Canciones que tal vez escuchaban los padres del nuevo Papa León XIV
Cuando nació Robert Francis Prevost en Chicago en 1955, ya comenzaban a despuntar nuevas tendencias como el rhythm and blues y la marea imparable del rock and roll
Andaba yo un día de payés, no muy lejano, navegando distraídamente por internet cuando me topé con una lista de los grandes éxitos del año 1965 al cumplirse ahora 60 años de todo aquello. No me pareció mal, aquella relación de temas de la canción moderna, hasta ir a recalar en The Byrds, echándole un pulso al Top 100 con su versión de Mr. Tambourine Man de Bob Dylan. Precisamente aquel año Dylan editó Highway 61 Revisited, el sexto álbum de estudio, donde se encuentra una canción que hizo historia: Like a Rolling Stone. También es cierto que estas listas se apoyan en los números 1 de cada época y sabido es que Bob Dylan comercialmente tuvo más éxito con las versiones que otros hacían de sus canciones y apenas en el caso de que él las cantara. Pero hubo recompensa: el Nobel de Literatura.
Eso de los hits es un invento comercial del siglo XX, cuando en el pasado se estilaba, desde el barroco, una suerte de ascendente: la petición popular.
Por ejemplo el jueves 8 la Sinfónica de Baleares interpretó magníficamente la Sinfonía nº 4 de Brahms, cuyo tercer movimiento (allegro giocoso), el día de su estreno absoluto en 1885 tuvo que ser repetido a petición popular. Lo mismo había pasado en 1813 con el segundo movimiento (allegretto) de la Séptima de Beethoven. Y así sucesivamente. Lo del siglo XX ya es otra cosa, y además prostituida, cuando entró en escena la moda del pay to play (pago por emisión) llegándose al extremo tras el escándalo de la payola que el Congreso de los EEUU acabó prohibiendo esta práctica en 1960.
Hablando del jueves 8. Dos horas antes del concierto de nuestra Sinfónica, saltaba la noticia al mundo entero: el cardenal Robert Francis Prevost salía del Cónclave elegido Papa con el nombre de León XIV. Habrá que ver si los números romanos regresan a nuestro sistema educativo. Me dio por la curiosidad y busqué entonces en internet qué canciones tal vez escucharon sus padres en el Chicago de 1955, al mecer la cuna de su tercer hijo.
En aquella época se publicaban las célebres listas del Billboard, repartidas en cuatro categorías: canciones más vendidas en las tiendas; las que ponían los deejays en la radio con mayor frecuencia; más escuchadas en Rocolas y por último el Top 100 propiamente dicho, que respondía a peticiones de la propia industria discográfica. El punto débil de la cosa. Payola, ya saben.
Además, 1955 era un año fronterizo, porque aun dominando los estándares de distinta procedencia ya comenzaban a despuntar nuevas tendencias, muy en especial el rhythm and blues y la marea imparable del rock and roll. Sin olvidar que la escena musical de Chicago vería aflorar estilos icónicos.
Cuando nació Robert Francis el 14 de septiembre la pugna estaba entre dos figuras sobresalientes en los EEUU: Pat Boone y su Ain’t That a Shame, balada pop muy próxima al R&R (excelente la versión rocanrolera de Fats Domino, editada al año siguiente), y The Yellow Rose of Texas de Mitch Miller y su orquesta, que acabó siendo adoptada como himno confederado en las películas sobre la Guerra Civil americana.
Dos meses antes el duelo era mucho más cercano a los gustos del momento porque competían Frank Sinatra, con Learning the Blues, nada menos que enfrentado a Bil Halley and His Comets y su emblemático Rock Around The Clock. Es decir, el crooner en estado puro, encarándose a la bestia negra del momento para las buenas formas de la sociedad del momento, además amenazada, porque se acercaba la primera gran revolución generacional de la historia puesto que la edad de oro del R&R iba a producirse entre 1957 y 1959.
Otro momento, tal vez algo premonitorio, llegó en diciembre de 1955, con Sixteen Tons de Tennesse Ernie Ford (donde se escucha: «San Pedro no me llames porque no puedo ir, debo mi alma al almacén de la compañía»). Tema enfrentado, en esos momentos, con el duduá de The Four Aces y su Love is a Many-Splendored Thing. Menuda tormenta esa, en la cuna de Robert Francis, cuyo nombre de pila coincidía con el de Bob Kennedy, el hermano de JFK, nacido treinta años antes que él y asesinado en 1968 en el Hotel Ambassador de Los Ángeles. Total, que yo navegaba curioso por internet ese 8 de mayo. Y me llamaron la atención ciertas coincidencias.
Robert Francis Prevost, entonces un bebé de teta, permanecía por completo ajeno a los acontecimientos. Pero, canciones de la época iban despertando tendencias de manera implacable. Y ha acabado siendo León XIV. Amén.
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