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CRÍTICA

El cuarteto de Brahms salvó los muebles en el claustro de Sant Domingo

Segunda jornada del Festival Mahler en el claustro de Sant Domingo de Pollença. Sábado 19 de septiembre. Después de una primera jornada, que cabía entender colosal, por estar centrada en la Sinfonía nº 6 de Gustav Mahler, atacada por una filarmónica en la que se juntaban jóvenes en edad de conservatorio y sus tutores, ahora llegaba el momento de mirar en los inicios a la sombra de un encabezamiento sobrio, avanzando el contenido. Mahler íntimo: entre Brahms y Alma. Los músicos de muy buen fuste.

Lo que no se contemplaba en el programa de mano es que nos aguardaba una emboscada de papel, mucho papel, de excesiva narrativa interminable y farragosa, con citas absolutamente innecesarias. Monólogo desesperante y, además, desconocíamos por completo a quién pertenecía el busto parlante que alteró por completo el natural desarrollo de los hechos. Este detalle no era menor porque afectó severamente al desarrollo de la parte musical. En especial, la intervención de la mezzo mallorquina Begoña Gómez, la pobre enterrada, literalmente, entre ladrillos de texto. Patético ver a Magí Garcías al piano y Begoña Gómez, convertidos en estatuas de sal hasta que de una puta vez acabase la narradora. ¿Dónde fueron a buscarla?

Lo mismo cabe decir, aunque en menor medida, con el cuarteto, en espera de que acabase por fin la locución y entonces dejar volar aquella recuperación histórica como lo es, desde los años 60, el manuscrito encontrado por Alma Mahler de lo único que se conserva del Cuarteto con piano (1876) elegido para abrir velada, joya arqueológica referida al único trabajo de música de cámara instrumental de Gustav Mahler y compuesto a los 16 años mientras cursaba primero de Conservatorio en Viena.

Y el busto parlante a modo de muro de contención se resistía a ceder la vez en un ejercicio caótico por el hecho de desconocer las claves de la moderación. He trabajado en la radio y sé bien dónde están los límites para evitar desmerecer protagonismos.

El público aguantó estoico la palabrería; también los hubo que se fueron, y menos mal que, llegando el final, desarbolando esa multitud de folios, fue al auxilio de lo que debió ser desde el primer momento de la velada, los que formaban el cuarteto de cámara: Magí Garcías (piano), Fabiola Tedesco (violín), Kinga Wojdalska (viola) y, por último, la compañera de dúo con Magí Garcías, Zuzanna Sosnowska (chelo).

Silencio desde el micro, ¡ya era hora!, emergiendo a partir de entonces el Cuarteto con piano nº 1 (1861) de Johannes Brahms, que le valió al compositor ser llamado «el progresista» por Arnold Schönberg. En realidad era la clave de la noche y además fue el único momento que mereció la pena el diluvio de palabras, al pronunciarse la frase mágica: «Brahms abrió la puerta y Mahler se atrevió a cruzarla».  

El cuarteto sorprendió con su impetuosa y magistral interpretación de este cuarteto, dejando boquiabierto al público ya liberado de tanto sopor; de tal manera que el cuarteto de Brahms salvó los muebles en Sant Domingo. Es necesario subrayar que era la primera vez que los cuatro tocaban juntos y lo verdaderamente sublime por su excelencia llegó con el cuarto movimiento, observando la concentración y complicidad al atacar con tanta excelencia, el rondó a la zíngara. Daba la impresión de ser una formación estable.

La clave de la puerta abierta estaba en la metáfora musical que le abriría Brahms a Mahler, porque éste sentó las bases estructurales que permitieron a Mahler revolucionar la sinfonía alejándose de las formas tradicionales. Es un capítulo aparte el de los cuatro lieders, dos de Alma y dos de Mahler. En relación a estos últimos, se consideran el corazón de toda su obra, al ser la materia prima e hilo conductor de sus monumentales sinfonías, donde sí afloran el amor, la naturaleza, el dolor y la muerte, su fuente argumental.

En el caso de los lieder de Alma Mahler, en ningún momento del ladrillo de texto se habló de estar hablando de una compositora prometedora que tuvo que atravesar dos procesos: en 1901 la prohibición absoluta, y la redención en 1910, poco antes de la muerte de Gustav Mahler. Hoy, sus lieders sí se interpretan con frecuencia en los recitales sinfónicos.