Que no pidan respeto si no respetan las dos lenguas oficiales
Decathlon ha caído presa del Síndrome de Estocolmo con los independentistas catalanes. La firma deportiva francesa es capaz de anunciarse en inglés y francés —por supuesto en catalán— pero no en castellano. Y eso a pesar de que es una de las lenguas oficiales de la región y la principal del Estado. Los ejecutivos de esta conocida marca no pueden esperar respeto si ellos se empeñan en despreciar uno de los principios constitucionales más sólidos. Marginar el español, además de un sinsentido comercial —es el segundo idioma más hablado del mundo—, supone una execrable connivencia con la dictadura lingüística que los secesionistas tratan de imponer en la comunidad autónoma. Cataluña es la única región de nuestro país en la que existe la obligatoriedad de rotular en una lengua que, por supuesto, es el catalán.
Una forma de represión que comienza por el lenguaje para después expandirse como una pandemia por toda la sociedad. El objetivo es atenazar y controlar la voluntad de los ciudadanos desde la cúspide institucional formada por Puigdemont, Junqueras y demás golpistas. Una estrategia asentada en la sinrazón del pensamiento único. Incluso posee elementos cuasi raciales, algo que debería estar totalmente erradicado en pleno siglo XXI. Decathlon debería desmarcase de esas posiciones radicales si no quiere destruir la buena reputación de su nombre. En Cataluña está despidiendo a cargos intermedios que no hablan catalán para colocar a otros de tendencias independentistas. Así, madrileños, peruanos e incluso italianos no tienen cabida en una plantilla dominada por el prejuicio.
Una aberración semejante a que cualquier multinacional se asentara en Córcega y se negara a trabajar en francés para así favorecer el corso. Lengua romance reconocida por el Ministerio de Cultura galo que, sin embargo, a nadie en su sano juicio se le ocurriría utilizar en los tiempos actuales como elemento de discriminación a pesar de que su historia y evolución están asociadas a los movimientos nacionalistas de ese lugar. Menos que ningún otro lo haría esta marca de ropa francesa que, sin embargo, sí lo practica en Cataluña. Una deriva que, de no rectificar, le puede salir muy cara a Decathlon en la gran mayoría de ciudades españolas. La gente está cansada del chantaje que tratan de imponer a todo el Estado desde el otro lado del Ebro. Por lo tanto, los ejecutivos de la compañía deben reaccionar: o España y en español —con respecto a todas las lenguas oficiales— o al servicio colaboracionista de una charanga política cuyas notas suenan cada vez más desafinadas y que está condenada al rechazo de una sociedad que quiere permanecer unida.
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