La psicología sugiere que las personas más solitarias en la vida no suelen ser los marginados, sino las personas amables, competentes y siempre disponibles
Aquellos que están más disponibles siempre pueden que acaben siendo los que están más solos
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La soledad suele asociarse casi siempre, aunque sea un error, con personas antisociales o que no tienen la capacidad de relacionarse con los demás. Sin embargo, muchas veces es todo lo contrario. Personas a las que siempre se recurre, capaces de solucionar cualquier imprevisto y a las que se ve como esenciales en la vida de los que le rodean, pero que en realidad suelen pasar más tiempo solos, pero ¿a qué se debe esto?.
La psicología diferencia desde hace tiempo entre estar físicamente aislado y experimentar que los vínculos que tenemos no cubren nuestras necesidades emocionales. Y es ahí donde aparece esta paradoja sobre quien siempre está disponible puede terminar siendo visto como alguien que no necesita nada. Su capacidad para ayudar, organizarse y seguir adelante transmite fortaleza. Y mientras todos saben que pueden llamarle cuando algo va mal, quizá sean muchos menos quienes descuelgan el teléfono simplemente para preguntarle: «¿Cómo estás tú?».
La psicología sugiere que las personas más solitarias en la vida no suelen ser los marginados
Ser amable con los demás tiene efectos positivos. La psicóloga social Natalie Kerr recoge investigaciones que relacionan los actos de bondad con una mayor sensación de felicidad y una menor soledad. Ayudar, por tanto, puede convertirse también en una manera de conectar con otras personas, pero el problema puede aparecer cuando ayudar deja de ser algo puntual y se convierte en el papel que una persona desempeña siempre dentro de sus relaciones.
Pensemos en ese amigo que organiza las cenas, escucha los problemas sentimentales de todos y nunca parece tener un mal día. O en el compañero al que se recurre cada vez que alguien necesita resolver algo. Cuanto más competente y disponible parece, más fácil resulta dar por sentado que estará bien. Es decir, que la imagen de autosuficiencia que tienen puede hacer menos visibles sus necesidades, porque si alguien nunca pide ayuda y suele ser precisamente quien la ofrece, los demás pueden acostumbrarse a relacionarse con esa persona desde ese reparto de papeles. Y estar muy presente en la vida de otros no garantiza sentir que los demás están igualmente presentes en la nuestra.
Estar rodeado de gente y sentirse solo no son incompatibles
Este punto resulta fundamental para entender la soledad. Una persona puede vivir sola y sentirse perfectamente conectada con los demás. Del mismo modo, alguien puede tener pareja, amigos, compañeros de trabajo y una agenda llena y experimentar una profunda sensación de desconexión. La diferencia está en cómo percibimos nuestros vínculos, no únicamente en cuántas personas tenemos alrededor. Psychology Today define la soledad precisamente a partir de la distancia que una persona percibe entre las conexiones sociales que desea y las que realmente experimenta.
Por eso alguien puede pasar buena parte del día atendiendo a otras personas y, aun así, echar en falta una relación en la que pueda mostrarse vulnerable ya que ser siempre «el fuerte» también puede complicar las cosas. Cuando los demás esperan que seamos resolutivos, reconocer que estamos cansados, preocupados o necesitamos compañía puede resultar más difícil. Con el tiempo, incluso uno mismo puede acostumbrarse a no pedir demasiado.
El problema no sería entonces la ausencia de gente, sino la falta de reciprocidad emocional: escuchar mucho y ser escuchado poco; preguntar cómo están los demás y comprobar que rara vez alguien hace la misma pregunta.
La soledad no siempre se ve desde fuera
Precisamente por esa razón puede pasar inadvertida. No todas las personas solitarias se aíslan, rechazan planes o permanecen apartadas de los demás. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) distingue diferentes formas de desconexión social y señala que una persona puede sentirse sola cuando no percibe suficiente apoyo en sus relaciones. Y aquí hay otro dato: una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, según el informe publicado por su Comisión sobre Conexión Social en 2025.
Sus consecuencias tampoco se limitan a pasar una mala tarde. La OMS relaciona la desconexión social con un mayor riesgo de problemas como enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, depresión y ansiedad. Sus estimaciones vinculan la soledad con unas 871.000 muertes anuales durante el periodo analizado. Esto explica por qué actualmente se habla de conexión social como una parte importante del bienestar, junto con la salud física y mental.
Preguntar cómo está quien nunca parece necesitar ayuda
La solución tampoco consiste en asumir que toda persona amable o independiente está secretamente sola. No existe un perfil único de la soledad, y ser competente, sociable o generoso no permite saber por sí solo cómo se siente alguien. Sí hay, en cambio, una idea sencilla que podemos aplicar a nuestras propias relaciones: no reservar nuestra atención únicamente para quien manifiesta claramente que la necesita.
A veces prestamos mucha atención al amigo que atraviesa una ruptura, al familiar que tiene un problema o al compañero que está pasando una mala racha. Es lógico. Pero eso puede hacer que otras personas queden siempre en segundo plano porque aparentemente «están bien». Y quizá ahí esté la parte más interesante de esta paradoja. Ser necesario para muchas personas no equivale necesariamente a sentirse cuidado por ellas.
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