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Según los psicólogos las personas que desvían la mirada al hablar con otros no son maleducadas, en realidad pueden sufrir ansiedad

Hablar con alguien que apenas nos mira a los ojos o que desvía la mirada cada vez que tiene que decirnos algo, puede provocar una impresión equivocada ya que es fácil interpretar ese gesto como falta de interés, inseguridad o incluso de mala educación. El contacto visual tiene un peso importante en nuestra forma de relacionarnos, así que al hablar con alguien solemos esperar que la otra persona mantenga la mirada como señal de que escucha y presta atención. Sin embargo, el hecho de que alguien nos desvíe la mirada, según explica la psicologí, puede estar más relacionado con la ansiedad que con sus modales.

El psicólogo empresarial y analista de expresiones faciales Joern Kettler señala que la mirada no funciona como una prueba de carácter ni como un detector de mentiras. La situación, el estado emocional, la cultura o la manera de procesar los estímulos pueden modificar considerablemente nuestra forma de establecer contacto visual. De este modo, para algunas personas, mirar directamente a los ojos resulta incluso agotador o incómodo, debido a la ansiedad social que es una de las razones que pueden encontrarse detrás de esta conducta. Por otro lado, quien siente que está siendo observado o juzgado puede experimentar una presión todavía mayor al sostener la mirada de su interlocutor. Pero no es la única explicación. Algunas personas apartan los ojos precisamente para concentrarse mejor en lo que están diciendo, mientras que también existen diferencias culturales y neurobiológicas que influyen en este comportamiento.

Las personas que desvían la mirada al hablar con otros no son maleducadas

Desviar los ojos mientras hablamos no significa necesariamente que hayamos dejado de escuchar. Las investigaciones sobre la denominada evitación de la mirada apuntan precisamente en la dirección contraria. Las personas tienden a mirar hacia otro lugar cuando tienen que pensar, recordar información o resolver una tarea que exige un mayor esfuerzo mental. Resulta sencillo reconocerlo en situaciones cotidianas, por ejemplo si alguien nos pregunta una fecha que no recordamos o necesitamos ordenar una respuesta complicada. Lo normal es mirar hacia arriba, hacia abajo o hacia cualquier punto que no sea el rostro que tenemos delante intentando dar con la respuesta.

El contacto visual exige también procesar información. Mientras miramos un rostro recibimos pequeños estímulos de manera constante: expresiones, movimientos, reacciones y cambios en los gestos. Apartar los ojos durante unos segundos reduce parte de esa información y puede dejar más espacio para concentrarse en aquello que queremos decir. Por eso, una persona que mira hacia otro lado podría estar haciendo un esfuerzo por pensar mejor, y no ignorando la conversación.

La ansiedad puede hacer incómodo el contacto visual

La situación cambia cuando mantener la mirada genera una auténtica sensación de malestar tal y como se analizó en un estudio del doctor Franklin Schneier sobre la relación entre el miedo al contacto visual y la ansiedad social. Tanto el temor a mirar directamente como la tendencia a evitar hacerlo aparecieron entre personas con trastorno de ansiedad social y también en muestras no clínicas con ansiedad social. Para alguien que experimenta esta inseguridad, mirar a otra persona puede intensificar la sensación de estar siendo examinado. Así, en lugar de concentrarse únicamente en la conversación, puede empezar a preguntarse si está mirando demasiado, si debería apartar los ojos o si su interlocutor se ha dado cuenta de que está nervioso.

Por otro lado, el esfuerzo por mantener una mirada que parezca «normal» puede terminar provocando justamente el efecto contrario. Cuanto mayor es el control sobre un comportamiento que habitualmente hacemos de forma espontánea, más artificial puede sentirse. Apartar los ojos funciona entonces como una manera de rebajar esa presión. Esto no permite concluir que cualquiera que evite nuestra mirada padezca ansiedad social. La propia explicación psicológica insiste en que sería precipitado establecer esa relación únicamente a partir de este gesto. Lo importante es observar si aparecen otras dificultades y cómo se comporta esa persona en diferentes situaciones.

No mirar a los ojos tampoco significa estar desinteresado

Existen además personas que experimentan el contacto visual de una manera diferente. En el espectro autista, por ejemplo, puede resultar sensorialmente intenso, agotador o desagradable. Algunas investigaciones apuntan a que apartar la mirada puede servir para reducir esa activación y que determinadas reacciones ante el contacto visual directo pueden producirse de manera involuntaria.

También interviene la cultura. Mientras en muchos contextos occidentales mirar a los ojos suele asociarse con confianza, respeto o seguridad, en otros un contacto demasiado directo puede interpretarse como desafiante o inapropiado. De hecho, una investigación realizada con participantes de Finlandia y Japón encontró diferencias culturales en la percepción de la mirada.

Incluso alguien que normalmente mira a los ojos puede dejar de hacerlo en determinados momentos. Una conversación dolorosa, una crítica, un conflicto o un asunto especialmente personal aumentan la carga emocional. Apartar la mirada unos segundos puede ayudar entonces a ordenar lo que se quiere decir. Por eso resulta más útil observar el conjunto de la conversación que quedarse únicamente con los ojos, ya que si alguien responde a lo que decimos, hace preguntas, escucha y participa, que mire hacia otro lado de vez en cuando no debería interpretarse automáticamente como falta de educación.