Asteroide Bennu: origen, características y su importancia en la historia del sistema solar
Descubre el asteroide Bennu, su origen, características, composición y por qué es clave para entender la historia del sistema solar.
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Asteroide de 700 metros que va rotando

Aunque podría parecer una roca que flota en el espacio, realmente es notoria la importancia y estudio del asteroide Bennu. Y lo interesante es que todavía seguimos sacando información nueva. Cada muestra, cada dato, aporta algo más.
El origen de Bennu: una historia de fragmentos
Para entender Bennu, hay que retroceder mucho en el tiempo. No hablamos de miles ni de millones de años, sino de miles de millones. Este asteroide es, en realidad, el resultado de una historia bastante caótica.
No nació como un objeto independiente, sino entre los planetas Marte y Júpiter. En algún momento, ese cuerpo original sufrió impactos violentos. Colisiones que lo rompieron en múltiples fragmentos.
Uno de esos fragmentos acabó siendo Bennu. A partir de ahí, su historia siguió evolucionando. Las fuerzas gravitatorias, especialmente la influencia de Júpiter, fueron modificando su trayectoria poco a poco. Con el tiempo, ese fragmento terminó en una órbita cercana a la Tierra.
Dicho de forma sencilla: es material primitivo. No ha pasado por procesos geológicos complejos como los de la Tierra. Es casi como tener una muestra directa de los primeros “ingredientes” que dieron forma a los planetas.
Características físicas: más complejo de lo que parece
En cuanto al tamaño, Bennu mide unos 490 metros de diámetro. No es gigantesco, pero tampoco pequeño. Para imaginarlo mejor, sería algo así como una montaña mediana flotando en el espacio.
Ahora bien, su forma es lo que realmente llama la atención. No es esférico, ni siquiera se acerca. Tiene una forma parecida a una peonza o a un trompo achatado. Este detalle no es casual. Su rotación tiene mucho que ver.
Bennu gira sobre sí mismo cada 4,3 horas. Esa rotación relativamente rápida hace que el material superficial se desplace hacia el ecuador. Es un proceso similar al que ocurre cuando giras algo con fuerza: todo se va hacia los bordes.
La superficie
Durante mucho tiempo, los científicos pensaron que su superficie sería bastante uniforme, cubierta de polvo fino. Pero cuando la nave OSIRIS-REx empezó a enviar imágenes detalladas, la sorpresa fue considerable.
La superficie de Bennu está llena de rocas. Y no hablamos de pequeñas piedras sin importancia. Hay bloques enormes, algunos de más de 10 metros. Esto hizo que la misión de recogida de muestras fuera mucho más complicada de lo previsto.
Además, su densidad es bastante baja. Esto sugiere que no es un objeto sólido compacto, sino un “montón de escombros”. Es decir, una acumulación de fragmentos unidos por una gravedad muy débil. Es como si juntaras muchas piezas sin pegarlas del todo. Permanecen unidas, pero con cierta fragilidad.
Otro detalle curioso: Bennu es extremadamente oscuro. Refleja muy poca luz solar. Esto indica que su superficie contiene materiales ricos en carbono, algo típico en este tipo de asteroides.
Composición: pistas sobre el agua y la vida
Aquí es donde Bennu empieza a destacar de verdad. Las muestras recogidas por OSIRIS-REx descubrieron ciertos restos de agua. No estamos hablando de agua líquida fluyendo como en la Tierra, pero sí de procesos químicos en los que el agua estuvo presente. Y eso ya es mucho decir. Igualmente se han ido descubriendo compuestos con restos de nitrógeno y carbono. Esto lo asociamos a indicios de vida similar a la humana. 
Órbita y comportamiento: un vecino vigilado
Bennu no está lejos de la Tierra, tarda aproximadamente 1,2 años en completar una vuelta alrededor del Sol. Es decir, pasa relativamente cerca de la Tierra con cierta frecuencia.
Esto ha hecho que se estudie con especial atención. Pero no es probable que choque contra la tierra, se dice que el riesgo en el futuro no llega ni al 0.1%. Aun así, los científicos lo siguen de cerca. Y tiene sentido hacerlo.
Uno de los factores que más interesa es el llamado efecto Yarkovsky. Puede sonar complicado, pero la idea es bastante simple. Bennu absorbe la energía del Sol y la libera en forma de calor. Ese proceso genera una pequeña fuerza que, con el tiempo, puede modificar su órbita.
Es un efecto muy sutil, pero acumulativo. En el caso de Bennu, ha sido medido con bastante precisión. Esto permite mejorar las predicciones sobre su trayectoria futura.
La misión OSIRIS-REx y su importancia
El lanzamiento fue en 2016 y la nave contactó con Bennu en 2028. A partir de ese momento, comenzó una fase de estudio muy detallada.
Durante más de dos años, la nave orbitó Bennu, analizando su superficie, su composición y su comportamiento. Se elaboraron mapas muy precisos y se buscaron zonas adecuadas para recoger muestras. Y no fue sencillo. La superficie resultó ser mucho más accidentada de lo esperado.
Aun así, en octubre de 2020, la nave logró realizar una maniobra clave. Descendió hasta la superficie, tocó brevemente el suelo y recogió material mediante un sistema de succión.
Los resultados han sido muy positivos. No solo se recogió más material del previsto, sino que su composición ha abierto nuevas líneas de investigación.
Además, la misión continuó bajo el nombre de OSIRIS-APEX, con el objetivo de estudiar otro asteroide: Apophis.
Importancia científica: una ventana al pasado
Bennu también tiene un valor práctico. Sirve como campo de pruebas para tecnologías espaciales. Desde sistemas de navegación autónoma hasta técnicas de recogida de muestras.
Y hay otro aspecto importante: la defensa planetaria. Entender cómo están formados los asteroides es fundamental si algún día se necesita desviar uno con riesgo real de impacto. No es lo mismo intentar mover un bloque sólido que un conjunto de fragmentos sueltos.
Al final, Bennu no es solo una roca flotando en el espacio. Es una pieza clave para entender de dónde venimos. Y, en cierto modo, también hacia dónde vamos.
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