CRÍTICA

Gaza otra vez, ahora en ‘L’enemic’, joya del teatro realista

La tesis fundacional de Martret no ayuda a observar con ojos limpios, al tomar partido utilizando como excusa la vigencia de una trama que surgió hace casi siglo y medio

l'enemic
Reparto de la obra 'L'enemic', representada en el Teatro Principal.

La apuesta fuerte del Teatro Principal de Palma en la presente temporada ha sido afrontar una producción ambiciosa y hacerlo, además, en solitario. Se trata de L’enemic, según adaptación libre de José Martret, que también la dirige, a partir del texto dramático escrito por el noruego Henrik Ibsen y estrenado en Oslo el 13 de enero de 1883, hace por tanto más de 140 años. Puede que no fuera casual representarla los días 26, 27 y 28 de marzo en la sala gran del Principal, coincidiendo con el Día Mundial del Teatro.

Hablamos de una pieza teatral reconocida como una obra fundamental del teatro realista moderno, hasta el punto de considerar a Henrik Ibsen como el padre del teatro moderno, impulsor clave del realismo, lejos de prácticas estilo melodrama o comedia romántica, pasando a un teatro de ideas donde se analizan las tensiones sociales y psicológicas de la burguesía del siglo XIX. El nacimiento de Un enemigo del pueblo tuvo que ver con el fuerte rechazo que provocó en 1881 el estreno de Los fantasmas, que desafiaba la moral victoriana y las convenciones sociales de la época, denunciando en especial la hipocresía social y la falsa moralidad.

Estamos hablando de un dramaturgo comprometido, adelantado a su época, que no se plegó ante las críticas, decidiendo reafirmarse como autor, dando lugar a un texto demoledor en el que explora el conflicto entre la integridad individual y la corrupción colectiva, enfrentando la verdad incómoda y las conveniencias, subrayando el alto precio de la integridad moral.

Aquí es donde llega mi primera consideración, a propósito de la adaptación que ha hecho José Martret. Nos cuenta el mallorquín dos cosas. La primera, que suele cambiar el título original como indicio de mayor libertad, llegado el momento de abordar su propia versión; y la segunda, la decisión de hacer en el inicio «un monólogo inexistente, que me sirve como tesis fundacional de la propuesta, y no siento por ello traicionar al autor, sino que, partiendo de un texto escrito en 1883 (en realidad se editó el 28 de noviembre del año 1882), ofrezco una versión contemporánea». ¿Qué tesis fundacional es ésa? Sencillamente, meter Gaza con calzador, como también hiciera en Palma el Teatro Nacional Clásico, coincidiendo con la parodia de la flotilla. ¿Tesis funda qué? Muchacho, se te ve el plumero. Menuda tesis fundacional.

Esta soberana estupidez, tan simplista, pone a Lluqui Herrero aportando un prólogo innecesario dada su absoluta ambigüedad o directamente el simple mensaje político, descarado y tendencioso. Ya puestos, ¿por qué no habla del balneario de Sant Joan de la Fontsanta en Campos, ya conocido durante la dominación romana? De hecho, la trama va de balneario. Solo le faltó darle una bandera de Palestina a Lluqui Herrero durante el monólogo. Tal vez le habría gustado. Anyway. Por lo demás, sí es cierto el apego de Martret a la adaptación escrupulosamente respetuosa con la trama original.

Diez intérpretes en escena, especialmente colosales Toni Gomila (el doctor Tomàs Estelrich, transfiguración de Thomas Stockmann) y Caterina Alorda (la alcaldesa, hermana de Estelrich, cuota femenina borrando al hermano en el original); seguidos muy de cerca por Lluqui Herrero (mujer del doctor), Rebeca del Fresno (hija de Estelrich), Xavier Frau (director del periódico local), Pedro Mas (el impresor) y un prodigioso Miquel Gelabert, suegro, cuya sola presencia inunda de luz y sutileza la escena. Interesante el uso de la platea, a modo de asamblea del pueblo para acallar la conciencia del Doc. Stockmann y convertirle en un proscrito. Muy interesante igualmente el papel del escenógrafo Alessio Meloni y su idea de presentar el escenario como una inmensa losa que oprime la verdad.

Puestos con la modernidad, las ilustraciones musicales de Jaume Manresa, todo un clásico en las producciones del Principal, aportan un pulso -cierto que dramático- en la agobiante evolución de la trama. Si el monólogo me pareció una jodida estupidez, que lo fue, tampoco entendí los movimientos autómatas de los intérpretes en los cambios de escena, a modo de pasos en busca del tempo todavía por llegar. También es cierto que no había espacio nítido para las evoluciones intermedias, dada la intencionalidad de Martret a la hora de llevar a buen puerto su peculiar y personal adaptación.

La versión de Un enemigo del pueblo de Ibsen en el Teatro Principal ha coincidido en el tiempo con adaptar esta obra a la ópera, coproducción del Teatro Real de Madrid y el Palau de les Arts de Valencia. Partitura de Coll, Francisco Coll, y libreto de Àlex Rigola, donde se subrayan temas actuales como la posverdad, el auge de las fake news y la degradación de la verdad en los medios de comunicación. Desde hace 140 años no ha dejado de subir esta obra a los escenarios, coincidiendo hoy con el peligro de la destrucción de la convivencia, en momentos tan críticos para Occidente.

La tesis fundacional de Martret no ayuda a observar con ojos limpios, al tomar partido utilizando como excusa la vigencia de una trama que surgió hace casi siglo y medio, obligando a los espectadores a extrapolar el fondo de los hechos narrados con los sucesos del presente, donde lo que impera es posverdad y la manipulación permanente. No imagino lo que haría Henrik Ibsen si levantara la cabeza. ¿Dar la mano a Hamás?

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