Tamames y el buen parlamentarismo español
En su libro, La oratoria parlamentaria, el historiador y catedrático emérito de Historia Contemporánea, José Manuel Cuenca Toribio, reúne diferentes intervenciones políticas del pasado (siglos XIX y XX) acontecidas en el Congreso de los Diputados, la casa no docta de la palabra en España, aclamadas todas ellas por su finura retórica y su brillantez expositiva, distante de lo que los tiempos han venido en llamar decadencia política, manifestada hoy en oradores que sumergen su ignorancia y falta de lecturas en constantes ataques a la razón, la lógica del debate y el decoro dialéctico.
La utilidad de la reciente moción de censura ha estado, sobre todo, en demostrar la insuficiencia intelectual de buena parte de los representantes de la Cámara Baja, incapaces de seguir la estela discursiva de un señor que, con su intervención, nos reconcilió a muchos con los mejor del antiguo parlamentarismo español, donde los oradores políticos regaban sus intervenciones con un discurso de respeto a la España que legisla. No he visto nada más parlamentarista en la legislatura donde se cerró el Parlamento que esta moción.
Tamames y el buen parlamentarismo español, decíamos. La altura retórica de su intervención, el dominio mesurado de la ironía y el sarcasmo y la forma en la que interpelaba al conjunto de sus señorías, demostró que es posible debatir en tribuna sin estridencias, gritos, insultos, descalificaciones o menosprecios a la contraparte. Todo lo contrario de lo que representaron Sánchez, Errejón o Rufián con sus discursos, por no citar a esa candidata que habla a los ciudadanos como ovejas parvularias. El paternalismo de Yolanda es consustancial a su competencia. Cuanta menos tiene, más abusa.
Tamames tuvo para todo y para todos. Usó sabiamente los recursos literarios que su memoria le permitía, y en ese fino análisis de España y su decadencia, desquició, como veterano profesor, a esos púberes alumnos que llegaron al escaño como el matón que llega a la escuela con afán de todo menos de aprender.
En esa disputa entre efectismo y efectividad, Sánchez improvisó por contra réplicas a partir de discursos cocinados, y como buen comunicador de eslóganes, se dedicó a lo que mejor sabe: vomitar etiquetas de consumo fácil para el activista. Su histrionismo quedó retratado por el verbo ágil de un casi nonagenario candidato alternativo y una España que ya le caló hace tiempo.
Nada fue cierto en el discurso del Presidente censurado. Ni lo que atribuyó a la contraparte ni lo que presumió de sí mismo o de su Gobierno. Cada dato que dio es desmontable, cada cifra, refutable, cada medida, inexistente. Hace tiempo que todo lo que rodea esta legislatura es una farsa. Empezó con intenciones regeneradoras y acabará como autocracia consolidada. Para la España de la ubre, la verdad no importa cuando se vive de la mentira.
La soberbia gestual de Sánchez, conocida y asentada en ese rostro pétreo que haría las delicias de Miguel Ángel, y su arrogancia en los planos de escucha, legitima lo que siempre se ha pensado de él: que su risa constante y nerviosa, y el calculado menosprecio al orador que tiene la palabra, lo retrata como un gobernante maleducado en sus formas, déspota en su condescendencia, autócrata en sus palabras y felón en su gestión.
Cuando decimos que la calidad política en España está bajo mínimos, ha bastado una moción de censura a tiempo para evidenciarlo. La actual clase dirigente en el Congreso no está preparada para debatir ni gobernar, mucho menos para legislar. Han convertido el Parlamento en un coliseo de fieras no pensantes donde triunfa el zasca frente a la idea y el eslogan ante el argumento. Que el paso de Tamames no redundará en una mejora de la calidad retórica y dialéctica de los parlamentarios lo sabemos. Pero al menos puede servir para que los españoles que vieron el debate concluyan que dejar la nación en manos de orates con escaño no es el mejor plan de pensiones para el futuro.
Cosa: «Dejad la historia en paz, dejad la historia para los historiadores». Tamames retrató en una frase a un Gobierno que adultera las conciencias de los ciudadanos mediante la construcción de un pasado falso e irreal. Una frase sobre lo que vino que define la España que vendrá.
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