Historia
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Isaac Moreno Gallo, sobre la topografía del Imperio Romano: «Hay aparatos de medición de hace 2.000 años que funcionan con la misma lógica que el GPS actual»

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

El ingeniero e historiador español Isaac Moreno Gallo afirma que los instrumentos de medición del Imperio Romano funcionaban con la misma lógica matemática que utiliza hoy el GPS. Moreno Gallo, nacido en Burgos en 1958 y especializado en ingeniería romana, basa esta comparación en el estudio de aparatos como la dioptra, la escuadra de agrimensor y el corobate.

El investigador sostiene que estos instrumentos permitieron a los romanos trazar calzadas y acueductos con pendientes milimétricas a lo largo de decenas de kilómetros, sin margen de error.

La lógica de la topografía romana frente al GPS actual

El GPS calcula la posición de un usuario mediante la triangulación de señales de varios satélites y fórmulas de trigonometría esférica. Los ingenieros romanos aplicaban el mismo principio con la dioptra, un instrumento de bronce con un limbo graduado en grados sexagesimales que permitía medir ángulos entre puntos elevados del terreno.

Los topógrafos romanos colocaban vértices en montañas y torres visibles y calculaban los triángulos resultantes para fijar coordenadas exactas, la misma operación que hoy resuelve un chip de posicionamiento.

La escuadra de agrimensor, distinta de la groma según Moreno Gallo, servía para trazar perpendiculares y repartir parcelas con precisión. El corobate, una regla de nivelación de seis metros descrita por Vitruvio, fijaba la horizontal mediante agua o burbujas de aire y permitía calcular pendientes de apenas treinta centímetros por kilómetro en los acueductos.

Por qué es importante la topografía romana para la ingeniería actual

La comparación de Moreno Gallo desmonta la idea de que la historia avanza siempre de forma lineal. Roma disponía de una tecnología de precisión que Occidente perdió tras la caída del Imperio y que no recuperó hasta los siglos XVIII y XIX, cuando volvieron a fabricarse teodolitos capaces de igualar aquella exactitud.

El hallazgo también cambia la imagen de las grandes obras romanas. Los acueductos y las calzadas no dependían de la fuerza bruta ni del cálculo aproximado, sino del trabajo de agrimensores y libratores con formación matemática.

Los ingenieros actuales aplican esta misma lógica geométrica para localizar bajo tierra tramos de calzadas o conducciones hidráulicas todavía sin excavar, y para detectar caminos que se atribuyen erróneamente a Roma cuando en realidad son de los siglos XVIII o XIX.

Cómo se perdió el conocimiento de la topografía romana en la Edad Media

El Imperio Romano sostenía su ingeniería de precisión porque contaba con un Estado centralizado capaz de financiar megaobras y de pagar a un cuerpo de funcionarios técnicos. Tras la caída de Roma, el poder se fragmentó en reinos y feudos locales que ya no necesitaban acueductos de cincuenta kilómetros ni calzadas que cruzaran continentes enteros, y la profesión de ingeniero civil desapareció con esa demanda.

Los agrimensores y libratores romanos transmitían su oficio en corporaciones profesionales que se disolvieron junto al ejército y la administración imperial. Occidente perdió además el acceso directo a los textos griegos de geometría y trigonometría, y el conocimiento que sobrevivió quedó refugiado en monasterios centrados en la teología, no en las matemáticas aplicadas.

La crisis económica bajomedieval acabó también con los talleres metalúrgicos capaces de fabricar y calibrar instrumentos como la dioptra. Los pocos aparatos que quedaron se perdieron o se fundieron para convertirse en armas o campanas, y los maestros de obra medievales sustituyeron la ingeniería científica por el empirismo, las cuerdas y la observación directa.

Cuando los reyes medievales trazaban un camino nuevo, seguían los senderos existentes o reutilizaban las calzadas romanas que aún se mantenían en pie, sin capacidad para replicar el cálculo que las había hecho posibles siglos atrás.