El 29-N acentúa la imparcialidad de TVE: Broncano y Henar Álvarez calientan la campaña con dardos al PP y guiños a la izquierda
Los espacios de entretenimiento de TVE refuerzan el sesgo con el humor como salvoconducto ideológico

El adelanto electoral del 29-N ha puesto de manifiesto -más que nunca- una dinámica en TVE que dista de la neutralidad exigible a una televisión pública. Lo que debería mantenerse dentro del marco del entretenimiento se ha transformado en una plataforma de posicionamiento político implícito y explícito. La barrera entre el humor y la movilización ideológica se diluye en la parrilla de La 1, con los guiños a la izquierda y las pullas continuas hacia la oposición que condicionan el discurso en vísperas de los comicios.
David Broncano ejemplificó este clima durante la emisión de La Revuelta, con la visita de Salvador Sobral, que dejó caer la proclama política al asegurar abiertamente que «lo primero que cae es la Cultura» cuando la derecha gana unas elecciones, mientras que el presentador abordó la vertiente electoral planteando invitar a todos los candidatos. Sin embargo, aderezó la invitación con una carga de ironía al declarar que, por imperativo del formato y las fechas, tienen que «simular ser imparciales». Una afirmación que, lejos de limitarse a ser una broma inocente, evidencia la ligereza con la que se asume la falta de neutralidad en el prime time de la televisión pública.
Esta descompensación no es un hecho aislado dentro del ente público. Diversos informes de fiscalización de pluralismo informativo e instituciones de control audiovisual han reflejado repetidamente un claro desequilibrio en la presencia de las diferentes corrientes políticas en TVE: mientras las tesis e iniciativas del espectro de la izquierda copan la inmensa mayoría del tiempo de antena y representación, el espacio otorgado a posturas de la derecha queda relegado a proporciones mínimas y casi anecdóticas. Lejos de corregir esta deriva, caras visibles de la casa como Silvia Intxaurrondo han llegado a justificar públicamente el veto a formaciones como Vox, con el argumento de que determinadas fuerzas políticas no deberían disponer de espacio en los medios públicos.
El sesgo ideológico alcanza su punto álgido con Henar Álvarez al frente de Al cielo con ella. Con un perfil marcadamente activista de izquierdas, la presentadora arrancó el periodo preelectoral elaborando una quiniela irónica compuesta por las 12 «mentiras» que, a su juicio, la ciudadanía escuchará a lo largo de la campaña. Aunque la lista se compone de enunciados que señalan directamente los postulados políticos asociados al PP y Vox, para alinear una vez más el programa con la narrativa de la izquierda:
- «Vamos a estar a punto de entrar en guerra con Marruecos»
- «En el PP manda Feijóo»
- «Están reclutando inmigrantes para que vayan a votar, con sobres con las papeletas dentro»
- «Cuando Felipe González hable, va a ser mentira seguro»
- «Que Pedro Sánchez quiere eliminar la Navidad y prefiere celebrar el Ramadán»
- «Que quieren cambiar el sistema de pensiones porque los jóvenes son unos vagos y no quieren trabajar»
- «Los ministros han utilizado los coches oficiales para ir a conciertos de Shakira»
- «Las feministas quieren acabar con el voto masculino»
- «Quieren acabar con la ley integral de violencia de género porque las denuncias falsas han hecho daño a gente decente»
- «En los decretos aprobados quieren dar subvenciones para acceder a la vivienda a los okupas»
- «Que van a escuchar a la ciudadanía»
- «Los profesores están adoctrinando en la homosexualidad a nuestros niños»
La utilización de espacios de entretenimiento financiados con fondos públicos para condicionar a la audiencia compromete de forma directa los principios de pluralismo, ecuanimidad y objetividad a los que la televisión pública está sujeta por mandato legal. Al sustituir la ecuanimidad por la ironía militante y el activismo programático, TVE degrada el concepto de servicio público en favor del sesgo ideológico en pleno periodo de campaña.
El deterioro de la imparcialidad como pilar de RTVE
El debate acerca de los límites del humor en la televisión financiada con dinero público no es nuevo, pero cobra una dimensión más relevante cuando coincide con períodos de máxima tensión electoral. En una democracia, la corporación pública tiene encomendado un mandato irrenunciable: garantizar el pluralismo social y político, actuar con imparcialidad y ofrecer a los contribuyentes una cobertura equilibrada que no incline la balanza hacia ninguna de las opciones que concurren a las urnas. Sin embargo, la brecha entre el imperativo y la práctica en la pantalla parece ensancharse cada vez más.
El formato de trinchera adoptado por programas teóricamente concebidos para la desconexión hace que la naturaleza del servicio público quede desvirtuada. El problema no reside en la emisión puntual de un chiste o una pulla, sino en la acumulación sistemática de narrativas que favorecen a una ideología mientras ridiculizan, deslegitiman o directamente estigmatizan a otras.
El «humor» como salvoconducto ideológico
El fenómeno de escudarse en la comedia para lanzar consignas políticas constituye una estrategia comunicativa efectiva, a la vez que lesiva para el principio de neutralidad. Al amparo de la licencia del humorista, presentadores como David Broncano o Henar Álvarez pueden lanzar ataques implícitos o explícitos sin someterse a los filtros de veracidad, rigor o réplica que se exigen al periodismo informativo convencional.
Cuando Broncano sostiene entre risas que en su programa tienen que «simular ser imparciales», el mensaje que subyace es devastador: la objetividad se contempla como una imposición burocrática casposa, y no como la garantía fundamental de respeto hacia una audiencia diversa que sostiene el canal con sus impuestos. El humor deja de ser un espacio de encuentro neutro para convertirse en un salvoconducto.
Por su parte, episodios como las valoraciones vertidas por Salvador Sobral en el plató de La Revuelta demuestran hasta qué punto las entrevistas a personalidades de la cultura son instrumentalizadas para fijar marcos ideológicos. Afirmaciones categóricas sobre cómo la llegada de ciertas opciones políticas supondría el desplome automático de la cultura no reciben réplica alguna por parte del presentador, que lo respalda con complicidad y sonrisas para reforzar la idea de que la cultura y el avance social son monopolio exclusivo de la izquierda.
La normalización del sesgo en TVE
La disparidad en el trato que reciben las distintas sensibilidades políticas resulta incontestable al examinar los informes independientes de pluralismo en los medios. Esta disparidad se acentúa cuando presentadoras como Silvia Intxaurrondo justifican los vetos directos a determinadas fuerzas parlamentarias.
En lugar de corregir o fiscalizar estos sesgos, la cúpula directiva de la corporación ha optado por blindarlos. El propio presidente de RTVE, José Pablo López, ha salido públicamente en defensa de la «rentabilidad» de La Revuelta, y justifica su presencia en la parrilla a pesar de las notables caídas de audiencia registradas y del contrato millonario firmado con la productora. RTVE ha normalizado el dejar de ser la televisión de todos los españoles.