Donald Trump: ¡A las bravas!
"Cualquier analista sabe que el mercado tiene un detector de mentiras infalible"
«Mi estilo de hacer tratos es bastante simple y directo. Apunto muy alto, y
luego simplemente sigo empujando, empujando y empujando para conseguir exactamente lo que busco» – Donald J. Trump, el arte de la negociación
Cualquier analista macroeconómico curtido o cualquier value investor que haya sobrevivido a un par de ciclos bajistas, sabe perfectamente que el mercado tiene un detector de mentiras infalible: ¡el precio! Los políticos pueden imprimir comunicados, tuitear en mayúsculas y organizar cumbres con alfombras rojas, pero al final del día, las cotizaciones no mienten. Y lo que nos está diciendo el mercado este 12 de abril de 2026 es que el Estado, una vez más, está demostrando ser el mayor destructor de valor y riqueza de la historia humana.
Hablemos sin tapujos del elefante en la sala: el absoluto circo diplomático que han sido las recientes «negociaciones» con la mediación de Pakistán. Seamos serios, por favor. Cualquier operador con dos pantallas y un mínimo de sentido común sabía que de esa mesa no iba a salir ningún acuerdo. Irán no iba a claudicar en su programa nuclear de la noche a la mañana, y Estados Unidos no iba a ceder un milímetro. ¿Qué fue entonces la cumbre? Una majestuosa, carísima y predecible operación de relaciones públicas. Un lavado de imagen de manual orquestado por Donald Trump, aplicando su propia regla número uno: pedir el 1.000% de entrada para forzar el tablero.
Trump necesita desesperadamente vender un exit strategy a su electorado. Necesita hacer ruido, proyectar un control absoluto de la situación y alejarse de una guerra pantanosa que, como buen hombre de negocios, sabe que es un agujero negro de capital. El mensaje subyacente era claro: «He traído a los ayatolás a la mesa, yo mando, América está de vuelta». Todo muy estético para las cámaras, pero completamente vacío en sus fundamentales. Es como comprar acciones de una empresa quebrada sólo porque han contratado a un nuevo director de marketing.
La realidad, la que duele en los bolsillos y en las commodities, es que el Estrecho de Ormuz sigue siendo el escenario de la mayor disrupción de suministro de crudo de la historia moderna. Pese al cacareado alto el fuego, la arteria yugular del comercio energético global está taponada. Los datos de Kpler y Lloyd’s List son escalofriantes para cualquier capitalista que defienda el libre mercado: de los 140 buques diarios que cruzaban el estrecho antes de que los burócratas con misiles decidieran jugar a los dados con la economía mundial, hoy apenas transitan entre 7 y 10. Estamos hablando de un mísero 5% a 10% del volumen normal.
Es cierto que el mercado ha reaccionado con una pasmosa (y engañosa) tranquilidad, anestesiado por los inventarios globales y por los malabares logísticos de los países vecinos. Arabia Saudita ha hecho los deberes rehabilitando y exprimiendo su oleoducto East-West (Petroline) hasta su capacidad máxima de 7 millones de barriles diarios hacia el Mar Rojo. Los Emiratos Árabes Unidos hacen lo propio bombeando hasta 1,8 millones a través del ADCOP hacia Fujairah. Pero la matemática es implacable, y en este negocio no se puede engañar a la oferta y la demanda: la capacidad de bypass suma, con suerte, unos 5,5 millones de barriles diarios. Antes de febrero de 2026, por Ormuz fluían casi 20 millones. Faltan entre 10 y 12 millones de barriles diarios en el mercado. Es una amputación económica masiva.
Y aquí es donde entra la jugada final de Trump, la táctica del «todo o nada». Como no hubo acuerdo en la pantomima de Pakistán respecto al punto clave (el desarme nuclear), Trump ha decidido aplicar la doctrina de «a las bravas». Sus recientes declaraciones en Truth Social son un testamento a la megalomanía estatista: anuncia un bloqueo naval total por parte de la Marina de los EE. UU.
La ironía es sublime. Para evitar que Irán bloquee el estrecho y extorsione a los buques comerciales, Estados Unidos decide bloquear el estrecho e interceptar a cualquier buque que pague a Irán. El monopolio de la violencia estatal en su máxima expresión y una jugada maestra de Trump. ¿Podemos criticarle las formas? Sin duda. ¿Es un político no convencional? Por supuesto. ¿Sabe negociar? En eso, nadie le gana. Y su baza es clara, eliminar con la armada la única carta con la que cuenta Irán, el estrecho de Ormuz. Muerto el perro, se acaba la rabia pensó Trump.
La estrategia detrás de esta bravuconada es maquiavélica pero, desde un punto de vista de teoría de juegos, tristemente efectiva y alineada con la cita que abre estas líneas: Trump pide la luna (un desarme nuclear instantáneo y la rendición absoluta) para ahogar financieramente al oponente. Sabe que la única carta de negociación real que le quedaba a Teherán era el control físico y el chantaje sobre Ormuz. ¿Qué hace el autoproclamado maestro de la negociación? Le arrebata la carta. Después de haber llevado a cabo una campaña militar que, según sus propias palabras, ha «volado por los aires» la Marina iraní, ha aniquilado su Fuerza Aérea, ha inutilizado sus radares y defensas antiaéreas, y ha dejado a su cúpula de líderes bajo tierra, Trump busca la asfixia económica final.
El mensaje de Washington a Teherán es cristalino: «Tus fuerzas armadas ya no existen. No tienes leverage. O abres el estrecho incondicionalmente, gratis y sin armas nucleares, o te hundo en la miseria económica negándote tu única fuente de ingresos. Y si disparas, te borro del mapa». Trump no está negociando; está ejecutando un margin call brutal sobre una nación entera. Exige el 100% de sus demandas porque sabe que su contraparte está operando con patrimonio neto negativo.
Como anarcocapitalista, observar este dantesco espectáculo geopolítico produce una profunda repulsión. Vemos a dos estados utilizando el libre comercio y la propiedad privada (los buques de carga, el petróleo de inversores privados) como rehenes en su partida de ajedrez psicópata. Trump puede jactarse de que «América está de vuelta» y de que su ejército está «recargado y descansando» para su próxima «conquista», pero el verdadero perdedor aquí es el ciudadano global, el productor, el ahorrador y el consumidor, que terminarán pagando la factura de esta inflación importada y del riesgo geopolítico a través de una energía artificialmente encarecida.
Trump cree haber ganado la mano «a las bravas», pidiendo todo para dejar al otro sin nada. Quizás lo logre a corto plazo. Pero empujar, empujar y empujar con el peso del aparato del Estado rara vez crea un equilibrio sostenible. El circo no puede durar para siempre, y la factura de la arrogancia estatal, invariablemente, la acabaremos pagando los de siempre: ¡Tú y yo!
Gisela Turazzini, Blackbird Bank Founder CEO
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