Nada es comparable a la tristeza de Sinéad O’Connor: confiesa a cámara (otra vez) su voluntad suicida
La conocimos sosteniendo un primerísimo plano durante los cinco minutos que duraba ‘Nothing compares 2 U’. Hoy, Sinéad O’Connor es poco menos que un despojo de lo que fue, una estrella de la música de finales de los 80 y principios de los 90, en plena efervescencia del pop-rock irlandés en el mundo. Hundida y aislada en un hotel de Nueva Jersey, acaba de publicar un vídeo en su cuenta de Facebook en el que confiesa —una vez más— sus tendencias suicidas: «Espero que este vídeo ayude a alguien. Seguro que a mí no, pero yo ya tengo recursos para ir tirando, aunque me siendo una mierda. Y sola».
Han pasado 28 años desde que el genio de Minneapolis, Prince, se sintió robado por un viejo manager, Steve Fargnoli, que había descubierto a esa joven iralndesa de voz angelical y una carrera destinada a la intrascendencia: «Anda, chica, triunfa con esto», debió decirle… Y vaya si lo hizo. Sinéad O’Connor, con un álbum en el mercado que no había pasado de la tercera fila de los estantes en las tiendas de discos, arrasó en el mundo entero sosteniendo las lágrimas ante la cámara con esa joya musical.
Pero la fama también arrasó con ella. No supo gestionar su conflictiva personalidad y el éxito, los millones y los royalties acabaron por destapar su trastorno bipolar y otras enfermedades psíquicas que la llevaron a protagonizar diversos escándalos públicos. Como aquel día en que esa muchacha de la que sentía orgullosa toda la católica Irlanda rasgó con rabia la fotografía del papa Juan Pablo II al acabar una actuación en directo en televisión.
«Estoy viviendo en un motel Travelodge en lo más profundo de Nueva Jersey. Estoy completamente sola y no hay absolutamente nadie en mi vida a excepción de mi doctor, mi psiquiatra, el hombre más dulce del mundo que dice que soy su heroína». Así comienza O’Connor su (pen)última confesión. Han pasado casi tres décadas, luce una cabeza rapada como entonces, pero como si el cabello hubiese sido retirado esta vez a tijeretazos.
Y también aparece ella sola ante cámara. Esta vez durante 12 minutos. Pero esta vez no, no es capaz de contener las lágrimas.
Sinéad O’Connor llora de desesperación, se agarra la cabeza, grita y se lamenta de que sus enfermedades mentales han hecho que sus «seres queridos» la abandonen «como a una mierda».
«Eso es lo único que me mantiene viva en estos momentos», continúa la artista irlandesa hablando de su psiquiatra. «El hecho de que soy su maldita heroína. Eso es de alguna manera patético», explica antes de hacer referencia a la bipolaridad que padece desde hace años.
Una vez más, y como ya sucediera en mayo del año pasado, la artista se queja públicamente del poco caso que le hacen sus cuatro hijos. «No me mantengo viva por mí. Si fuera por mí ya me habría ido derecha hacia donde mi madre, porque he caminado por esta Tierra durante dos años sola como castigo por estar mentalmente enferma y muy enojada porque nadie se haría cargo de mí, específicamente por tener tendencias suicidas», subraya.
O’Connor ha hablado públicamente en repetidas ocasiones de sus enfermedades mentales. En 2015 canceló su última gira musical por «una situación médica no resuelta». Un año después, y tras no regresar a su casa, fue dada por desaparecida, pero la policía la localizó en un hotel de Chicago. Ya había cortado toda relación con su familia cuando en noviembre 2015 se supo que había sufrido una sobredosis en un hotel de su Dublín natal.
Sinéad ha estado casada cuatro veces. El último de sus matrimonios, con Barry Herridge, un terapeuta especializado en desintoxicaciones de drogas, se celebró en Las Vegas y solo duró 16 días. O’Connor tiene cuatro hijos: Jake Reynolds, con su primer esposo; Róisín Waters, con John Waters, columnista de The Irish Times; Shane, hijo de Dónal Lunny, músico folk y productor irlandés, y Yeshua Francis Neil, nacido el 19 de diciembre de 2006, hijo de su ex pareja Frank Bonadio.
«Las enfermedades mentales son un poco como las drogas. No les importa una mierda quién eres. Al mismo tiempo, lo que es peor es que al estigma le importa una mierda quién eres. Toda la gente que supuestamente debería amarte y cuidarte te trata como la mierda», añade la dublinesa que, a sus 50 años ya sabe más que de sobra que es cierto que ella y su vida son incomparables.
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