Tras confirmar el origen de su remitente, los científicos resuelven el misterio del enigmático mensaje procedente del espacio
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Durante años, los astrónomos han estado siguiendo una serie de señales que llegaban desde el espacio sin terminar de entender qué estaba pasando. No era raro detectar emisiones de radio o rayos X, pero lo que sí que les llamaba la atención era la forma en la que aparecían, con una regularidad muy marcada y una intensidad difícil de explicar.
No era algo aislado, con señales que volvían una y otra vez, siempre siguiendo el mismo patrón, de modo que comenzaron las dudas y se tuvo la creencia de que tal vez un mecanismo era el que lanzaba dichas señales, aunque en este caso todo lo que se pensó no encajaba con lo que ya se conocía. Por ello, con el paso del tiempo se fueron planteando distintas hipótesis, algunas dentro de lo razonable, otras más especulativas. Pero ninguna terminaba de convencer del todo.
Y ahora, por fin, parece que empieza a haber una respuesta, con un grupo de investigadores que ha logrado rastrear el origen de una de estas señales y ponerle contexto. Y no, no hay nada artificial detrás ni ningún tipo de comunicación, pero sí un proceso físico bastante poco habitual que hasta ahora no se había identificado con claridad.
Los científicos resuelven el misterio del enigmático mensaje procedente del espacio
Lo que registraban los telescopios no era un evento puntual, sino algo que se repetía cada 1,4 horas. Ese detalle, aunque pueda parecer menor, fue lo que más desconcertó a los científicos. Se trataba de pulsos de radio acompañados de emisiones de rayos X que llegaban desde una zona lejana de la galaxia. En principio, ese tipo de señales suele asociarse a objetos muy concretos, como los púlsares.
El problema es que aquí algo no cuadraba. Los púlsares giran muy rápido y emiten radiación de forma continua, pero estas señales seguían un ritmo mucho más lento de lo habitual. Esa diferencia fue suficiente para descartar la explicación más sencilla. Y a partir de ahí, el caso quedó abierto durante años, sin una respuesta clara que terminara de cerrar el círculo.
El momento en el que todo empieza a aclararse
La situación cambió cuando un grupo de científicos decidió analizar una de estas señales con más detalle. No era la primera vez que se estudiaban, pero en este caso contaban con mejores herramientas y más datos acumulados. Ahí apareció el nombre clave: ASKAP J1745−5051. Detrás de ese código hay un sistema formado por dos estrellas que giran muy cerca una de la otra.
Una de ellas es una enana blanca. Es decir, una estrella pequeña, muy densa, que ya ha pasado por la mayor parte de su vida. La otra, en cambio, es más grande y pierde material de forma constante. Ese material no desaparece sin más. La enana blanca lo atrae, lo arrastra hacia sí y lo hace girar a su alrededor en una especie de espiral. Y es justo en ese proceso donde ocurre todo.
El origen real de las señales
Cuando ese material cae hacia la enana blanca, se calienta hasta alcanzar temperaturas muy altas. Eso provoca emisiones de rayos X. Al mismo tiempo, el sistema genera campos magnéticos intensos que producen pulsos de radio. La combinación de ambos procesos es lo que llega hasta la Tierra en forma de señal periódica.
Dicho de otra manera, no hay ningún mensaje ni intención detrás. Es pura física. Pero una física que no se había observado así hasta ahora, al menos con este nivel de detalle. Kofi Rose, uno de los investigadores implicados, ha sido el encargado de explicar que por primera vez se ha confirmado el origen de esas señales a partir de ese fenómeno con la estrella enana blanca, acumulando material de otra estrella por lo que cambia bastante el enfoque.
Por qué ha costado tanto encontrar la respuesta
Una de las razones por las que este misterio ha durado tanto tiempo es bastante simple y es que hay muy pocos casos. Según los datos que manejan los investigadores, sólo se han detectado una docena de señales de este tipo. No es suficiente como para establecer patrones claros o comparar fácilmente unos casos con otros.
Además, este tipo de sistemas no son fáciles de observar. Están lejos, son complejos y no siempre emiten de forma constante. Por eso, hasta ahora, lo más lógico era intentar encajarlos en lo que ya se conocía, aunque no terminara de cuadrar.
Lo que cambia a partir de ahora
El estudio, publicado en la revista Nature Astronomy, no sólo pone nombre a este fenómeno, sino que abre una nueva línea de investigación. A partir de ahora, otras señales similares podrán analizarse con esta referencia en mente. Es posible que algunas tengan el mismo origen, aunque también cabe la opción de que existan varios mecanismos distintos detrás de este tipo de emisiones. En cualquier caso, el hallazgo sirve para reducir el margen de duda y, sobre todo, para separar lo que es ciencia de lo que es especulación.
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