A Sánchez le convenía que un grupo de deleznables nazis apuntalara su bulo del odio
No sólo la Policía comunicó a la Delegación del Gobierno que quienes se dirigían a la manifestación del barrio de Chueca eran, en número considerable, nazis, sino que las Fuerzas de Seguridad se apresuraron a trasladar las consignas y cánticos que lanzaron nada más comenzar la concentración, sin recibir orden alguna de disolver la marcha. En suma: que el Gobierno sabía quiénes eran y cuáles eran sus intenciones. Y, sin embargo, dejó que transcurriera. ¿Por qué? ¿Tal vez porque le interesaba rentabilizar políticamente la manifestación para demostrar que quienes siembran el odio en las calles lo hace alentados por el ‘fascismo’ que encarnan, según su opinión, formaciones como Vox o el PP?
La respuesta de Santiago Abascal, llamando a los manifestantes «locos» y «fanáticos», rompió la estrategia socialcomunista. Quien tiene que dar explicaciones, más allá de pedir perdón, es la delegada del Gobierno en Madrid. Sus explicaciones de que desconocía la intención de los convocantes de la manifestación suenan a torpe excusa, porque la Policía si sabía quién estaba detrás de la misma. ¿No será que al Ejecutivo socialcomunista le interesaba que la manifestación se celebrara para sacar un rédito político? Todo apunta a que esa fue la razón principal por la que la Delegación del Gobierno permitió la marcha. Nada más odioso que tratar de rentabilizar los delitos de odio, que es lo que lleva intentando desde hace semanas la izquierda. El Ejecutivo sabía que había nazis en esa manifestación, pero creyó que permitiéndoles marchar por las calles de Chueca lograría su propósito de retratar a Vox. Abascal desnudó la mezquina estrategia socialcomunista con dos palabras dejando en evidencia a la Delegación del Gobierno. Sánchez pretendió utilizar a un grupo de descerebrados nazis como instrumento político y, otra vez, ha sido trasquilado.
Quienes se manifestaron el fin de semana en Chueca merecen ser procesados por un delito de homofobia, pero los responsables políticos quienes permitieron que dieran rienda suelta a sus descerebradas proclamas merecen la mayor de las condenas por tratar de pescar votos en las revueltas aguas de la intolerancia más siniestra.
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