España al revés: Otegi escudo político de Sánchez
Hay países que no terminan de cerrar su historia: la archivan, la diluyen, la convierten en eslogan o la condenan al silencio incómodo. España conoce bien ese ejercicio de memoria fragmentada, donde el pasado reciente nunca termina de asentarse del todo, como si el suelo común siguiera moviéndose bajo los pies. Y en ese territorio de heridas todavía abiertas, ETA no puede explicarse como un accidente ni como un episodio aislado, sino como el resultado de una deriva violenta y terrorista que se alimentó de una profunda fractura ideológica y moral, atravesando la dictadura, la Transición y buena parte de la democracia.
Pero reconocer ese origen no atenúa su naturaleza ni su responsabilidad histórica. ETA fue violencia, fue terror, fueron asesinatos y fue una amenaza sostenida contra la libertad de todo un país, dejando tras de sí una herida que sigue presente en la memoria colectiva, pero que Pedro Sánchez sí es capaz de olvidar. Una herida que en el resto no desaparece, sino que se desplaza: a veces en el debate público, a veces en la lectura política del presente, y demasiadas veces en silencios que aún hoy resultan incómodos.
En ese paisaje, debe estar satisfecho Pedro Sánchez, si es que la satisfacción cabe en política, al comprobar que su defensa más ruidosa no llega desde su propio partido ni desde los viejos tótems de la izquierda, sino desde Arnaldo Otegi, que ha decidido ejercer de escudo político con una naturalidad que ya sólo desconcierta a quienes siguen leyendo la política con categorías antiguas. Otegi aparece convertido en una suerte de analista del sistema, hablando de «operaciones políticas», de «conspiraciones contra el PSOE» y de «nostalgias de la Transición», como si toda la historia reciente de España pudiera ordenarse en un relato único donde todos los actores han pasado ya por todas las posiciones posibles.
La paradoja es difícil de ignorar: el mismo espacio político que durante décadas estuvo asociado a la violencia y terrorismo de ETA —una organización que marcó profundamente la vida democrática española y dejó una herida aún presente en la memoria de las víctimas— forma hoy parte del engranaje institucional en el País Vasco y actúa como actor decisivo en la gobernabilidad del Estado. No se trata de simplificar ni de equiparar trayectorias políticas distintas, sino de constatar cómo el tiempo ha reconfigurado los límites de lo posible, y cómo la memoria del conflicto convive ahora con la normalización parlamentaria de sus herederos políticos.
Otegi, en ese papel de intérprete del momento, señala a los críticos internos del socialismo, a los viejos barones, a los descontentos del propio PSOE, y los incorpora a un relato donde la corrupción deja de ser un hecho concreto para convertirse en una especie de categoría estructural, «consustancial al régimen del 78», según su formulación.
En paralelo, el nacionalismo vasco –PNV– tradicional observa cómo su espacio político ya no es un monopolio, sino un territorio disputado, donde la independencia funciona más como horizonte simbólico que como proyecto inmediato, pero lo suficientemente útil como para ordenar mayorías, condicionar gobiernos y redefinir equilibrios. El PNV convive así con una competencia que ya no es marginal, sino estructural, dentro de un sistema que ha aprendido a integrar lo que antes definía como exterior. Es increíble cómo un partido así conviva con la corrupción del PSOE, mire hacia otro lado, la cargue sobre sus hombros y encima deje entrar a raudales en distintas instituciones a Bilu, hasta tal punto que podría perder el gobierno vasco.
Al fondo, la Transición sigue funcionando como un campo de batalla interpretativo. Felipe González representa hoy la crítica desde dentro de su propio legado; Rubalcaba, si pudiera observar este presente, reconocería probablemente la ironía de una política donde los principios han sido sustituidos por marcos de oportunidad; y Zapatero encarna una lógica distinta, la del diálogo con Bildu, Puigdemont y Maduro –hasta no hace mucho– y, sobre todo, cuando habla de joyas, ese placer visual que tanto da que hablar.
Y en medio de todo esto, la memoria. La memoria de los años de plomo, la de las víctimas, la de un país que convivió demasiado tiempo con el miedo y que todavía discute cómo narrar lo ocurrido sin convertirlo en arma. Porque tal vez el verdadero conflicto no sea sólo político, sino narrativo, y de eso sabe mucho Sánchez.
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