Opinión

Nazismo cultural

Todo movimiento político surgido de una idea romántica o revolucionaria parte siempre de una consideración de oprobio frente a la que oponen una existencia sentimental consciente. El éxito y pervivencia de dicho movimiento necesita, a posteriori, de una mayoría social evidente que respalde la fechoría emocional que comete. Lo minoritario es difícil que subsista más allá de acciones puntuales. En Cataluña, hoy, se repiten esquemas conocidos ya concebidos. El procés combina la modernidad de un movimiento utópico y revolucionario con las apelaciones románticas de regreso a un pasado que nunca existió, pero que conviene construir a base de mitos y educadores subvencionados. El crecimiento del seny indepe se debe al odio visceral de pertenencia al régimen democrático del que procede y sin el cual ninguna manifestación, violenta o no, se produce. Matar a la madre, la democracia, como prueba de fuerza, es sin duda la tensión de la que nace todo lo demás.

Al procés actual lo apoya una sugerente clase media, nacida de esa burguesía catalana que pasó de ser española a secesionista de la noche a la mañana. Votantes siempre de partidos liberal-conservadores desde los tiempos de La Renaixença, esa burguesía que admiraba a Cambó y leía a Vicens Vives y Plá, abraza ahora las burradas tuiteras de santos rufianes y arcángeles gabrieles. Cataluña del revés. Pero, sobre todo, el procés se asienta en las masas despolitizadas de jóvenes que, desde la pubertad de su radicalismo, han capitalizado la causa de forma irreverente. Destrozan socialmente aquello que siempre unió a Cataluña: el sentido común.

Sin suborganizaciones creadas ad hoc para la causa, ningún entramado es posible. Ian Kershaw, el mejor biógrafo de Hitler, ya habló de la importancia de estas entidades para configurar un orden totalitario en su magna obra, ‘Hitler: 1889-1936’. Alienar la cultura a través de los valores forma parte de toda estrategia soberanista. Para ello es preciso construir un nuevo panorama que rehúse todo tipo de influencias, sobre todo si son españolas. Priorizar por un lado lo catalán (lengua, familia, raza) y fomentar las virtudes del pueblo elegido, al que enfatizan por delante de todo valor individual, constituye el quehacer nacionalista. La Heimat (tierra de origen) y el Volk (pueblo) como origen y destino del mismo delirio totalitario. Han desarrollado un sistema de sincronización de las diferentes organizaciones sociales y culturales con la política e ideología del procés, alterando en muchas de ellas su esencia de nacimiento. La propaganda que acompañó al acto del otro día, una manifa que acabó en retrato de la infamia, nutre de contenido cada acto del gobierno y acólitos. Todo lo que no entre en ese ecosistema es literalmente censurado.

La ANC, Omnium Cultural y tantas otras, recuerdan a esa Reichskulturkammer (Cámara de la Cultura del Reich) que aglutinaba las diferentes entidades e inquietudes culturales y artísticas de la patria, y quien regulaba la pureza de los movimientos estéticos del Reich. La cultura sirve cuando la propaganda lo decide. Sublimar el arte por el arte no es tarea de los totalitarios, sino vigilar la pureza de su substancia, para que nadie quiebre su inmaculado origen (catalán). El procés quiere ganarse el corazón del pueblo mediante el terror, la amenaza, el chantaje y el mito constante de la opresión, y para ello es necesario que la sociedad inhale unos valores culturales, lo que el historiador alemán Mosse llamó una “cultura total”, que nadie cuestione, que abrace el común objetivo de la independencia, eco romántico de un periodo en el que el hombre sólo es hombre si sirve a un propósito, aunque ello le convierta en parte de un rebaño adocenado.