Las claves del galio, el metal que puede fundirse en tus manos
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El mundo de los metales es tan variado como la vida misma. Existen metales duros, blandos, densos, frágiles, moldeables… Todo depende de la aleación y los materiales de los que estén formados. Pero hoy vamos ha hablar de uno de esos materiales tan extraños que son capaces de sorprender a toda una comunidad. Se trata del galio, el único metal que puede fundirse con el simple calor de tus manos sin producirte ningún tipo de daños. Increíble ¿verdad?
Calor corporal
El cuerpo humano suele mantenerse a una temperatura media de 36º centígrados si se encuentra en plenas condiciones de salud. Un rango bastante asequible que, en principio, no supone ningún tipo de problema para los metales. Bates de béisbol, tostadoras, peines… Cada día entran en contacto con nuestras manos decenas de objetos creados a partir de los metales. Unos elementos que no podríamos utilizar si estuvieran hechos de galio, un metal cuya temperatura de fundición radica alrededor de los 29,7 º centígrados. Es decir, los objetos creados con galio pueden derretirse en nuestras manos con el calor producido por nuestro propio cuerpo.
¿Te imaginas que tienes en tu poder una pepita aparentemente dura y que de repente comienza a fundirse entre tus manos? Tranquilo/a, no tienes superpoderes, simplemente tienes en tu posesión un enorme simiente de galio. Un metal con unas propiedades fuera de lo común que suele emplearse entre los químicos reputados para gastar alguna que otra broma pesada en el laboratorio.
Un elemento artificial
Cabe destacar que el galio no es un elemento que pueda obtenerse directamente de la naturaleza. Se trata de un metal creado de forma artificial que fue descubierto por Paul-Émile Lecoq de Boisbaudran en el año 1875. Un curioso material que surge como un subproducto en la fabricación del aluminio y cuyas aplicaciones radican en tecnología de semiconductores y distintas aleaciones basadas en bajos puntos de fusión. Resulta curioso, ya que este tipo de metal puede encontrarse en el mismísimo cuerpo humano. Eso sí, en cantidades excesivamente reducidas.
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