Opinión

Sánchez pisotea a 3 niños: Ascen, Alberto y Clara

—Nuestra patria es España y por nuestra patria este partido que usted conoce bien, y que a usted le conoce muy bien, ha pagado un tributo de sangre que pisotean personas como usted—.

Andaba en mi despacho haciendo mil cosas cuando escuché en la tele de refilón esta frase de Pablo Casado en el debate de la desafortunada moción de censura presentada por Vox. “Menudo derechazo le ha metido al indeseable de Pedro Sánchez”, cavilé alabando en mi cabeza la por otra parte descomunal oratoria del jefe de la oposición. Cuál sería mi sorpresa cuando salí para indicar que titularan por ahí el directo que estábamos emitiendo y los redactores jefe me corrigieron: “No, no, no iba por Sánchez, el dardo envenenado era para Abascal”. Flipé teniendo en cuenta que el presidente de Vox va con escolta desde los 19 años y que uno de sus militantes más insignes, José Antonio Ortega Lara, toda una referencia moral, pasó 532 días bajo tierra secuestrado por un hijo de Satanás llamado Bolinaga al que, cosas veredes, soltaría 15 años después el Gobierno de Rajoy alegando que le quedaban “tres semanas de vida” cuando en realidad no expiró hasta dos años y medio más tarde. Muerte, por cierto, que yo no lamento como sí haría nuestro presidente del Gobierno.

Y que conste que Pablo Casado, ante todo una buena persona, tiene cien mil veces más moralidad que un Pedro Sánchez que no sabe o no quiere distinguir entre el bien y el mal. Mi duda es si estamos ante un inmoral, es decir, ante alguien que en la alternativa entre el bien y el mal se ha inclinado por lo segundo, o ante una persona que incurre permanentemente en el mal porque no sabe distinguirlo del bien. Me inclino por la primera opción. Lo del líder del PP fue un error, lo del presidente roza lo delictivo e incurre directamente en la infamia ética más elemental.

Si Alfredo Pérez Rubalcaba, que detestaba al personaje, resucitase y contemplase la deriva de su partido, montaría el pollo padre e irrumpiría en Ferraz cual Jesucristo en el templo invadido por los mercaderes. El drama es que tan sólo Antonio Miguel Carmona y Emiliano García-Page se atreven a cantarle las cuarenta al pájaro. El primero no se corta un pelo, entre otras razones, porque no depende de la mamandurria para tener aseguradas las lentejas. El segundo opta por un tono más institucional pero está en la línea de la decencia. La línea de ese PSOE de Felipe González que ganó más elecciones que nadie porque era más transversal que ninguno. Ya ni siquiera el más que aceptable Lambán se atreve a moverse no vaya a ser que, como diría el Guerra (don Alfonso), no salga en la foto.

Ascen Jiménez-Becerril, de 8 años, y su hermano Alberto de 7 fueron los únicos de los tres vástagos del concejal sevillano del PP que se enteraron de la muerte de sus padres aquel 30 de enero de 1998 de infausto recuerdo. La tercera, Clara, tenía 4 años, carecía de uso de razón y, por tanto, no podía discernir con claridad qué estaba ocurriendo aquella madrugada en un hogar invadido por los sollozos y los gritos de padres, hermanos, tíos y amigos. Consecuentemente, no recuerda a las personas que la trajeron al mundo. Los Jiménez-Becerril García sí comparten un común denominador: tres grandísimos malnacidos, Mikel Azurmendi, José Luis Barrios Martín y Maite Pedrosa, les privaron de crecer con normalidad, con la presencia de un padre y una madre, como cualquier niño en circunstancias normales. Aquella gélida noche hispalense de hace 22 años Azurmendi se aproximó a Alberto y a Ascen García Ortiz acompañado de un etarra de vasquísimos apellidos, Barrios Martín, y los asesinaron por la espalda. Primero cayó él, milésimas de segundo después ella. Al él le disparó Azurmendi, a ella Barrios.

Ascen portaba tres claveles rojos para sus hijos que acababa de comprar a una vendedora ambulante cuando fue abatida por los pistoleros del comando Andalucía. Los huérfanos eternos que son los Jiménez-Becerril al menos crecieron con el consuelo de que estos seres despreciables se pasarían media vida en prisión y lejos de sus familias. Hasta esta semana cuando contemplaron, impotentes, cómo nuestro miserable presidente del Gobierno había ordenado el acercamiento al País Vasco de Azurmendi y Pedrosa en cumplimiento de un pacto demoniaco: yo, Pedro Sánchez, doy trato vip a tus reclusos, y tú Arnaldo Otegi, ex jefe de ETA, me votas los Presupuestos. La macromaldad no quedaba ahí: el presidente socialista se cargaba de facto esa política de dispersión implementada por Felipe González que tan buenos resultados proporcionó en la lucha antiterrorista, al punto de constituir uno de los ingredientes esenciales del cóctel legal que provocó el fin de la banda.

Sánchez ha blanqueado a los correligionarios de los asesinos de los Jiménez-Becerril metiéndolos en la institucionalidad

Dicho y hecho: estos malnacidos tendrán más facilidades que nunca, trato vip en las prisiones vascas y sus familias podrán verles con habitualidad. Cosa que nunca podrán hacer Ascen, Alberto y Clara con sus padres, que se fueron para siempre hace 22 años. El cómplice de etarras y proetarras que es Pedro Sánchez ha blanqueado a los correligionarios de los asesinos de los Jiménez-Becerril metiéndolos en la institucionalidad. No lo digo yo, lo afirmaba esta semana con delectación el vicedelincuente, Pablo Iglesias: “La disponibilidad de Bildu para votar sí a los Presupuestos es una buena noticia. Demuestra responsabilidad y compromiso para avanzar con políticas de izquierdas. El bloque de la investidura se refuerza y será de legislatura y de dirección de Estado”. Vamos, que los proetarras y ETA forman ya parte de la dirección del Estado. Más claro, agua.

Por si acaso no queríamos caldo, dos tazas. El siguiente guiño de Sánchez a sus aliados etarras y proetarras es tan o más repugnante si cabe. Esta mismita semana ha sacado del módulo de aislamiento de la cárcel de Huelva y ha trasladado a otro ordinario a uno de los pistoleros más sanguinarios: Francisco Javier García Gaztelu, alias Txapote. Este otro malparido tiene en su haber decenas de crímenes pero si hay uno que destaca sobre los demás es el de Miguel Ángel Blanco, al que puso de rodillas tras 72 horas de secuestro que mantuvieron en vilo a toda España y al que, acto seguido, descerrajó un tiro en la cabeza a cañón tocante. También segó la vida de Goyo Ordóñez delante de la inigualable María San Gil y la del socialista Fernando Múgica, hermano de otro grande, Enrique, y luchador antifranquista de los de verdad, no de boquilla.

Nuestro indigno presidente y nuestro no menos indecente ministro del Interior han otorgado ya 175 beneficios penitenciarios a los presos de ese mal absoluto que es ETA. Y encima ayer Grande-Marlaska se permitió el lujo de grabarse un vídeo vomitivo en el que salía participando en la carrera virtual de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Hace falta ser cínico y mala gente para hacerte propaganda a costa de los muertos de todos cuando acabas de hacer de Rey Mago con seres tan viles como Azurmendi o Txapote. Como apuntaba estos días ese niño que no pudo ser Alberto Jiménez-Becerril júnior, lo que está claro es que a Sánchez le importan más los asesinos que dos personas inocentes. Bueno, que muchas más. Tantas como las 856 que asesinó ETA, entre ellas 11 socialistas, las 5.000 que hirió y/o mutiló, las decenas de miles cuyos sueños pulverizó y las 250.000 a las que obligó a emprender el camino del exilio.

En la vida, cuando no te sitúas inequívocamente del lado del bien, estás posicionándote, por omisión, con el mal. El problema es que Pedro Sánchez se ha puesto por acción en el lado del mal. Si hace dos años siquiera, cuando okupó Moncloa en un sospechoso blitz político-judicial, me llegan a vaticinar que un día un presidente español se aliaría con el brazo político de ETA, habría tomado a mi pitoniso por loco carioco, le habría enfundado una camisa de fuerza y lo habría remitido al frenopático más próximo. El piernas de Sánchez no se ha aplicado precisamente la antológica recomendación de Churchill: “Si pasas por el infierno, sigue adelante”. Nuestro lamentable protagonista ha decidido comprarse un palacio en el averno tras pactar con Belcebú y quedarse a vivir allí. Así se está escribiendo nuestra historia.