Arthur Brooks, catedrático de Harvard: «La adicción al trabajo es la creencia de que el amor sólo se gana con esfuerzo constante y méritos excepcionales; esta creencia es catastrófica»
En un mundo frenético en el que el trabajo se alza como lo más importante de la vida de las personas, Arthur Brooks lanza una reflexión que invita a parar y pensar.
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Arthur Brooks no es un motivador al uso. Es científico social, catedrático en la Escuela de Negocios de Harvard, autor de varios libros sobre psicología de la felicidad y columnista habitual de The Atlantic. Y una de las cosas que más repite, a sus alumnos de MBA y a los directivos que llenan sus conferencias, es algo que muchos de ellos preferirían no escuchar: que trabajar sin parar no es una virtud, sino con frecuencia el síntoma de una herida muy antigua.
«La adicción al trabajo es la creencia de que el amor solo se gana con esfuerzo constante y méritos excepcionales», afirma Brooks. Y añade, sin ambages: «Esta creencia es catastrófica». No lo dice desde la teoría sino desde el reconocimiento de un patrón que ve repetirse en las personas de mayor éxito profesional que conoce, y que él mismo ha experimentado en su propia vida.
La lógica que describe Brooks es más común de lo que parece y más fácil de reconocer de lo que resulta cómodo admitir. Funciona así: hay personas que crecieron en entornos donde el afecto era condicional, donde los logros – las buenas notas, los premios, los reconocimientos – activaban el amor de los padres y los fracasos lo enfriaban. Esos niños aprenden, de forma inconsciente pero muy eficaz, que para ser queridos tienen que rendir. Que el amor no es un derecho sino algo que se gana. Y esa ecuación, instalada en la infancia, no desaparece cuando se llega a la edad adulta: se traslada directamente al trabajo.
El resultado es lo que Brooks llama la trampa del éxito: personas que desde fuera parecen tenerlo todo y que por dentro viven con una angustia sorda, la de no haber hecho aún suficiente para merecer que las quieran. Jornadas de trece horas, semanas sin descanso, vacaciones que no se cogen o que se pasan respondiendo correos. No porque el trabajo lo exija realmente, sino porque parar genera una ansiedad que resulta insoportable. Parar significa dejar de demostrar. Y dejar de demostrar significa, en esa lógica interior, arriesgarse a no ser amado.
El problema de fondo, explica Brooks, es que esa estrategia no funciona. El amor real – de pareja, de familia, de amistad profunda – no responde a los mismos mecanismos que el reconocimiento profesional. En una entrevista reciente, el profesor lo formuló con una claridad que deja poco margen: el amor auténtico no se puede ganar. Es un regalo que se da libremente, y cuanto más se intenta merecerlo a través de logros, más se distorsiona, porque se convierte en algo transaccional. En algo que se cotiza. Y lo que se cotiza, tarde o temprano, también puede perder valor.
Brooks utiliza a menudo una imagen para ilustrar adónde puede llevar la obsesión por el éxito si se persigue en solitario: la de alguien que llega a un restaurante de lujo conduciendo un Ferrari, se sienta a la mesa y come solo porque no tiene a nadie con quien compartirlo. Frente a esa imagen coloca la alternativa: llegar en un coche viejo a un sitio modesto rodeado de personas que de verdad te quieren. La pregunta que lanza después es sencilla y demoledora: ¿cuál de los dos es más rico?
La solución que propone no es dejar de trabajar sino entender por qué se trabaja tanto. El primer paso, insiste, es reconocer si en el fondo de esa hiperactividad existe la creencia de que el amor depende del rendimiento. Porque mientras esa creencia permanezca intacta, ningún logro será suficiente. No hay ascenso, ni cifra de ventas, ni reconocimiento externo que cure una herida que es, en su origen, emocional.
Brooks da clases a algunas de las personas más ambiciosas y mejor preparadas del mundo. Y dice que muchos de ellos vienen a tutorías no para hablar de estrategia empresarial sino de relaciones, de soledad, de la sensación de que algo importante se les escapa. La ironía es que quienes más han hecho por merecer el amor de los demás son, con frecuencia, quienes menos capaces se sienten de recibirlo. Porque nunca aprendieron que el amor no tenía precio. Que simplemente estaba ahí.