Opinión

Nos gusta que nos mientan

Que sí, amigos: Cifuentes ha renunciado a un máster universitario más falso que un latte macchiato en el Star Fucks de Nanjing Road West, y Óscar Puente, el portavoz del grupo socialista, se sacó un máster tan valioso y oficial como un curso de puesta de uñas postizas subvencionado por la Jaime Vera del PSOE. Estos dos ejemplos, y todos los que irán saliendo en los próximos meses, ponen de manifiesto, como nunca antes, que los políticos de camada, los que llevan en política desde mucho antes de irse de casa de sus padres, no deberían sobrevivir al escrutinio de esa sociedad a la que le ponen las reglas, a la que ordenan cómo trabajar, cuántos impuestos pagar y cómo ha de organizarse. El miedo se ha extendido en la clase política que sigue a los opinadores y se compra másteres para compensar la falta de liderazgo que no se compra como un chandal cutre en un outlet de saldo. Lo normal es que, en un país en el que el 64% de políticos jamás han trabajado en el sector privado, tengan que dedicarse a pegar pellizquitos en las nalgas de sus secretarios generales y a comprarse titulitos de chiquilicuatre.

No me creo la convulsión social por el asuntillo del máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid. No tenemos derecho a escandalizarnos por la falsa o escasa preparación de nuestros políticos mientras aceptamos que la izquierda reviente la LOMCE para implantar un modelo educativo en el que nuestros hijos pasarán al bachillerato con una nota media de toda la ESO inferior al aprobado. No tenemos derecho a exigir al gran líder mientras encerramos a nuestra prole en la aldea. No puede haber escándalo cuando elegimos como alcaldesa de Barcelona a una okupa iletrada y a Pisarello, el tradicional tamagotchi montonero de todo alcalde del cambio que se precie de serlo, que cobra 98.000 euros de nuestros impuestos por hacer caca, enchufar a su señora en concejalías y decir “facha” cuando le aprietas su botón de mercachifle analfabeto.

No podemos condenar a Cifuentes por comprarse un máster cuando la verdad es que nos encanta practicar la caridad y regalar títulos y erudición mediática a todo procrastinador profesional para darle la oportunidad de salir de la indigencia. Fíjense si no en uno de los ejemplos más postmodernos. Los de las musicólogas y cabecillas de la brigada antifalocrática que todos los días se encuentran ustedes en la sopa recuperadas mediante másteres de consultora de género nos rescatan a todos los que habitamos este planeta dudando sobre qué y quiénes son los dueños de nuestros apetitos desordenado y placeres deshonestos. A mí me importa un carajo la pillada de Cifuentes. Lo que me jode es regalar títulos de demócrata a los golpistas que se pasan nuestros derechos civiles por el arco del triunfo. O darles el de activista a los matones de los CDR de Cataluña y a los batasunos de Alsasua que hoy en día nos pasarían a cuchillo.

Es cierto que no lo convalidan en la URJC3M, pero siempre encontré fascinante ese de Observador Internacional conferido a Zapatero por el Ministerio de Asuntos Exteriores para avalar a Sátrapas y sus farsas electorales. “Para poder ser observador OSCE es necesaria la previa realización del Curso de Formación de Observadores Electorales organizado periódicamente por la Oficina de Derechos Humanos del MAEC en colaboración con la Escuela Diplomática. Para más información: cómo convertirse en observador electoral.” Zapatero le compone la torta a Maduro, pero al menos tiene un manual. También nos hemos comido el título de Especialista en DDHH y el Bien Común, el gremio de los paletos lampiños que la semana pasada jugaban a ser la Comisión Extraordinaria de lucha contra el Sabotaje y la Contrarrevolución en un pedazo del Madrid de Casa Lucio y Fernando Vizcaíno Casas. Concédanle una cosa a nuestros políticos: nuestra sociedad siempre ha preferido que le mientan.