Opinión

«Nueva normalidad»: el poder, propiedad de Sánchez e Iglesias

El retorno a la normalidad -al menos hasta que añadieron ese calificativo absurdo y contradictorio de «nueva»- se producía en septiembre cuando, tras el generalizado paréntesis veraniego con sus vacaciones, se reemprendía el curso académico y escolar; el político, laboral, y hasta el judicial.

Es verdad que cuesta aplicar el concepto de normalidad a la actual situación que nos obliga a vivir amordazados y que se muestra plagada de incógnitas en todos los frentes, incluso con respecto al más inmediato futuro. Pero lo que sucede en el ámbito político-parlamentario es muy destacable, pues la Constitución obliga a presentar en el Congreso el Proyecto de Ley de los Presupuestos antes del 30 de septiembre, fecha en que se cumplen los tres meses previos a la expiración de la vigencia de los actuales, que recordemos datan de 2018 y fueron elaborados por el Gobierno del PP, y prorrogados desde entonces.

Hasta la llegada de Sánchez al poder con su moción de censura de aquel año, los diferentes Gobiernos de la Nación han seguido a pies juntillas el proceso de elaboración y aprobación de los presupuestos establecido por la vigente Constitución. El recurso a la prórroga presupuestaria es extraordinario, hasta el punto de que no se puede subsistir con unas cuentas prorrogadas indefinidamente. El Proyecto de ley de Presupuestos que aprueba el Consejo de Ministros y se envía al Congreso de los Diputados para ser debatido y aprobado, en su caso, por las Cortes, es esencial para cualquier Gobierno por cuanto cuantifica sus prioridades políticas. De hecho, la doctrina califica a los presupuestos como «la ley más importante de cada anualidad» y, por ello, en una democracia parlamentaria ningún Ejecutivo puede ni debe gobernar sin presupuestos propios. Hasta que llegó Sánchez.

Como en la UE su Gobierno no tiene nada de «normal» -pues es el único con comunistas en su seno-,  en su cotidiana actividad política todo lo que se deriva de él, parece marcado por ese «vicio» de origen. Una patológica marca que queda impresa ahora con ocasión de la elaboración de los presupuestos. El caso de Sánchez es particularmente anormal, por cuanto «sus cuentas» no son tales -como hemos recordado- sino que fueron elaboradas por Rajoy y Montoro. Si a ello le añadimos que el escenario macroeconómico de mayo de 2018 y el actual están en las antípodas por el tiempo transcurrido y la crisis asociada a la epidemia, sobran palabras para ahondar en la absoluta necesidad de aprobar unas nuevas cuentas públicas.

Sin embargo, nuestro Gobierno socialcomunista no ha aprobado el anteproyecto siquiera, y pretende que se lo acepte la oposición, con el presunto aval de los empresarios y la presión de los sindicatos, para dotarlos de un halo de credibilidad y compatibilidad con las exigencias europeas, muy estrictas con el Fondo para la Recuperación. Ni se discute lo que significa apuntalar con ello a un ineficaz Gobierno.

Ante esta imperiosa necesidad, la estrategia de Sánchez  vuelve a ser la de siempre: trasladar la responsabilidad a los demás. Así, la oposición debe arrimar el hombro y tener «altura de miras» para atender el interés general de la Nación, ahora agudizado por la excepcional situación que vivimos. España, la oposición y los españoles se subordinan al interés superior de que Sánchez e Iglesias sigan «al servicio» del País. La persona de Sánchez como Presidente del Gobierno está fuera de la ecuación necesaria y posible para resolver el problema. Si para aprobar los presupuestos debe entregarse en brazos de los separatistas y los bilduetarras que acosan a los guardias civiles y a sus familias, es por culpa de la irresponsable oposición que solo piensa en sus intereses personales y partidistas. Nunca pensé que en una democracia parlamentaria lo normal sería gobernar con los presupuestos de la oposición.

Al final de esta reflexión pegada a los acontecimientos y de candente actualidad, se puede llegar a una clara conclusión: la «nueva normalidad» consiste en aceptar como «normal» lo que es considerado como tal por el interés de Sánchez e Iglesias que, para eso, es el mismo: seguir en el poder. Quién nos iba a decir que al final se haría la luz y veríamos que lo anormal es el actual Gobierno.