El 29-N saldremos a votar, ganaremos y los echaremos

El 29-N saldremos a votar, ganaremos y los echaremos

La invasión de Ceuta por parte de Marruecos, cuyos efectos siguen vigentes, ha puesto en evidencia ciertas inadecuaciones en lo que respecta a la defensa nacional de España. Entendemos por defensa nacional la acción coordinada de la diplomacia, los servicios de inteligencia, las Fuerzas Armadas y el potencial económico, cuya dirección corresponde al presidente del Gobierno. Los hechos ponen de manifiesto la inadecuación de las medidas que, si es que se ha adoptado alguna, se hubieran venido empleando hasta ahora. Se trata de defenderse en el contexto de una guerra híbrida.

Durante años, el territorio de Ceuta se ha visto sometido a lo que se conoce como amenaza híbrida, una situación que habría requerido la adopción de una defensa activa. Esta circunstancia ha dejado a España expuesta a la coacción, la injerencia y el sabotaje, convirtiéndola en un objetivo vulnerable. El reto consiste en diseñar y activar una defensa activa, basada en mecanismos de disuasión creíbles, antes de que las actividades hostiles vuelvan a normalizarse. Lo contrario supone contemplar cómo las acciones hostiles se agravan sin que el Gobierno ofrezca una respuesta adecuada, lo que permite al agresor controlar el ritmo de desarrollo de la confrontación.

La diplomacia es esencial en estas situaciones y, durante la crisis de Ceuta, su actuación fue manifiestamente mejorable. Las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores no fueron muy afortunadas. En este sentido, hay que recordar que la Estrategia de Acción Exterior 2025-2028 presta especial atención a nuestros vecinos inmediatos —África Occidental, el norte de África y Oriente Medio—, donde se produce buena parte de los desafíos que afectan directamente a la seguridad y la prosperidad de España.

Este preámbulo procede de un experto en temas de seguridad y defensa, de alguien que lleva muchos años asesorando y evaluando situaciones complejas. Bajaré ahora a un nivel más coloquial y directo, porque algunos de los términos utilizados han quedado desfigurados por los incompetentes y perversos personajes que mueven las piezas del tablero estratégico español. En cuanto a si contamos con un jefe del Gobierno y un equipo gubernamental adecuados, visto lo visto, diremos que no. Ha llegado la hora de reaccionar y dar un paso al frente.

Pedro Sánchez ha seguido una única estrategia: mantenerse en el poder al precio que sea, aunque su incompetencia e inmoralidad puedan costar vidas ciudadanas. La lista de despropósitos es inmensa, la corrupción que lo rodea es asfixiante y los episodios catastróficos se suceden de forma continua. Todo ello nos ha llevado a una situación insostenible. Afortunadamente, ha abierto la puerta a la esperanza al convocar elecciones, aunque persiste la amenaza de que se cortocircuite el proceso electoral si fuera necesario, en un escenario que se presenta muy mal para él y su entorno.

Curiosamente, el 18 de diciembre de 2019 escribí en EL MUNDO un artículo titulado Pedro Sánchez, un problema para la seguridad nacional, que comenzaba así: «A los españoles les preocupa seriamente la situación social y política que desde hace tiempo bloquea el país. Existe la amplia percepción de que en el horizonte se está formando una tormenta. El Estado afronta un periodo de desgobierno debido a diversas causas que tienen como denominador común un presidente del Gobierno con actuaciones impredecibles y comportamientos que presentan rasgos de inestabilidad».

El artículo terminaba con estas palabras: «Los poderes del Estado no deben permitir esta actuación lesiva y deben proceder a constatar si la conducta del candidato incurre en responsabilidad criminal. Estamos ante un problema de seguridad nacional».

Para Ceuta y los ceutíes, para España y los españoles, solo queda una solución: la que vengo reclamando desde 2019, que Pedro Sánchez deje el poder y se convoquen elecciones. Ha llegado el momento crucial. Por fin, las ha anunciado, obligado por la crítica situación en la que nos encontramos. De haber dependido de él, las habría retrasado hasta conseguir los millones de votos que necesita.

Nos jugamos la vida como nación, nos jugamos el futuro de la democracia y de España. Hay que echar a esta mafia que nos degrada hasta límites increíbles. Estos días he tenido la grata experiencia de comprobar que muchos ciudadanos han percibido lo que nos jugamos y que, sin decir nada, se acercan y nos dicen: «Adelante, por favor. Yo no he votado nunca; mi familia es socialista, pero yo les votaré. No puedo más».

Una mujer trabajadora, responsable de un área comercial, me ha expresado este sentimiento. Como ella, muchas personas nos aplauden y nos piden que echemos de una vez a estos corruptos impostores que, a su juicio, están desmontando el Estado y han situado nuestra democracia al borde de convertirse en uno de esos narcoestados comunistas.

Los líderes del 15-M están totalmente desacreditados; los sindicatos, a los que considero instrumentos políticos verticales, están identificados como la carcoma del sistema, y la inmigración incontrolada se presenta como una ruina. Sus tretas, ya sea en materia de vivienda —pese a que, en mi opinión, ellos han sido los grandes culpables de esta tremenda crisis—, mediante promesas incumplidas o a través de la corrupción que, según sostengo, impregna todo lo que tocan los sanchistas y sus cómplices, constituyen su única estrategia.

Harán todo lo posible para mantenerse en el poder, pero estoy convencido de que todos los que queremos lo mejor para España saldremos a votar, ganaremos y los echaremos. Ruego que nadie se quede en casa el día 29 de noviembre. Muchas gracias por adelantado.

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