La psicología dice que las personas que piden perdón por todo no es porque sean educadas: tienen importantes problemas de autoestima
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Hay quienes dicen «perdón» antes de hablar, al pedir la cuenta en un bar o al generar cualquier molestia mínima que no merece disculpa. Las personas que piden perdón por todo suelen justificar este hábito como una simple muestra de buena educación, una costumbre inofensiva que, desde luego, solo busca no molestar a nadie.
Sin embargo, la psicología lleva tiempo estudiando este comportamiento desde un ángulo distinto. Varias investigaciones han encontrado patrones comunes en quienes repiten esta palabra de forma casi automática, y las conclusiones apuntan a algo que va mucho más allá de los buenos modales.
¿Por qué las personas que piden perdón por todo no lo hacen por educación?
La psicología coincide en que detrás de esta costumbre no hay simple cortesía, sino inseguridad. Quienes se disculpan de manera constante tienden a anticipar un rechazo o una crítica que casi nunca llega a producirse, así que piden perdón antes de que ocurra cualquier roce, real o imaginado.
Uno de los estudios que sostiene esta idea es el firmado por las psicólogas Karina Schumann, Emily Ritchie y Amanda Forest, de la Universidad de Pittsburgh, publicado en la revista Personality and Social Psychology Bulletin.
La investigación, titulada «Las consecuencias sociales de disculparse con frecuencia frente a disculparse con poca frecuencia», analizó cómo perciben los demás a quienes se disculpan con mucha frecuencia frente a quienes lo hacen poco.
¿El resultado? Los primeros son vistos como personas cálidas, pero también como menos competentes y con menos control sobre su propia vida.
El umbral psicológico que explica la baja autoestima detrás del hábito
Otra investigación, también de la psicóloga Karina Schumann y acompañada de Michael Ross, de la Universidad de Waterloo, publicada en la revista Psychological Science, aporta una pieza más del rompecabezas.
El estudio pedía a un grupo de participantes que anotaran a diario, durante casi dos semanas, cada ofensa cometida y si se habían disculpado por ella.
El dato interesante no fue cuántas veces pidieron perdón, sino qué consideraban merecedor de disculpa. Cuando se comparó el porcentaje de ofensas percibidas que terminaron en disculpa, el resultado fue idéntico para todos los participantes: un 81%.
La diferencia real estaba en el umbral. Unos perciben como ofensa lo que otros ni siquiera notan, y ese umbral bajo es el que suele acompañar a la baja autoestima.
¿De dónde viene esta costumbre y qué es la sobrecorrección interpersonal?
Psicólogos clínicos españoles como Fernando Azor u Olga Albaladejo sitúan el origen de este patrón en la infancia. Crecer en un entorno donde los errores o las quejas se castigaban con dureza enseña a anticiparse pidiendo perdón antes de que llegue el reproche, como mecanismo de protección.
Ese aprendizaje temprano se convierte con los años en lo que algunos especialistas llaman sobrecorrección interpersonal: la tendencia a evitar cualquier conflicto o rechazo, aunque el precio sea minimizarse constantemente delante de los demás.
La persona interioriza que ocupar espacio, expresar una necesidad o simplemente existir de forma visible ya es motivo suficiente de disculpa.
Cómo distinguir la buena educación del hábito de las personas que piden perdón por todo
No toda disculpa esconde un problema de autoestima. La diferencia está en la frecuencia y en el motivo: la buena educación pide perdón por un error real, mientras que el hábito lo hace por existir, por tener una opinión o por ocupar un segundo de la atención de otra persona.
Algunos psicólogos recomiendan sustituir el «perdón» automático por frases que reconozcan la situación sin cargar con una culpa que no corresponde:
- «Gracias por esperar» en lugar de «perdón por la tardanza».
- «Gracias por escucharme» en lugar de «perdón por el rollo».
- «Entiendo que esto te haya podido molestar» en lugar de «perdón por todo».
El cambio no es solo de vocabulario. Cada vez que esa frase sustituye a un «perdón» innecesario, la persona practica una forma distinta de mirarse a sí misma, una en la que no parte de la culpa por defecto.
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