La reflexión de ‘El Principito’ sobre el amor: «Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día cada uno pueda encontrar la suya»
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De todas las frases que Antoine de Saint-Exupéry puso en boca del principito, hay una que se distingue de las demás por una razón formal casi imperceptible: no es una afirmación. Es una pregunta. «Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día cada uno pueda encontrar la suya». Esa duda inicial, ese «me pregunto», lo cambia todo. No es el principito declarando una verdad universal desde la certeza, sino un niño mirando al cielo con una esperanza que todavía no sabe si está justificada. Y en esa diferencia reside buena parte de su fuerza.
Las estrellas son el hilo conductor de todo el libro. El principito viene de un asteroide tan pequeño que puede ver cuarenta y cuatro atardeceres en un solo día con solo mover su silla. Desde allí, las estrellas no son decorado ni metáfora: son el mapa de su mundo. Cuando llega a la Tierra y descubre que el cielo nocturno está lleno de ellas, la inmensidad no le aplasta sino que le abre una pregunta: si hay tantas, ¿para qué sirven todas? ¿Hay una para cada uno? ¿Y cómo sabe uno cuál es la suya?
La ‘estrella propia’ no es, en el universo del libro, una simple imagen romántica. Es la palabra que Saint-Exupéry usa para hablar de la vocación, del propósito, de aquello que le da sentido a la existencia de cada persona. El principito tiene la suya muy clara: su rosa, su asteroide, el cuidado de lo que ha domesticado. Su estrella no es un destino abstracto sino algo muy concreto hacia lo que orientar cada decisión. Y la pregunta que se hace -si el universo se organiza para que cada uno encuentre la suya- es en el fondo la misma que se hacen todos los que alguna vez han tenido la sensación de estar buscando algo sin saber todavía muy bien el qué.
Hay en la frase una generosidad implícita que merece señalarse: dice «cada uno», no «los elegidos» ni «los que se lo merecen». La hipótesis del principito es que la estrella propia no es un privilegio reservado a unos pocos sino una posibilidad abierta a todos. El universo, si es que conspira en algo, lo hace a favor de todo el mundo por igual. Solo hace falta seguir mirando hasta dar con ella.
Saint-Exupéry escribió estas palabras en 1942, exiliado en Nueva York, lejos de Francia ocupada, con la guerra haciendo estragos en Europa y con la certeza de que en cuanto pudiera volvería a volar misiones de combate. Era un hombre que sabía perfectamente cuál era su estrella -el aire, los aviones, la escritura- y que no estaba dispuesto a renunciar a ninguna de las tres aunque las circunstancias lo empujaran hacia otra dirección.
Murió dos años después sobre el Mediterráneo sin que nadie encontrara su cuerpo. Pero la pregunta que dejó escrita sigue ahí, sin caducar, cada vez que alguien mira el cielo de noche y tiene la sensación de que todavía no ha encontrado lo suyo.
Esa es, quizás, la razón por la que esta frase en particular sigue resonando con tanta fuerza décadas después. No ofrece respuesta. No promete que la búsqueda terminará bien ni que la estrella propia es fácil de reconocer cuando aparece. Solo plantea la posibilidad de que el universo esté, en silencio y sin prisa, trabajando para que cada uno llegue a ella. Y a veces, con eso basta para seguir mirando.