Los pichones del sanchismo
Cuando contemplo a PP y Vox pelearse me sobreviene el mismo deseo frustrado que cuando mis hijos eran pequeños y se enzarzaban en pueriles reyertas caseras: entrar sin contemplaciones como un antidisturbios a separar a porrazos a los gallitos. Cada vez que los azules atacan sin sentido a los verdes o los verdes atizan a los azules por el artículo 33 me encabrono como un gorila y me pregunto si no tienen nada mejor que hacer teniendo en cuenta que tenemos a un gánster psicopático en La Moncloa que está destruyendo la democracia que tanta sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas costó recuperar. Y que nos dejará unas cuentas públicas con las mismas trampas que las que legó José Luis Rodríguez Zapatero a Mariano Rajoy con un déficit seis puntos superior al oficialmente declarado (90.000 millones de sorpresa que se dice pronto).
Y también certifico, les reconozco que con infinita impotencia, que los unos y los otros oyeron pero no escucharon la andanada que les lancé, con Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal en primera fila, durante el X Aniversario de OKDIARIO celebrado en esa maravilla arquitectónica que es Las Ventas. «Alberto, Santiago, poneos de acuerdo, porque ni el enemigo del PP es Vox ni el de Vox el PP, el enemigo de todos los españoles, de la democracia y la libertad es Pedro Sánchez Pérez-Castejón», enfaticé como colofón a mis 10 minutos de discurso. Como el que ve llover.
PP y Vox no aprenden. Se lían sistemáticamente a mamporros cumpliendo de manera milimétrica, como atontados borregos, el guión diseñado por Moncloa. Unos goebbelsitos monclovitas cuyo primer gran objetivo es hiperbolizar a Vox dibujándolo poco menos que como el NSDAP de Adolf Hitler o el Partido Nacional Fascista de Benito Mussolini olvidando que es una formación impecablemente democrática, que respeta la Constitución setenta veces siete más que el PSOE de nuestros días y que no ha asesinado a nadie como sí hizo y en cantidades industriales esa ETA que figura como socia privilegiada de Pedro Sánchez desde que ascendió al poder mediante esa moción de censura bastarda a la par que falsaria.
Cada vez que los azules atacan a los verdes o los verdes atizan a los azules me encabrono y me pregunto si no tienen nada mejor que hacer
Presentar como un riesgo para la democracia una «ultraderecha» que sólo existe en sus enfermas mentes, Vox es derecha conservadora, el PP derecha liberal, es para mear y no echar gota. Hace escasos días, el homófobo diario El País, homofobia que haría las delicias del mismísimo Franco, advertía que España está en «peligro» por la «posible llegada de la ultraderecha al poder» tras las próximas elecciones generales. Y lo manifiestan los mismos que ensalzan a Otegi, jefe de esa ETA que asesinó a 856 españoles, que miraron a otro lado cuando no alabaron al narcodictador Maduro, que encubren al terrorista Petro, alaban al corrupto Lula y llevan cinco décadas riendo las gracias sin gracia a los genocidas castristas.
El drama añadido es que buena parte del periodismo autotitulado de «derechas» o de «centroderecha» sucumbe insistentemente a la trampa dialéctica de los goebbelsitos del yerno de ese chuloputas que era Sabiniano Gómez. Gente que se escandaliza por la «ultraderecha» de Vox pero ha callado, cuando no aplaudido a rabiar, las barrabasadas, las machistadas, los abusos sexuales y las corruptelas de la cúpula de Podemos. Debe ser que una banda financiada por la narcodictadura chavista y la teocracia iraní que lapida mujeres y cuelga de grúas a los gays no es tan mala. Periodistillas que se escuchan a sí mismos, que no paran de impartir lecciones de ética, e incluso de estética pese a que son más feos que pegar a un padre, pero que jamás de los jamases llamaron «comunistas» o «extrema izquierda» a Podemos y Sumar. Y que critican pero enfundados en un guante de seda al jefe de esa organización criminal que a día de hoy desgraciadamente es el PSOE.
También existen gerifaltes del PP que exhiben la misma estupidez dialéctica tildando a los verdes de «extrema derecha» o «ultraderecha». Palabrejas que han empleado en el pasado desde María Guardiola hasta Esteban González Pons o Cuca Gamarra, que lo ha sugerido en varias ocasiones, pasando por algún que otro dirigente del PP valenciano y balear. Deberían aprender de Isabel Díaz Ayuso, que ha reducido a la casi nada a Vox en la Comunidad de Madrid, porque no los menciona ni por equivocación y porque su mensaje abarca desde el centro hasta la derecha más conservadora. Las palabras «ultraderecha» y «extrema derecha» no figuran en su vocabulario. Lleva practicando esta estrategia siete años y muy mal no parece que le haya ido. A ver si aprenden los acomplejaditos del PP.
PP y Vox no aprenden, se lían sistemáticamente a tortazos cumpliendo de manera milimétrica, como borregos, el guión diseñado por Moncloa
Alberto Núñez Feijóo tampoco ha caído en el cepo semántico tendido por Moncloa, Ferraz y sus medios a sueldo. Salvo que me falle la memoria, de su boca jamás ha salido el palabro «extrema derecha», básicamente porque es muy listo y plenamente consciente de que antes o después tendrá que sentarse con Santiago Abascal para ser lo que va a ser, el próximo presidente del Gobierno. Y, qué carajo, porque no los concibe como unos peligrosos fascistas, ni muchísimo menos, pese a que seguramente sí tenga la sensación de que son pelín tocacojones.
Y tampoco se puede ni se debe morder ese otro infantiloide anzuelo tendido por el socialcomunismo que advierte que la presencia de Vox en el Ejecutivo significará un «retroceso» de derechos y libertades. Si Pedro Sánchez no ha conseguido cargarse la libertad de expresión, la de movimientos, la de reunión y la de asociación, ni tampoco el libre mercado, y no será porque no lo haya intentado, no parece que nada ni nadie vaya a tener éxito en esta diabólica tarea. Parafraseando a Bismarck hay que colegir que nuestra democracia es la más fuerte del mundo si tenemos en cuenta el incontrovertible hecho de que el marido de la pentaimputada Begoña Gómez lleva ocho años intentando destruirla y no lo ha conseguido. Y si uno se lee el programa de Vox, cosa que seguro que ninguno de estos tarugos ha hecho, comprobará que lo del «recorte» de derechos es un bulo como otro cualquiera de Moncloa Productions.
Claro que ni Vox es un convento de Clarisas ni Santiago Abascal San Francisco de Asís. La mayoría natural de este país le estaría tremendamente agradecida si dejan de tocar los pelendengues más de la cuenta a sus socios del PP. Que una cosa es exigir el cumplimiento de los programas y otra bien distinta es actuar como el niño coñazo que está tirando de los pelos a todas horas al hermano mayor. El ñiqui-ñiqui-ñiqui permanente ya aburre. Y lo de marear la perdiz con la formación de gobiernos autonómicos exaspera también por aquello de que lo poco agrada y lo mucho cansa.
Tanto PP como Vox colaboran tan inconsciente como estúpidamente en el plan de Sánchez de dividir a la derecha ejerciendo el rol de pichones
Hay quien en la derechita política, y también en la mediática, mantiene que Vox es una creación del PSOE en general y del autócrata en particular. Fake news. Quien más denodadamente luchó para que surgiera un partido alternativo en la derecha fue Soraya Sáenz de Santamaría por incomparecencia de un Mariano Rajoy que dio rienda suelta a ese diablo vestido de Zara que era su vicepresidenta. Dejar caer poco menos que los de Bambú son una creación de Moncloa y Ferraz, como hace por ejemplo José Luis Martínez-Almeida, es una trola de tres al cuarto. Regalar a Sánchez el mérito del boom del partido verde constituye una paja mental, entre otras cosas, porque la derecha conservadora está de moda en todo el mundo —gobierna en Estados Unidos, Argentina, Italia y toca el poder en Francia, Alemania y Reino Unido— y porque si algo ha demostrado Abascal es que goza de notable talento para el liderazgo.
Me provoca vergüenza ajena esa legión de blandiblús que critica la ideología de Vox por «conservadora», «rancia», «cavernícola», «extrema» e incluso «fascista». Si uno repasa su programa certificará que se sitúa no muy lejos de lo que ofrece Génova 13 a los españoles para pasar la negra página del sanchismo, que representa prácticamente un calco de lo que fue el aznarismo y que se sitúa a la izquierda de lo que era el fraguismo. Son almas gemelas, les guste o no. Lo demás, patrañas guiadas por el egoísmo.
A Sánchez se le ha roto la fábula del miedo al lobo ultraderechista de tanto estirarla. Fíjense si la ciudadanía está harta de este cuento chino que alrededor del 50% del crecimiento exponencial de los verdes proviene de antiguos votantes socialistas a los que les incomoda notablemente que los tomen por gilipollas. Ya no cuela porque la gente no alberga temor alguno a esa idea de la «ultraderecha», entre otras razones, porque no pasa de ser una fantasmagoría. Ahora de lo que se trata es de dividir a la derecha para hacer realidad el sueño imposible de vencer o, al menos, gobernar tras las próximas generales. Y tanto PP como Vox colaboran inconsciente y no menos estúpidamente en la tarea ejerciendo el rol de pichones, esos polluelos tontos que hacen las delicias de los cazadores noveles por las facilidades que dan para abatirlos.
Un ruego a los unos y a los otros: déjense de pendencias, vayan cada uno a lo suyo, olvídense del vecino y reserven las energías para matar civilmente al mayor peligro que ha parido madre en democracia: Pedro Sánchez. Y jubilen también esa repugnante manía de fomentar la irrupción de nuevos partidos en el bloque de la derecha: los alvises y demás delincuentes de la vida. Cuando había tres alternativas —PP, Ciudadanos y Vox— gobernar resultó misión imposible. Sólo si la oferta se limita a dos opciones será factible el milagro de los panes y los peces necesario para desalojar al autócrata. El fratricidio sólo tendrá cuatro beneficiarios: el sanchismo, el comunismo, el independentismo y ETA. Y la derrota será huérfana. Pues eso, no hagamos el trabajo sucio a esta gentuza. Pongo punto y final a la columna que gustará a la derecha sociológica tanto como disgustará a la política absteniéndome de recordar cómo terminó ese otro fan del término «ultraderecha» llamado Pablo Casado.
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