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La reflexión de Carl Jung, psicólogo discípulo de Freud: «La soledad no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaz de comunicar las cosas importantes»

Carl Jung
Blanca Espada

Estar solo y sentirse solo no son para nada lo mismo. Podemos estar solos en casa, y sentirnos tranquilos incluso felices, o podemos estar rodeados de personas y sentir en el fondo, una profunda soledad. Carl Gustav Jung habló de ello en una frase que se ha convertido en una de las más recordadas del psicólogo suizo: «La soledad no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaz de comunicar las cosas que a uno le parecen importantes».

Lo que plantea Jung es bastante concreto. Hay momentos en los que necesitamos hablar de algo y no encontramos con quién hacerlo. Quizá tenemos gente cerca, pero pensamos que no nos entenderá; quizá sabemos que determinado asunto terminará en una discusión o simplemente no encontramos las palabras. Para Jung, esa imposibilidad de compartir lo que de verdad ocupa nuestra cabeza podía hacernos sentir solos aunque, visto desde fuera, nuestra vida estuviera llena de personas.

Qué quiso decir Carl Jung con su reflexión sobre la soledad

Jung nació en Kesswil, Suiza, en 1875 y estudió Medicina antes de especializarse en psiquiatría. Su nombre quedó muy pronto unido al de Sigmund Freud. Los dos mantuvieron durante años una relación profesional muy cercana, pero acabaron enfrentados por sus diferencias sobre algunas de las ideas fundamentales del psicoanálisis. Jung no compartía, entre otras cosas, el peso que Freud otorgaba a la sexualidad para explicar el comportamiento humano.

La ruptura fue definitiva y Jung continuó trabajando al margen de Freud. De ahí nació su psicología analítica y buena parte de los conceptos por los que todavía se le conoce. Habló del inconsciente colectivo y de los arquetipos, desarrolló su idea de la individuación y estudió la introversión y la extroversión. Algunas de aquellas teorías siguen siendo objeto de discusión, mientras que otras dejaron palabras y conceptos que han terminado formando parte incluso de conversaciones que nada tienen que ver con una consulta psicológica.

La reflexión que nos ocupa aparece en Recuerdos, sueños, pensamientos, una obra construida a partir de los recuerdos y reflexiones de Jung y publicada en 1961. El contexto ayuda a entenderla porque la frase que suele compartirse es sólo una parte del razonamiento. Jung relacionaba la soledad con no poder comunicar aquello que consideraba importante y también con defender puntos de vista que los demás podían considerar inadmisibles.

Eso cambia bastante la imagen habitual que tenemos de una persona sola. Jung no habla únicamente de quien vive aislado o apenas mantiene relaciones. También cabe ahí quien tiene conversaciones todos los días, pero evita ciertos temas porque sabe que provocarán rechazo; quien lleva meses preocupado por algo y no se atreve a decirlo o quien siente que debe esconder una parte de sí mismo para poder encajar. Puede haber compañía y, al mismo tiempo, una enorme distancia.

La diferencia entre estar solo y sentirse solo

Pasar tiempo a solas puede ser algo elegido e incluso necesario. La situación cambia cuando buscamos compañía o comprensión y no la encontramos. Estar solo y sentirse solo no son lo mismo, una diferencia que también establece la Organización Mundial de la Salud (OMS) que distingue la soledad del aislamiento social y estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad. Además, no sólo importa cuántas relaciones tenemos, sino también su calidad y el apoyo que encontramos en ellas.

Podemos conocer a mucha gente y no saber a quién llamar cuando tenemos un problema, o convivir con alguien y evitar durante meses una conversación importante. Es precisamente esa distancia, difícil de percibir desde fuera, la que ayuda a entender la reflexión de Jung. 

Por qué la reflexión de Jung sigue teniendo sentido hoy

La frase fue escrita mucho antes de WhatsApp, Instagram o cualquier otra red social, pero probablemente resulta todavía más llamativa en una época en la que podemos estar en contacto con otras personas prácticamente a cualquier hora. Nunca había sido tan sencillo enviar un mensaje, compartir una fotografía o saber qué está haciendo alguien que vive a cientos de kilómetros.

Sin embargo, esa facilidad para mantener el contacto no implica que todas las conversaciones tengan profundidad. Tener cientos de seguidores, participar en varios grupos o recibir mensajes constantemente puede convivir con la sensación de no disponer de un lugar en el que hablar de determinados miedos, dudas o pensamientos. La cantidad de comunicación y la calidad de la conexión no son necesariamente la misma cosa.

Eso tampoco significa que una relación auténtica exija contarlo todo. Cada persona decide qué parte de su intimidad comparte y con quién. Lo que plantea la reflexión de Jung es otra cosa: qué ocurre cuando sentimos que aquello que para nosotros tiene verdadero valor no puede expresarse ante nadie. Quizá por eso su frase continúa circulando más de medio siglo después de que fuera escrita. Cambian las formas de relacionarnos, aparecen nuevas maneras de comunicarnos y podemos tener a muchas personas a un mensaje de distancia. Pero sigue existiendo una diferencia enorme entre tener a alguien con quien hablar y tener a alguien a quien poder decirle las cosas importantes.

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