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Sequía

145 kilómetros de hormigón, túneles y sifones: Brasil construye un ‘río’ de cemento para acabar con la sequía de millones de personas en el nordeste del país

En el interior del estado brasileño de Ceará, la lluvia puede faltar durante meses y dejar embalses, cultivos y poblaciones enteras pendientes de unas reservas cada vez más escasas. Por este motivo, Brasil trata de responder a ese problema con una obra que, vista desde el aire, se parece a un río nuevo abierto entre las montañas pero no es natural ya que está hecho de canales de hormigón, túneles, tuberías y sifones.

El proyecto se llama Cinturão das Águas do Ceará, el Cinturón de las Aguas de Ceará, y su primer tramo recorre 145,3 kilómetros. Parte de la presa de Jati, donde llegan los recursos del eje norte del trasvase del río São Francisco, y avanza hasta las cabeceras del río Cariús, en Nova Olinda. Desde allí, el agua puede incorporarse a la red de ríos y embalses que abastece el estado. La infraestructura ha sido diseñada para transportar un caudal máximo de 30 metros cúbicos por segundo. El Ministerio de Integración y Desarrollo Regional de Brasil sitúa su ejecución en torno al 92%, con la entrega completa prevista para 2027. Y una vez terminada, reforzará el suministro de cerca de cinco millones de personas, entre los habitantes del Cariri, otras ciudades del interior y la región metropolitana de Fortaleza.

Brasil construye un ‘río’ de cemento para acabar con la sequía

La obra comenzó en 2013 y ha obligado a adaptar el recorrido a una orografía complicada. De este modo en los terrenos donde la pendiente lo permite, el agua avanza por canales abiertos revestidos de hormigón. Y cuando aparece una sierra, el trazado continúa mediante túneles, mientras que si debe salvar una depresión, entra en grandes sifones capaces de mantener el flujo de un lado al otro. La clave del diseño está en la gravedad, con el primer tramo del proyectó siguiendo las cotas del terreno para que el agua descienda desde Jati sin necesitar estaciones de bombeo propias. En total, el proyecto técnico de la Secretaría de Recursos Hídricos de Ceará recoge un recorrido de 145,334 kilómetros y una capacidad de hasta 30 metros cúbicos por segundo.

Que el agua circule por gravedad no significa que la construcción haya resultado sencilla ni barata. Para conservar la inclinación adecuada ha sido necesario perforar la roca y prolongar el recorrido en lugares donde una estación elevadora habría permitido escoger un camino más corto. La ventaja llegará durante la explotación: una vez que el caudal entra en el Cinturón, no hace falta consumir electricidad de forma continua para empujarlo. Parte del sistema ya presta servicio. Desde 2021, los primeros lotes permiten conducir agua hacia el arroyo Seco y, desde allí, a los ríos Salgado y Jaguaribe hasta alcanzar el embalse de Castanhão. La finalización de los sectores pendientes permitirá extender esa seguridad hídrica a más municipios. La inversión acumulada entre el Gobierno federal y el estado supera los 2.000 millones de reales.

La diferencia con el trasvase Tajo-Segura en España

La escala y el caudal permiten establecer una comparación con una infraestructura muy conocida en España. El acueducto Tajo-Segura recorre alrededor de 300 kilómetros y admite un máximo de 33 metros cúbicos por segundo, una cifra cercana a los 30 previstos en Ceará. Sin embargo, el agua española debe superar un desnivel importante al principio del recorrido. Desde el embalse de Bolarque, el caudal tiene que elevarse 245 metros hasta La Bujeda. La Confederación Hidrográfica del Segura explica que la central de Bolarque II dispone de cuatro grupos reversibles con una potencia conjunta de 203 megavatios. Esa elevación inicial permite que el agua continúe después hacia el sureste peninsular, pero implica un gasto energético que forma parte de la explotación del sistema.

El Cinturón de Ceará evita esa factura eléctrica dentro de sus primeros 145 kilómetros aunque conviene añadir un matiz: el agua no llega por sí sola desde el São Francisco hasta la presa de Jati, porque el gran trasvase brasileño al que se conecta cuenta con sus propias estaciones elevadoras. El ahorro se produce en el tramo cearense, desde el momento en que el caudal entra en el canal y comienza a descender siguiendo el relieve. Prescindir de bombas también ha encarecido y alargado las obras. Los túneles y sifones permiten mantener la pendiente, pero requieren más excavación, estructuras especiales y años de trabajo. El calendario inicial quedó atrás hace tiempo: la construcción arrancó en 2013 y todavía quedan sectores por rematar antes de la entrega anunciada para 2027.

Los 145 kilómetros sólo son el comienzo del proyecto

El tramo Jati-Cariús es la primera pieza de una red mucho mayor. La planificación completa contempla alrededor de 1.300 kilómetros divididos en tres grandes tramos y cinco ramales. Su objetivo es repartir las aguas recibidas del São Francisco entre las principales cuencas de Ceará y llevarlas a una parte mucho más amplia del territorio estatal. La mayor parte de esa futura red también se ha concebido para funcionar por gravedad. El diseño sólo contempla un bombeo limitado en el tramo litoral final. Según la documentación de la Secretaría de Recursos Hídricos, el sistema completo permitiría que cerca del 80% del territorio de Ceará se beneficiara de las aguas trasvasadas.

El horizonte de la planificación se extiende hasta 2040, aunque la prioridad inmediata consiste en terminar los 145 kilómetros que ya están en marcha. El canal no puede hacer que llueva ni acabar por sí solo con todas las consecuencias de la sequía. Sí puede guardar y trasladar agua entre cuencas, reducir el riesgo de desabastecimiento y dar margen a ciudades que durante décadas han vivido mirando al cielo. Ese es el verdadero propósito del enorme río de cemento que Brasil construye en el nordeste.