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CRÍTICA

Festival de Pollença: guía magistral del legado Mozart por la Orquesta Barroca de Friburgo

La respuesta del público en el claustro de Sant Domingo fue multitudinaria ante la cita con la Freiburger Barockorchester

Elegir la fecha del 15 de agosto, como paso del ecuador del 65 Festival de Pollença, sobre el papel no parecía lo más adecuado, teniendo en cuenta el ambiente festivo en la isla –especialmente en el norte– al coincidir con la Mare de Déu d’Agost. Pese a ello, la respuesta del público fue multitudinaria ante la cita con la Freiburger Barockorchester, la Orquesta Barroca de Friburgo (OBF), llenándose por completo el aforo del claustro de Sant Domingo. No era para menos, teniendo presente que la cita nos proponía una guía magistral del legado Mozart y de la mano de una orquesta de cámara significada por su exquisito planteamiento historicista.

Recordemos que 2026 es año Mozart al conmemorarse el 270 aniversario de su nacimiento (27 de enero de 1756), una invitación, por lo tanto, a visitar programas específicos centrados en el recorrido del legado Mozart y más si cabe, hablando de la OBF, con sus réplicas fieles de instrumentos de época al objeto de recrear el sonido real del siglo XVIII. 

Hablemos un poco de los ilustres antecedentes de la OBF, cuyo enfoque se considera revolucionario en la práctica historicista, aportando una frescura expresiva y depurada cohesión del conjunto. Por regla general, tocan sin la presencia del director; en el caso de Pollença, guiados por el violín de Éva Borhi, lo que supone el valor añadido de fomentar la escucha activa a través del permanente diálogo instrumental.

En su visita al Festival de Lucerna, el 2 de septiembre, será la batuta de sir Simon Rattle la que marque las líneas a desarrollar en el monográfico Schumann. La escucha activa es, asimismo, práctica habitual en las grandes orquestas porque contribuye a una mayor cohesión de conjunto. Aquí, en Mallorca, lo vivimos años atrás, cuando fue invitado el concertino de la Orquesta de Maastricht a dirigir sentado con los primeros violines la Sinfónica de Baleares en su temporada de abono.

El programa presentado por la OBF en Pollença era un recorrido inspirado en la diversidad del catálogo mozartiano, necesariamente subjetivo, ante la evidencia de un corpus que alcanza las 600 obras. Pese a ello, su valor indiscutible residía en proponer un viaje desde la ligereza cortesana del Mozart adolescente hasta la complejidad de sus obras de madurez: todo un abanico de propuestas significativas, desde el Mozart adolescente de 17 años (Exultate, jubilate) al Mozart que a los 35, pocos meses antes de su muerte, nos dejaba su obra maestra La Clemenza di Tito. Como cierre de travesía llegaría la Sinfonía nº 41, ejemplo magno de exaltación sinfónica, además de máxima expresión del genio contrapuntístico de Mozart.

Tratándose de una formación en la que cada uno de sus integrantes destila excelencia interpretativa, no podía faltar la exhibición concertante, a través de los solos elegidos; en esta ocasión, el oboe, la flauta y el fagot, acudiendo para ello a movimientos específicos de los correspondientes conciertos del período comprendido entre 1774 y 1777, en los finales de su etapa galante que marcó sus primeros años de compositor. El esmero en reproducir el sonido real del XVIII, incluidos los usos conocidos de la época, permitía apreciar unas texturas fieles a su remoto presente. Solo por este motivo ya merecía la pena abandonarse en la sonoridad de la OBF, que precisamente el año próximo celebrará el 40 aniversario de su fundación, tomando como referencia su primer concierto formal, pues en realidad la fundación como tal se remontaba al 31 de diciembre de 1985.

El programa elegido dejaba constancia de capítulos específicos que forman parte de su evolución hasta llegar a la plenitud del estilo tardío. Importante  subrayar las veces que haga falta la visión historicista de la OBF, siguiendo con fidelidad sonora los criterios de la época, porque precisamente eso es lo que da sentido a hablar de viaje al legado Mozart, en el que no podía faltar la voz, y qué mejor para ello que una colaboradora habitual de la OBF, Jeanine De Bique, la soprano de Trinidad y Tobago reconocida por su afinidad con el repertorio mozartiano.

Precisamente, dos de las obras que interpretó son referencias constantes en su repertorio: las arias Deh, se piacer mi vuoi (La Clemenza di Tito, 1791) y Se il padre perdei (Idomeneo, 1781), la primera obra maestra de Mozart en el capítulo operístico, rompiendo con los moldes rígidos heredados del pasado. También, De Bique intervino ya en la primera parte, luciéndose en el motete Exultate, Jubilate (1773) escrito en origen para el castrato Venanzio Rauzzini, siendo su parte más célebre el brillante Alleluia final, que Jeanine De Bique bordó de manera sublime. 

Sus cualidades como soprano son la calidad tímbrica, la agilidad vocal y su maravillosa expresividad. Interioriza hasta el mínimo detalle, transmitiendo  una profunda sensibilidad en permanente lucimiento vocal. 

En ningún momento de la intervención de la OBF hubo concesiones a egos previsibles, de manera que los saludos de los solistas, soprano incluida, se enmarcaban en un plano colectivo para afianzar la naturaleza de la idea que marcó el inicio de la Orquesta Barroca de Friburgo: ejercicio compartido. Pese a ello, es de justicia nombrar a los tres solistas miembros de la OBF: Thomas Meraner (oboe), Daniela Lieb (flauta) y Eyal Streett (fagot).

Lo dicho: el ecuador del 65 Festival de Pollença nos regaló una guía magistral del legado Mozart, a mayor gloria de la Mare de Déu d’Agost.