Lise Meitner: la científica clave en la fisión nuclear que nunca recibió el Nobel
Lise Meitner y su papel clave en la fisión nuclear, su legado científico y la polémica por el Nobel que no recibió.
5 mujeres importantes para la ciencia
Merit Ptah
Libros sobre mujeres científicas
Lise Meitner no fue una nota al pie en la historia de la ciencia. Fue una mente brillante atrapada en un tiempo complicado, una científica que cambió la física para siempre y que, aun así, vio cómo el reconocimiento más famoso del mundo pasaba de largo. Y lo más interesante es que su historia no es solo científica. Es profundamente humana.
Una chica con obsesión por entender el mundo
Lise nació en Viena en 1878, en una familia judía liberal que creía en la educación. Algo que hoy suena normal, pero que entonces para una niña que quería estudiar ciencia era casi revolucionario. En el Imperio austrohúngaro, las mujeres no tenían precisamente el camino despejado hacia la universidad.
Pero ella insistió.
Tenía esa mezcla de curiosidad tranquila y determinación silenciosa que no hace ruido, pero no se rinde. Le fascinaba la física, ese territorio invisible donde todo parece abstracto hasta que de pronto encaja. Logró entrar en la universidad y se doctoró en física en 1906, algo extraordinario para una mujer de su época.
Berlín: talento, trabajo duro… y puertas cerradas
Se mudó a Berlín para seguir investigando. Allí comenzó a colaborar con el químico Otto Hahn. Esa colaboración duraría más de tres décadas. Juntos formarían un equipo científico potente: él, químico meticuloso; ella, física con una enorme capacidad para interpretar lo que significaban los resultados.
Pero el comienzo no fue sencillo. A Lise no le permitían usar las mismas instalaciones que a sus colegas hombres. Durante un tiempo trabajó prácticamente en un sótano. Sin salario oficial. Sin reconocimiento institucional. Como si su talento tuviera que justificarse cada día.
Con el tiempo, su prestigio creció. Llegó a ser profesora en Berlín, algo rarísimo para una mujer en física. No era carismática en el sentido espectacular del término. Era más bien discreta, reservada, intensamente concentrada. Pero cuando hablaba de física, todo cobraba claridad.
El mundo se rompe y ella también tiene que huir
Entonces llegó el nazismo. Con la llegada de Adolf Hitler al poder, ser judía en Alemania dejó de ser una cuestión secundaria. Se convirtió en una amenaza real.
Durante unos años logró mantenerse gracias a su nacionalidad austriaca. Pero en 1938, cuando Alemania anexó Austria, la situación cambió de golpe. Lise quedó desprotegida. Tenía 59 años. Toda su carrera estaba en Berlín. Sus colegas, su laboratorio, su vida.
Tuvo que escapar casi en secreto. Cruzó la frontera hacia los Países Bajos con ayuda de amigos. Salió sin dinero, sin apenas equipaje, dejando atrás décadas de trabajo.
El momento decisivo: entender lo impensable
Corría el año 1938, cuando Otto Hahn y su equipo bombardean uranio con neutrones. Químicamente, algo extraño estaba ocurriendo. Hahn escribió a Lise, ya exiliada en Suecia. Le explicó los datos. No sabía cómo interpretarlos.
Aquí es donde ocurre uno de esos momentos casi cinematográficos de la historia de la ciencia.
Lise, junto a su sobrino Otto Robert Frisch, analizó los resultados. Y entonces lo vieron claro: el núcleo del átomo de uranio no estaba simplemente cambiando; se estaba partiendo en dos. Era una ruptura del núcleo. Una fisión.
Y lo más impactante: al dividirse, liberaba una enorme cantidad de energía. Esa energía podía explicarse con la ecuación de Albert Einstein, E = mc². Una pequeñísima cantidad de masa convertida en energía pura.
No era solo un fenómeno curioso. Era un descubrimiento que abría una puerta gigantesca.
Frisch publicó la explicación teórica en 1939. Sin ese marco físico, el experimento químico de Hahn no tenía sentido completo. La interpretación fue la pieza clave que transformó unos datos raros en una revolución científica.
La sombra de la bomba
La fisión nuclear no tardó en adquirir una dimensión política y militar. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, la posibilidad de liberar energía a gran escala se convirtió en una cuestión estratégica.
Lise fue invitada a participar en investigaciones relacionadas con el desarrollo nuclear aliado. Se negó. No quería que su trabajo terminara convertido en arma. Fue una decisión firme. No todos tomaron esa postura.
Con el tiempo, la prensa llegó a llamarla “la madre de la bomba atómica”, algo que le molestaba profundamente. Ella había explicado el fenómeno físico. No había diseñado bombas. No había trabajado en su construcción.
Más allá del premio
Lise Meitner no fue una persona amargada públicamente por el Nobel que no llegó. Sus cartas muestran decepción, sí, pero no resentimiento destructivo. Continuó trabajando, enseñando y participando en debates científicos.
Recibió otros premios importantes y, años después, el elemento químico 109 fue nombrado meitnerio en su honor. Es un reconocimiento simbólico poderoso: su nombre quedó integrado en la tabla periódica, ese mapa fundamental de la materia.
Lise Meitner no fue solo la mujer que explicó la fisión nuclear. Fue una mente lúcida en tiempos oscuros. Una científica capaz de mirar el núcleo del átomo y comprenderlo, y al mismo tiempo mantener una conciencia ética clara sobre lo que ese conocimiento implicaba.
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Lise Meitner y la fisión nuclear
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