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La frase de Tomás de Kempis sobre la paz interior que parece escrita para tiempos de ansiedad: «Busca la paz no en las cosas exteriores, sino en tu interior»

Muchos pensadores han escrito sobre la paz interior. Uno de ellos es Tomás de Kempis, y aquí analizamos sus reflexiones.

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  • Francisco María
  • Colaboro en diferentes medios y diarios digitales, blogs temáticos, desarrollo de páginas Web, redacción de guías y manuales didácticos, textos promocionales, campañas publicitarias y de marketing, artículos de opinión, relatos y guiones, y proyectos empresariales de todo tipo que requieran de textos con un contenido de calidad, bien documentado y revisado, así como a la curación y depuración de textos. Estoy en permanente crecimiento personal y profesional, y abierto a nuevas colaboraciones.

Hay libros a los que no llegamos por puro interés erudito ni por recomendación académica. Llegamos por necesidad. La imitación de Cristo, redactado por el monje Tomás de Kempis allá por el siglo XV, encaja de lleno en esa extraña estirpe de obras que resisten el paso de las centurias sin perder un solo miligramo de lucidez. Abrir sus páginas y leer que la paz no debe buscarse fuera, sino en las honduras de uno mismo, produce cierto choque. Cuesta asimilar que esa advertencia no la haya tecleado alguien hoy mismo a las tantas de la madrugada, saturado de pantallas, sino un religioso con una pluma sobre pergamino a orillas del Rin.

El entorno histórico

El marco histórico donde brotó ese pensamiento no era precisamente un remanso de tranquilidad. Europa se desmoronaba entre epidemias de peste, guerras interminables y un cisma eclesiástico que resquebrajaba las conciencias. Frente al desbarajuste general, la Devotio Moderna, el movimiento espiritual que moldeó a Kempis, no apostó por el aislamiento cobarde ni por el dogmatismo histérico. Optaron por algo más inteligente: edificar una ciudadela interior donde el ruido exterior no pudiera entrar.

Miremos cómo nos movemos hoy. Depositamos sistemáticamente la promesa de la calma en el fin de semana que viene, en la compra de un coche nuevo, en cambiar de empresa o en recibir el aplauso de cuatro conocidos. Vana ilusión. Creemos ingenuamente que cuando los números cuadren y la bandeja de entrada quede limpia, la mente se amansará por arte de magia.

Pero la realidad exterior es intrínsecamente inestable. Construir la propia estabilidad sobre lo que escapa a nuestro control es levantar un tabique sobre ciénaga. Si tu bienestar depende del estado del tráfico o del humor con el que se levante tu jefe, vas a vivir encajando golpes de por vida.

Qué significa realmente mirar hacia dentro

Quitemos el envoltorio místico o el barniz teológico que suele espantar a más de uno. La propuesta de Kempis guarda un pragmatismo casi salvaje. No te pide que abandones tus obligaciones ni que te retires a una cueva a comer raíces. Lo que plantea es un giro radical en el eje de atención cuando el entorno se vuelve caótico.

El espacio interno del que habla este canónigo no es una entelequia ni una abstracción filosófica. Es el taller donde procesamos los impactos del día a día. Cuando nos atrapa la prisa o la irritación, rara vez respondemos al problema objetivo; reaccionamos, más bien, al desorden que llevamos acumulado por dentro.

Mantener el tipo en mitad de la marejada exige un entrenamiento constante, similar al de un deportista de élite: aprender a callar a tiempo, frenar la reactividad automática y aceptar con madurez que hay parcelas del universo que jamás podremos controlar.

La paradoja del desapego y la libertad personal

Se suele cometer el error de confundir la paz interior con una especie de horchata en las venas o una pasividad insolidaria. Es justo al revés. La persona que logra asentarse sobre su propio centro no se desentiende del sufrimiento ajeno ni pasa de todo; simplemente opera con mayor lucidez porque ha dejado de actuar movida por el pánico o por el deseo desmedido de figurar.

Ese desapego del que nos habla La imitación de Cristo constituye el acto de libertad más rotundo que existe. Quien no necesita el aplauso constante ni la acumulación compulsiva para sentirse entero se vuelve prácticamente inmanipulable.

Si se logra dominar este tipo de pensamientos y se consigue ponerlo en práctica, es el antídoto más eficaz contra esa maquinaria moderna que necesita vernos insatisfechos a todas horas para vendernos la siguiente solución milagrosa.

Una práctica para un tiempo de aceleración

Darle la razón a un monje del siglo XV sobre el papel resulta sencillo. Lo verdaderamente complejo es encajar su doctrina en una rutina repleta de entregas, facturas y alertas en el móvil. No hace falta inscribirse en un retiro de silencio de tres meses para empezar. Basta con introducir pequeñas pausas tácticas a lo largo del día, frenar esa compulsión casi física de responder al instante a cada estímulo y reservar diez minutos para estar a solas sin interferencias.

A modo de conclusión

Conquistar ese rincón interior no elimina los contratiempos. Las facturas seguirán llegando, el cuerpo envejecerá y las pérdidas personales dolerán exactamente lo mismo. La diferencia sustancial radica en si permites que la marejada te arrastre hasta el fondo o si mantienes en el interior una llama firme que ningún vendaval externo sea capaz de apagar.