MALLORCA

El calvario de los vecinos de una finca de Palma obligados a convivir con ratas: «Las oímos rascar de noche en el salón»

Los afectados denuncian que un bar cerrado de los bajos del edificio ha provocado una invasión de roedores

La comunidad ha tenido que pagarse su propia desratización ante la inacción del propietario

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El crujido empieza cuando cae la noche. No es el crujido habitual de un edificio antiguo, sino un rascado seco, constante y nítido que recorre las paredes y los falsos techos. En el número 30 de la calle Reyes Católicos, en Palma, el descanso se ha evaporado. Desde hace varios días, al menos dos viviendas de las primeras plantas soportan una situación límite: una auténtica invasión de ratas que no se limita a las zonas comunes ni al asfalto, sino que se ha metido de lleno en sus salones, cocinas y dormitorios.

El origen de la pesadilla tiene nombre propio. Todo apunta a la planta baja del inmueble, donde se ubica el bar Can Prebe de Cirareta, conocido con anterioridad como bar Crisma, un negocio que actualmente permanece cerrado a cal y canto. Fue la propia inquilina del local quien dio la primera señal de alarma al encontrar heces de roedores en el interior del establecimiento. No tardaron en saltar las alarmas arriba: en cuestión de poco tiempo, los animales treparon hacia los primeros pisos, colonizando los hogares.

El balance dentro de las casas habla por sí solo. Los afectados han ido acumulando pruebas en forma de fotografías: tapicerías de sofás desgarradas por los dientes de los animales, armarios agujereados, rodapiés carcomidos y techos con marcas evidentes de paso. Y, con el rastro material, la suciedad: excrementos esparcidos por rincones cotidianos y la certeza de que compartir techo con una plaga de estas características roza la emergencia sanitaria.

«No podemos estar tranquilos ni en nuestra propia casa. Continuamente se les oye rascar y pasearse, sobre todo por las noches. No estamos hablando de haber visto una rata una vez en la calle: las tenemos dentro de nuestras viviendas y están causando desperfectos», denuncia con impotencia uno de los vecinos perjudicados. Para las familias afectadas, cruzar el umbral de su puerta se ha convertido en una prueba de tensión constante.

Con el problema metido literalmente en el salón, los vecinos acudieron al propietario del bajo para exigir medidas urgentes. La respuesta inicial parecía encaminar el conflicto: el dueño aseguró que el servicio de desratización ya estaba encargado e incluso pagado por adelantado a una empresa especializada.

La tensión fue en aumento. El teléfono de la empresa no daba respuestas claras, las llamadas al propietario se multiplicaban y la paciencia de los residentes se agotaba al mismo ritmo que los roedores seguían ganando terreno. Aunque el titular del local llegó a presentarse en el portal asegurando sentirse sorprendido por el plantón del servicio contratado, el relevo de las gestiones solo empeoró el panorama.

La interlocución recayó en uno de los hijos del arrendador, quien supuestamente iba a reclamar explicaciones a la empresa. Lejos de calmar los ánimos, su contestación ante la angustia vecinal dinamitó cualquier atisbo de entendimiento: «Si tenéis miedo, dormid en casa de mi padre y que os arrope él».

El desprecio sentó como un jarro de agua fría en una comunidad que llevaba jornadas sin dormir y con el mobiliario destrozado. «Nos cuesta entender que, ante una situación con ratas entrando en viviendas particulares y provocando daños, la respuesta sea una frase de este tipo en lugar de una solución», lamentan los afectados, molestos ante lo que consideran una falta total de empatía y de respeto hacia personas que están viendo comprometida su salud y su patrimonio.

Llegados al tercer día de calvario y ante el vacío de soluciones reales, los propios vecinos decidieron tomar el mando. Conscientes de que no podían seguir conviviendo con los animales ni un minuto más, la comunidad de propietarios contrató por su cuenta y riesgo a una compañía de control de plagas, asumiendo de su bolsillo el coste íntegro de la intervención.

Sin embargo, en el bloque saben que poner trampas y cebos es solo un parche si no se ataja la raíz. Según los datos que manejan los residentes, la última constancia que se tiene de una desratización en el bar de los bajos data de 2022. La gran inquietud ahora es qué pasará cuando el veneno pierda efecto. Los afectados exigen saber con exactitud por qué rendija acceden los roedores desde el bajo cerrado, que se sellen los accesos y que se diriman responsabilidades para que el número 30 de Reyes Católicos no vuelva a ser noticia por despertar cada noche al sonido de las ratas royendo sus paredes.

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