Proliferación de memorias
El 13 de septiembre del pasado año 2025, escribía un artículo anunciando la publicación, el 22 de octubre, de las memorias de mi estimada amiga Isabel Preysler con el título Mi verdadera historia (Espasa). La reina del couché, recordaba yo, sigue la estela de famosos y famosillos que deciden narrar su vida para transmitir recuerdos y vivencias. Y recordaba a Bárbara Rey, Rafa Nadal, Iker Casillas, José Luis Perales, Mar Flores, entre otros. Y también, por supuesto, a mi padrino Julio Iglesias, sin olvidar las de Carmen Sevilla narradas, en su día, por ella misma y escritas por Carlos Herrera. Las últimas, las del rey Juan Carlos, dictadas a la periodista francesa Laurence Debray con el título de Reconciliación.
También los personajes de la realeza
Hace ya tiempo que están proliferando, sobre todo en la prensa del corazón, un género alienante, las mal llamadas «memorias», firmadas o dictadas por personas que, por su edad, saber y gobierno, solo tienen vivencias para escribir unos simples chismorreos que no alcanzan ni el calificativo de «testimonios».
Porque calificar de «memorias» el relato de unas experiencias en la cama de…, en el corazón de…, en la vida de… o, simplemente, contar «mi vida» cuando aún no se han cumplido los 30 años, cuando menos es gratuito y pretencioso.
Muchos han sido los personajes de la realeza, de la política, de las ciencias, de las artes en todas sus facetas y de las letras que, con un gran bagaje intelectual y una gran experiencia personal y profesional, decidieron redactar sus memorias al fin de sus días. Todos ellos, he leído centenares, abordaron el trabajo con respeto a sí mismos y hacia los demás. Con temor, con humildad, rigor, sinceridad y pudor. Y lo hicieron, en la mayoría de los casos, con el deseo de transmitir sus experiencias y justificar sus protagonismos ante la historia.
Aunque en algunos o en muchos casos no están claros los motivos que impulsan a determinados personajes y personajillos a redactar sus memorias. Sobre todo, los que la escriben hoy en la prensa de evasión, como comentamos más arriba. Estos son los únicos que lo tienen claro: el dinero rápido, fácil y, en muchos casos, abundante.
Frente a los pretenciosos de hoy que publican sus pobres vivencias en cuatricromía sin más razón que el dinero, nos encontramos a una serie de personalidades que, ya en el prólogo de las memorias, justifican el porqué de una autobiografía. Como le sucedió a Ingrid Bergman, que en su libro Mi vida justifica la razón de escribirlo. «Madre, me dijeron un día mis hijos, cuando tú mueras, muchos periodistas y escritores se lanzarán a escribir tu biografía, basándose en los datos que proporcionan las revistas de chismes, los rumores y las entrevistas periodísticas. Y nosotros, tus hijos, no podremos defenderte porque ignoramos la verdad. Por ello, nos gustaría que escribieras tu vida. Aquello me dio mucho que pensar. Por consiguiente, mis queridos hijos (Pia, Roberto, Isabela e Ingrid), aquí tenéis la verdad».
La obsesión por la verdad ha sido una de las motivaciones de muchos autores de memorias. Rose Kennedy, por ejemplo, lo hace «para que se conozca la verdad sobre mi familia, cuya historia está plagada, en el mejor de los casos, de inexactitudes e interpretaciones erróneas, malos entendidos y, en el peor, tan solo de historias mendaces, engañosas o totalmente falsas».
Federica
Y la reina Federica de Grecia, en su libro Memorias (G. Del Toro Editor 1971), dejaba bien claro que «durante toda mi vida he buscado la Verdad (con mayúscula) y he tratado de aprender de los acontecimientos del mundo, las lecciones que el Destino o el Todopoderoso quiso darme. Mi existencia ha sido distinta de los demás, solamente por mi condición de reina. Pero ha reído y he llorado como todo el mundo. También he amado y he perdido. Incluso he tenido momentos de desesperación. Pero siempre he sentido el deseo de hallar la Verdad sobre el significado profundo de la vida, así como el de saber qué hacer con ella».
Farah
El 12 de diciembre de 2003, la ex emperatriz de Persia y amiga mía me enviaba sus Memorias (Ediciones Martínez Roca), con la siguiente dedicatoria: «Para Jaime Peñafiel, que estas Memorias sean un viaje a mi vida que tú conoces y aprecias tanto».
«Exiliada desde hace casi un cuarto de siglo, ni un solo instante he dejado de pensar, con dolor y esperanza, en mis compatriotas de Irán, en ese pueblo y en esa tierra a la que amo por encima de todo. Tras la represión que cayó sobre quienes habían servido a nuestro país, tras las muertes y los sufrimientos que tuvieron que soportar los supervivientes, se inició el declive de mi vida…». ¿Qué pensará actualmente de lo que está sucediendo en el país donde fue emperatriz y esposa del emperador? Parece que su hijo intenta ser digno sucesor de su padre, pero creo, honestamente, que lo tiene bastante crudo cuando no imposible.
Reina Noor
En el año 2003 yo recibía en mi residencia madrileña las Memorias de una vida inesperada (Plaza y Janés) de Lisa Halaby, la norteamericana nacida en el seno de una distinguida familia de origen árabe que, el 15 de junio de 1978, se convertía al casarse con el rey Hussein de Jordania en la reina Noor. La dedicatoria no podía ser más cariñosa y expresiva de mi relación con la Familia Real jordana: «A Jaime, con mis mejores deseos y sincero aprecio por su interés y afecto por mi amado esposo y por Jordania».
Reflexiones sobre las memorias
De todas formas, estoy de acuerdo con Felipe Cid, autor de Memories inutils que pensaba y así lo manifestaba que «escribir sobre el pasado es un ejercicio interior enormemente inquietante desde todos los ángulos. Hay que pensárselo bien antes de emprender a escribir sobre tu vida. Pero asumo el reto con la esperanza de que el lector de esta columna pueda pensar que se trata de un relato novelesco de experiencias autobiográficas, de relatos reales enormemente inquietantes. Lo hago a sabiendas de que, como piensa Miguel Sánchez Ortiz, corro el riesgo de que la imagen que aparece en el espejo del papel cuando se redactan tus recuerdos no sea la que más me favorece».
Y, como decía Oscar Wilde, la única manera de que no te conozcan es contando tu vida, aunque uno decide escribir unas memorias para evitar algo muy trágico en la vida de todo ser humano: olvidar. Porque el olvido, tanto si se trata de recuerdos colectivos como de recuerdos individuales, supone la muerte verdadera del hombre.
Unas memorias, si son sinceras y se escriben como un desahogo puntual e íntimo, como un onanismo de los hechos de cada día, pueden llegar a ser tan valiosas como la propia memoria.
Mi inolvidable amigo José Luis de Vilallonga escribía en sus Memorias no autorizadas «que las memorias o son inmisericordes con quien las escribe, o no tienen razón de ver la luz». Y recuerdo al lector que también soy autor de un libro, A golpe de memoria (La Esfera de los Libros, 2003), que, en su día, alcanzó 14 ediciones.
Chsss…
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