A qué va Sánchez al Congreso: a atrincherarse
No por gallardía parlamentaria ni por respeto a los muertos, sino por puro instinto de supervivencia, Pedro Sánchez anuncia su presencia, sí, lo han oído bien, en el Congreso. Porque sabía que, de no hacerlo, el PP —con su incómoda mayoría en el Senado— lo habría arrastrado allí, como se arrastra a un testigo renuente al lugar donde las preguntas duelen más y los silencios pesan como lápidas. Y el presidente, que ya sólo gobierna por reflejo, prefiere el hemiciclo domesticado al Senado hostil. No es valor: es cálculo para la resistencia, lo dice su manual.
¿Pero a qué va a ir? ¿A explicar qué? Cuando todo apunta, una vez más, a lo de siempre: un Estado que no cuida lo esencial —ni trenes ni carreteras; el 53 % de la red está en un estado paupérrimo, con un peligro vial latente—, que no legisla porque, entre otras cosas, carece de cuentas públicas, y que tuitea al estilo de Óscar Puente… hasta que una tarde trágica lo obliga a guardar silencio. Es un Gobierno que ha sido incapaz de aprobar tres Presupuestos Generales del Estado, pero que sí ha encontrado tiempo y entusiasmo para subir impuestos, diecinueve, como diecinueve clavos en la tapa de un ataúd llamado credibilidad. Un Gobierno que habla de transición, de futuro, de resiliencia, mientras el presente se descarrila literalmente bajo los pies de los ciudadanos, ese Gobierno debe irse.
El accidente ferroviario de Adamuz —porque fue accidente sólo en el lenguaje administrativo, nunca en el moral— no es una fatalidad bíblica ni un rayo caído del cielo. Es el resultado de no invertir, de no mantener, de no escuchar a partidos políticos, usuarios y maquinistas. De gobernar con el Excel y no con la conciencia de país. Y luego está el ministro Óscar Puente, emperador de Twitter, gladiador de 280 caracteres, convencido de que la realidad se doma a golpe de sarcasmo digital. Mucho tuit, mucha frase ingeniosa —calor en Castilla y León, Dana PP—, pero el acero de las vías no se refuerza con ironía ni con likes, a la vista está.
Decía Max Weber que la política es la lenta perforación de tablas duras. Aquí no se perfora nada: aquí se oxida. Y cuando mueren decenas de personas, el sistema reacciona como siempre: se sacrificará a un directivo intermedio, algún nombre técnico de Adif que nadie recuerda y nadie volverá a nombrar. La cabeza justa para calmar al monstruo, nunca la responsabilidad real. Qué poco ejemplo. Qué miseria moral. Qué insulto a las familias.
Y mientras tanto, la oposición selectiva como ERC y su orador profesional, Rufián, tan vehemente en otras tragedias, tan locuaz cuando conviene al relato, ahora miran todos hacia otro lado y murmuran que «no tiene nada que ver» con otras tragedias. Nada. Como si los muertos llevaran carnet político. Como si hubiera fallecidos de primera y de segunda. Como si la vida valiera según el territorio o el interés. PNV y Junts guardan una compostura educada, casi humana, aunque ya sabemos que su conciencia no es de Estado español, ni falta que nos hace. Pero la pregunta sigue ahí, incómoda: ¿a quién temen?, ¿por qué están tan atados?, a ¿Sánchez envuelto en corrupción? A todo esto su mujer se niega a entregar el pasaporte, ¡vaya por Dios!
Este es el Gobierno de la resistencia, sí, pero resistencia al sentido común.
El Gobierno de las cinco huelgas sanitarias —creo que llevamos ya, son tantas…—, algo inédito en la historia reciente de España, también resiste. Resiste Mónica García, esa que tanto cargó contra Ayuso y sus residencias, madre mía, qué panorama. El Gobierno, donde nada tiene responsables, donde todo ocurre por causas difusas, técnicas, complejas, inabarcables, sigue ahí impertérrito. Como si gobernar fuera contemplar. Como si mandar no fuera explicar. Como si pedir perdón, bastara cuando ya es demasiado tarde.
Hannah Arendt advirtió del gran peligro de nuestro tiempo: la banalidad del mal. Aquí no hay grandes villanos, sólo mediocres bien pagados, cargos blindados y una maquinaria que sigue funcionando aunque aplaste a quien se cruce. Eso es lo verdaderamente aterrador.
España no aguanta más. No aguanta gobiernos agotados que confunden propaganda con gestión. No aguanta ministros que creen que dimitir es perder, cuando en realidad es lo último que queda del honor. No aguanta que la memoria de los muertos se ultraje con excusas, informes provisionales y silencios estratégicos.
Esto no va de derechas o izquierdas. Va de algo más antiguo y más serio: el deber del Estado de proteger a sus ciudadanos. Y cuando falla en eso, cuando falla de manera tan estrepitosa, no basta con comparecer. Hay que irse.
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