Investigadores británicos aseguran que la contaminación espacial es 540 veces más dañina que la que emitimos desde la Tierra
Un estudio de investigadores del University College de Londres (UCL) mide por primera vez el impacto climático de las megaconstelaciones de satélites, una fuente de contaminación sin regulación. El hallazgo central apunta al carbono negro que los cohetes liberan en la estratosfera. Por unidad de masa emitida, su efecto sobre el clima supera en 540 veces al de cualquier fuente terrestre.
El trabajo, publicado en la revista científica Earth’s Future, proyecta una década de emisiones de lanzamiento y reentrada de cohetes de 2020 a 2029 e implementa esos datos en el modelo de transporte químico GEOS-Chem, acoplado a un modelo de transferencia radiativa.
¿Por qué el carbono negro de los cohetes afecta más al clima que el de las fuentes terrestres?
El carbono negro de los cohetes se emite por encima de la tropopausa (el límite entre la troposfera, la capa más baja de la atmósfera, donde vivimos y ocurre el clima, y la estratosfera, la capa siguiente, donde está el ozono), donde permanece en suspensión durante varios años, sin que la lluvia lo elimine.
Desde esa posición absorbe la radiación solar de onda corta, calienta la estratosfera y reduce la cantidad de luz que alcanza la troposfera. Por unidad de masa emitida, su forzamiento climático supera en 540 veces al de las fuentes terrestres.
Connor R. Barker, investigador del Departamento de Geografía del University College de Londres y autor principal del estudio, marca esa diferencia a partir de un modelo que proyecta una década de emisiones de lanzamiento y reentrada de cohetes.
Para validarlo, el equipo utilizó mediciones del avión de investigación WB-57 de la NASA, que durante la campaña SABRE interceptó el penacho (la columna visible de gases y partículas que sale de los motores del cohete durante el lanzamiento o la propulsión) de un Falcon 9 a unos 16 kilómetros de altitud.
¿Qué papel tienen las megaconstelaciones de satélites en este fenómeno para los científicos británicos?
Las megaconstelaciones han crecido un 28% anual entre 2020 y 2022, y ya concentran la mayor parte del combustible de cohete consumido en el sector. Su expansión también multiplica las reentradas, ya que los satélites de megaconstelación están diseñados para ser reemplazados cada cinco años, frente a los más de quince de vida media de los satélites convencionales, lo que genera más emisiones por ciclo de renovación.
El estudio calcula que las misiones de megaconstelaciones son responsables del 56% del forzamiento radiativo instantáneo total atribuido a todas las actividades espaciales. La razón es que casi todos sus cohetes queman queroseno, el propelente que mayor cantidad de carbono negro produce. Empresas como SpaceX Starlink y Eutelsat OneWeb dominaron los lanzamientos durante el período analizado.
¿Qué ocurre con la capa de ozono en la Tierra?
El impacto en el ozono estratosférico es, por ahora, limitado. La depleción global atribuida a todos los tipos de misiones espaciales llega al 0,02%, frente al 2% de las sustancias reguladas por el Protocolo de Montreal. Las megaconstelaciones solo causan el 9% de esa depleción, ya que el queroseno no emite cloro, el compuesto que destruye el ozono directamente.
El estudio advierte de que nuevos proveedores como Amazon Leo y las constelaciones chinas GuoWang y Qianfan prevén usar cohetes de propelente sólido, que sí liberan cloro. Un sector más diversificado en cuanto a combustibles podría cambiar este escenario en los próximos años.
Un experimento de geoingeniería sin planificación
Eloise A. Marais, profesora del Departamento de Geografía del University College de Londres y responsable del proyecto de investigación, señala que el efecto conjunto de las emisiones de cohetes es equiparable al de estrategias de geoingeniería de aerosoles estratosféricos, sin planificación previa ni evaluación de consecuencias.
El forzamiento radiativo instantáneo positivo y el negativo ajustado estratosféricamente reproducen el comportamiento previsto en las inyecciones artificiales de aerosoles en la estratosfera.
Los propios autores reconocen que sus proyecciones son conservadoras, ya que la actividad espacial real en 2023 y 2024 superó en hasta un 16% los lanzamientos estimados, lo que sugiere que los impactos podrían ser mayores de lo calculado.