Las geometrías orgánicas de Felip Caldés en un espacio singular de Palma, el Espai Suscultura
Formas con resonancias primitivas de clara geometría se manifiestan de manera orgánica en la obra del artista
El pasado viernes día 8 de julio se inauguraba una exposición singular, en un espacio también no convencional, y en un acto que incluyó recital de poesía y música de tono oriental (lira y arpa) cantada de manera hipnótica, algo también inusual en este tipo de eventos. Una auténtica fiesta para los sentidos y el intelecto.
El lugar es el Espai Suscultura de la calle Miquel Capllonch nº33, un espacio donde se celebran debates y conferencias, encuentros, exposiciones, recitales musicales y poéticos, en fin, un verdadero nicho de resistencia al margen de la monotonía de la cultura oficial insabora, incolora, no políticamente incorrecta, que tanto mal ha hecho al crecimiento personal de la gente y que tan profusamente ha abonado las parrillas de seguimiento de las llamadas tele-basuras generalistas.
La exposición, creo que la sexta o séptima individual del artista (no
llevo bien la cuenta, pese a que intento seguir su trayectoria pues su obra
me parece que vale la pena), se titula “Geometries orgàniques”, y está conformada por una serie de trípticos en papel y en tela, una enorme tela
trabajada en un monocolor, y diversas piezas muy sutiles sobre papel, piezas individuales de un asombroso poder simbólico.
Y en efecto, toda la obra está realizada a través de elementos con reverberaciones geométricas precisas, pero que sin embargo emiten una vibración natural como si se tratase de organismos vivos, como si las formas geométricas fuesen orgánicas, como el título de la muestra indica.
Felip Caldés (Sa Pobla, 1975) es el protagonista de esta muy recomendable exposición, y el artista al que sigo siempre que la información de lo que hace me llega. Lo hice en Can Fondo, en Alcudia, en 2009, y en la galería Joan Melià, también de Alcudia, en 2013; en la exposición “Ante Volans” de la galería Hito de Pollença en 2014, y tras su residencia en Berlín, en la galería La Girafe, de Berlín, ese mismo año 2014; por último, en 2016 en el Espai 32 de Pollença con una extraordinaria “Agros dispersi”, que cerró una etapa que luego ha estado dominado por los tiempos de pandemia que hemos sufrido.
No sé si se me escapa alguna exposición, pero esas son las que yo seguí y recuerdo. En algunas reflexiones anteriores sobre su obra escribí que Felip Caldés transmitía una extraña voluntad de obra perenne con materiales perecederos, generando esa inquieta, insegura manera de transitar entre la vida y la muerte que tenemos los seres conscientes de que el final es inapelable pero que también lo es nuestra ambición de plasmar una huella longeva. Ambos alientos son “naturales”, y oponentes, y nada puede hacerse para resolver la disputa en uno u otro sentido. Hablaba, en otra ocasión, de ciertos reflejos de Hernández Pijoan en su lenguaje pictórico, pero en la exposición actual tal vez lo que más se hermane, en la lejanía, con estas formas geométricas de vago eco primitivo, del eco de las cavernas prehistóricas, serían algunos trazos de A.R. Penck.
Si bien, hay que decirlo rápidamente, su estilo ha alcanzado plena autonomía (lo había hecho ya antes, pero ahora no deja duda alguna), la utilización de elementos contextualizados, es decir, grafismos, formas no inocentes en el lenguaje del arte, formas que remiten, a ojos del espectador cultivado, a otras referencias desde las que el propio discurso quiere partir, no hacen sino enriquecer el trabajo, la propuesta. Como se sabe, no es posible inaugurar cada vez el mundo desde la cuna, desde cero, si se quieren ascender elevadas cumbres.
La inauguración de “Geometries orgàniques” contó con la colaboración del poeta y activista cultural sin igual Antoni Gost “Curro”, que con un poder de declamación que debe ser patrimonio de la escuela de Sa Pobla (lo digo porque hace poco asistí a otro recital de otro excepcional poeta ponler, Francesc Company), llenó la sala de imágenes de una belleza y de una emotividad extremas. Toni Gost es un monstruo sobre el escenario, que no deja piel sin poner el vello en punta.
Si a todo esto le añadimos la exquisita incorporación de Joan Pol a la lira y al arpa, con una voz cadenciosa, de tintes taoístas, que dejó al público flotando muy lejos del mundanal ruido de fondo de la pandemia, las crisis bélicas y económicas, la basura de nuestro tiempo, se comprenderá la magnitud de un acto que de verdad fue memorable. Pero por lo menos lo que sí queda hasta finales de septiembre es la muestra de Felip Caldés, visitable en este singular espacio cultural ciudadano.
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