La Policía toma la vieja cárcel de Palma para buscar delincuentes e identificar a los okupas
Decenas de agentes se han personado en la antigua prisión palmesana a primera hora de la mañana
La Policía Nacional y la Policía Local han irrumpido por sorpresa a primera hora de este miércoles en la vieja cárcel de Palma con el objetivo de identificar a los más de 400 okupas que viven en su interior y proceder al arresto de delincuentes y sospechosos de delitos recientes.
Decenas de agentes se han desplazado hasta la antigua prisión ubicada en el barrio palmesano de Cas Capiscol, acompañados de trabajadores de la Cruz Roja, en un gran operativo que ha generado la alarma entre los vecinos de la zona y de padres y profesores de un colegio que se encuentra muy cerca de las instalaciones.
Muchos de los residentes que viven y pernoctan diariamente en la vieja cárcel de Palma son personas reclamadas por la Justicia por su historial delictivo. Cabe recordar que en las últimas semanas algunos okupas de la prisión palmesana han cometido varios robos y agresiones por la zona.
El último episodio tuvo lugar el pasado domingo una mujer mayor fue víctima de un robo cuando salía de misa. Según testigos, un okupa de la cárcel vieja le arrebató el bolso y la cartera, provocándole un ataque de ansiedad.
Debido a ello, los vecinos de la barriada de Cas Capiscol han convocado una manifestación este viernes para protestar por la inseguridad la zona y reclamar una solución para las personas que viven la cárcel abandonada.
Los okupas que residen allí dentro desde hace años, se han apoderado del sitio y hasta alquilan infraviviendas sin luz ni agua a precios desorbitados que llegan a los 300 a 400 euros por estancia. Todo ello en un entorno lleno de peligros. Los nuevos inquilinos se encuentran con habitaciones improvisadas en módulos de las celdas y tienen que convivir con perros sueltos, gatos y ratas de gran tamaño.
Al caer la noche, los ocupantes de la cárcel acuden a fuentes públicas con carritos de supermercado para cargar garrafas de agua y, en ocasiones, intentan engancharse al alumbrado público, dejando a media barriada sin luz. Las intervenciones policiales son recurrentes, pero la actividad clandestina persiste.
La antigua prisión se ha convertido en un epicentro de delincuencia: peleas entre okupas, incendios, robos y consumo de drogas son parte del día a día. En la parte trasera del recinto se pueden encontrar coches abandonados y desguazados, evidencias del caos imperante.
En su interior, las reformas improvisadas son visibles: suelos embaldosados, puertas metálicas, paredes pintadas y focos alimentados por placas solares. Sin embargo, el acceso a agua potable es imposible desde el interior, obligando a los ocupantes a recurrir a fuentes públicas cercanas.
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