La psicología explica que las personas que acarician perros en la calle no es porque amen a los animales: quizá estén sufriendo estrés
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¿Existe algo más noble que acariciar un perro? La antrozoología (la ciencia que estudia la interacción entre humanos y animales) lleva décadas analizando qué ocurre en el sistema nervioso de las personas que acarician perros. Sus investigaciones muestran que este gesto cotidiano activa mecanismos fisiológicos que van más allá de una simple muestra de afecto.
Quienes se detienen a acariciar a un perro por la calle rara vez se preguntan qué los impulsa a hacerlo. Sin embargo, la psicología ofrece una explicación más precisa que la del cariño espontáneo. Según los especialistas, este comportamiento podría estar relacionado con mecanismos de gestión del estrés que el organismo activa de manera automática.
La curiosa relación de las personas que acarician perros y su cortisol
La investigadora Patricia Pendry, de la Universidad Washington State (WSU), publicó en 2019 en la revista AERA Open un estudio con 249 estudiantes universitarios divididos en cuatro grupos.
El primero tuvo diez minutos de contacto directo con perros y gatos; los otros no interactuaron. Unos esperaron a los animales, otros vieron imágenes de ellos y un cuarto grupo quedó en lista de espera.
Las muestras de saliva tomadas antes y después midieron el cortisol, la principal hormona del estrés. El grupo que había acariciado directamente a los animales mostró niveles significativamente más bajos que los otros tres. La reducción no dependía de cuánto estrés tenía el participante al comenzar: el efecto se produjo en todos los casos.
Lo que subraya Pendry es la brevedad del estímulo. Diez minutos de contacto físico real producen un cambio medible en la química del organismo. Ver imágenes de animales, en cambio, no generó el mismo resultado. El tacto es el mecanismo, no la vista ni el afecto consciente hacia los perros.
Lo que activa el cerebro ante un perro: oxitocina y el «esquema del bebé» de Konrad Lorenz
Y ojo, porque el cortisol no es la única variable que cambia. El contacto físico con un perro dispara también la producción de oxitocina, la hormona del vínculo.
La oxitocina tiene efectos directamente opuestos a los del cortisol: reduce la presión arterial, ralentiza el ritmo cardíaco y genera una sensación biológica de seguridad.
El efecto es, además, recíproco. Los perros también liberan oxitocina cuando una persona los acaricia. Un momento placentero para ambos, ¿No?
Hay un segundo mecanismo que explica por qué los perros en particular generan esta respuesta con tanta facilidad. El etólogo Konrad Lorenz describió el concepto de Kindchenschema (esquema del bebé).
Los rasgos faciales de ojos grandes, frente redondeada y expresión vulnerable que comparten los recién nacidos y ciertos animales activan en el cerebro adulto una respuesta automática de cuidado.
Los perros, sometidos a miles de años de domesticación junto a los humanos, han desarrollado precisamente esos rasgos. Acá no hay ninguna casualidad, señoras y señores: la selección favoreció a los animales que sabían activar esa respuesta.
El resultado es que acercarse a un perro dispara simultáneamente el sistema de recompensa (oxitocina) y reduce la activación del eje del estrés (cortisol). Para el cerebro, es una operación de regulación.
El perfil psicológico de las personas que acarician perros en la calle
Desde el punto de vista de la personalidad, las personas que acarician perros en la calle tienden a puntuar alto en el rasgo de afabilidad (agreeableness) del modelo de los Cinco Grandes (Big Five). Son personas con mayor capacidad para leer señales no verbales y con tendencia a buscar interacciones genuinas, sin el componente performativo que impregna buena parte de la vida social.
La psicología sugiere que el perro desconocido en la calle ofrece algo que pocas interacciones humanas dan. Hablamos de un contacto sin agenda. El animal no juzga, no evalúa y no exige reciprocidad.
Para alguien que atraviesa un período de estrés sostenido, ese tipo de intercambio puede funcionar como un ancla de regulación emocional, aunque la persona no sea consciente de que está buscando exactamente eso. El gesto parece espontáneo porque lo es: el organismo busca el estímulo antes de que la mente lo racionalice.
La antrozoología añade una recomendación práctica: pedir autorización al dueño antes de acercarse y leer las señales del animal. Un perro que bosteza, lame el hocico con frecuencia o desvía la mirada está indicando incomodidad.
Acariciar el pecho y los costados genera menos tensión que hacerlo en la cabeza, zona que muchos perros perciben como invasiva. El gesto que reduce el cortisol del humano no debería generarlo en el animal.
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