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Gentrifica, que algo queda

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Deià, pequeño pueblo de nuestra Tramuntana que tiene una superficie de 15 kilómetros cuadrados, sufre o evidentemente puede sufrir un proceso de gentrificación. Mallorca, a su vez, alcanza una superficie de 3640 y, saltando el charco, Asturias y Galicia suman respectivamente los 10.604 y 29.575, pero hete aquí que ahora un catedrático de la UIB ha descubierto y dado a conocer una cuestión inquietante: que la compra de viviendas por parte de mallorquines en el norte peninsular –Asturias y Galicia, mayormente– puede generar procesos puntuales de gentrificación, porque, según ha descubierto ahora, muchos residentes mallorquines están aprovechando para comprar viviendas porque allí son mucho más económicas.

Y este proceso de gentrificación por parte de mallorquines da lugar a cambios importantes, desde el tipo de viviendas a los negocios de las zonas afectadas. No habíamos logrado resolver el cabalgante proceso de gentrificación que sufren ahora algunos municipios de la isla por parte de ciudadanos extranjeros, cuando resulta que ahora los gentrificadores somos o vamos a ser los propios mallorquines y acabaremos gentrificando, si alguien no lo remedia, media España. O sea, un desastre de dimensiones casi universales. Peste de mallorquines, oigan.

CIUDAD DE LA BASURA. Estábamos hace unos días argumentando que Palma, por el traslado consentido por el Consell de la basura de Ibiza para ser incinerada aquí, se estaba convirtiendo en la ciudad de la basura porque, ¿qué ocurre con Palma? Pues que, más allá de tener la ciudad la planta incineradora de todas las basuras de Mallorca —y ahora evidentemente también las de Ibiza—, que es una instalación sumamente contaminante, amén de tener también la adjunta planta generadora de electricidad, está igualmente la central eléctrica de Cas Tresorer, que no es de energías alternativas. Y si a ello sumamos el aeropuerto y el puerto, lugares muy contaminantes según reiteradas denuncias, los polígonos industriales, el mercado central y hasta la cárcel, todo ello sin contar con los miles de vehículos contaminantes que, colapsando los accesos a la ciudad, se desplazan a diario por motivos laborales, ahí tenemos los indeseables factores de contaminación.

Resumiendo, como ya se ha dicho, congestión urbanística y contaminación. Palma aspiraba a ser Capital Europea de la Cultura en 2031, aunque el proceso ha finalizado sin éxito cuando el objetivo de la candidatura buscaba destacar la identidad mediterránea, la creatividad y la cultura con el objetivo de convertir a la ciudad en una referencia cultural. En definitiva, buscaba transformar la ciudad a través de la cultura, la sostenibilidad y su identidad mediterránea. Pero congestión y contaminación casan mal con la oferta actual.

Volviendo a lo que ya no tiene remedio. ¿Ha impedido el Ayuntamiento de Palma que la basura ibicenca llegara a la ciudad? Es una pregunta pertinente porque, si tal ha sido la dejación, habrá que arrepentirse y desear que algo tan perjudicial y sin remedio por ahora no vuelva a producirse.

LA RUINA PREVISTA. Dicen los empresarios del Paseo Marítimo de Palma que la mitad de los comercios está en traspaso y la otra no sabe si mantener los negocios. Bonito panorama, pero nada lejos de lo previsto al haber convertido la Autoridad Portuaria, con el beneplácito del Ayuntamiento, en un lugar para la contemplación, pero absolutamente carente de vida, pese a ser uno de los lugares emblemáticos de una Palma que debería estar rebosante de vida.

Los empresarios reclaman ahora más accesos, más y mejores aparcamientos, transporte y seguridad para reactivar el lugar. Pero este asunto tiene mala solución, cuando menos a corto plazo. Y de no ser así, la zona fenecerá.

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