo modo. Patrick arrancó las bandas e intentó reanimarlos. «¡Ha matado a los niños!», se le oye gritar en la llamada de emergencia.

Cora y Dawson fueron declarados muertos. Los médicos consiguieron recuperar temporalmente el pulso de Callan y lo trasladaron en helicóptero al Boston Children’s Hospital. No recuperó la actividad cerebral. Murió tres días después.

Nadie discute ya que fue su madre quien los estranguló. Todo lo demás se discute. El nacimiento de Callan, en mayo de 2022, había cambiado a Lindsay. En los meses siguientes comenzó a sufrir ansiedad, insomnio, depresión y pensamientos intrusivos. Su familia observó un deterioro creciente. Su hermana, trabajadora social, ha hablado de periodos de ideación suicida casi diaria. Lindsay manifestó miedo a hacerse daño y a hacer daño a sus hijos. Buscó ayuda, llamó a líneas de prevención del suicidio y terminó ingresada durante varios días en el hospital psiquiátrico McLean. En apenas cuatro meses le recetaron trece medicamentos psiquiátricos diferentes: antidepresivos, benzodiacepinas, antipsicóticos y otros fármacos que distintos profesionales introducían, retiraban o sustituían.

El psicólogo de la defensa, Paul Zeizel, que ha tratado a Clancy desde los asesinatos, declaró esta semana que padecía trastorno bipolar y psicosis posparto. Según el relato que Lindsay hizo posteriormente, una voz masculina le ordenó matar a los niños y después suicidarse.

La capellana Sheila Cavanaugh la visitó más de doscientas veces durante su hospitalización. Esta semana recordó una conversación extraordinaria. Cuando Lindsay pudo hablar después de ser extubada, aproximadamente una semana después de las muertes, le dijo: «Estoy muy contenta de que mis hijos estén a salvo».

Cavanaugh creyó inicialmente que quería decir que estaban en el cielo. Más tarde, según su testimonio, Lindsay le explicó que una voz insistente le había advertido de que ni ella ni los niños estarían seguros si no obedecía.

Para la fiscal Jennifer Sprague, el cuadro es muy distinto. El crimen se planificó minuciosamente. Lindsay eligió un restaurante más alejado de lo habitual. Añadió una parada en la farmacia. Consultó previamente los tiempos del recorrido. Esperó hasta quedarse sola con los tres niños.

¿Puede alguien en un arranque psicótico ser capaz de buscar un medicamento, telefonear a una farmacia, mantener conversaciones normales, elegir una cena, hacer correctamente un pedido, dar a su marido instrucciones precisas y devolverle una llamada para explicarle qué laxante debía comprar? Todo eso, justo antes de matar a sus hijos uno por uno. Difícilmente puede hablarse de impulso psicótico o arrebato.

Eran tres niños de edades distintas. Hubo que dominarlos físicamente y mantener la presión de las bandas elásticas el tiempo suficiente para asfixiarlos. Después hubo que repetir la operación tres veces.

Eso es lo que tiene que decidir el jurado. La depresión existía. Los medicamentos existían. Los pensamientos suicidas existían. La búsqueda de ayuda existió. Pero una causa no es necesariamente una excusa, y una enfermedad mental no elimina automáticamente la responsabilidad.

Pero si el caso ya da por sí mismo para una escalofriante novela negra, lo más noticioso es lo que está pasando fuera del juzgado, en la calle, en las redes. Porque el proceso se ha convertido en un fenómeno nacional, especialmente entre mujeres.

La actriz y activista feminista Alyssa Milano ha aprovechado el caso para recordar su propia experiencia de ansiedad posparto, advirtiendo de lo que puede suceder «cuando las mujeres piden ayuda pero aun así caen por las grietas del sistema». Rusty Yates sabe algo sobre esto. Es el exmarido de Andrea Yates, la mujer que en 2001 ahogó uno por uno a sus 5 hijos en la bañera de su casa de Texas. Fue condenada inicialmente por asesinato, pero aquella sentencia fue anulada y un segundo jurado la declaró no culpable por razón de insanidad. Su ex marido sostiene ahora que Lindsay Clancy tampoco debería ir a prisión.

En el otro extremo, la conocida presentadora conservadora Megyn Kelly ha cargado contra las muestras de simpatía hacia Clancy, y la escritora conservadora Bethany Mandel, madre de 6 hijos y habitual comentarista de las guerras culturales norteamericanas, ha resumido la polémica en una preunta alarmante: «¿Cómo ha podido convertirse Lindsay Clancy en una víctima más convincente que sus tres hijos?».

Entre 300 y 400 personas, casi todas mujeres, acudieron a apoyar a Clancy frente a su casa. Eran abrumadoramente mujeres. Se identificaban con una mujer que había pedido ayuda y a la que, en su opinión, el sistema sanitario había abandonado. Ya, pero hay tres niños muertos, estrangulados metódicamente por su madre.

El grado exacto de culpabilidad de cualquier crimen, más en este, es siempre difícil de discernir. Parece, sí, que Lindsay Clancy estaba gravemente enferma, que su tratamiento no hizo más que empeorar su estado mental, que su depresión postparto fuera especialmente aguda. Pero, aun así, hay algo muy perturbador en la rapidez con que la autora confesa de tres infanticidios muertes se ha convertido para una parte de la opinión pública en la principal víctima de esta historia.

Esta es una sociedad que se manifestó masivamente cuando las autoridades sanitarias españolas sacrificaron al perro Excalibur por temor a que contagiara el ébola. Y que, sin aparente contradicción, se manifiesta igual en apoyo de una mujer que confiesa haber estrangulado a sus tres hijos.

Quizá estamos viendo el punto más bajo de la actual crisis de responsabilidad, en la que cada vez menos cosas son responsabilidad de quien las perpetra. Siempre hay una razón, una compulsión, un condicionante: trauma, enfermedad, medicación, hormonas, pobreza, educación, discriminación, ambiente. De nada somos culpables si tener una causa para hacer algo es siempre un eximente. Pero explicar una conducta no es necesariamente exculparla, o tendremos que concluir que la libertad es un mito.

Hay incluso una ironía particularmente incómoda para el feminismo. Durante generaciones luchó contra la idea paternalista de que la mujer era una criatura dominada por sus nervios, sus hormonas y su constitución, incapaz de la misma agencia y responsabilidad que un adulto varón. Algunas defensas contemporáneas de Clancy, llevadas demasiado lejos, corren el riesgo de regresar por otro camino a aquella misma mujer sin agencia.