Opinión

Nadie he pedido perdón

  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Huelga decirlo, pero la visita del Papa ha confirmado que Cataluña es España. Hasta Ayuso se apresuró a decir en X: «Qué belleza» ante el espectáculo de la Sagrada Familia. Frase que iba acompañada de una banderita española. Hace apenas unos años habría encendido al personal.

La diputada de la CUP Pilar Castillejo lo admitió en el pleno de esta semana del Parlament. La misma que se fue con la segunda flotilla. Al regresar, esperó a entrar la última en el hemiciclo para recibir los aplausos de una parte de los presentes, incluidos Illa y Rull. Como si hubiera hecho una gran gesta tras ausentarse treinta y pico días de su puesto de trabajo. ¡Y cobrando! Vacaciones pagadas.

En la sesión de control del miércoles, en efecto, lamentó que el viaje del Pontífice haya acabado convirtiéndose, en terminología cupaire, en un «macroevento papal turístico». A su juicio, sólo ha servido para «españolizar nuestro país». El verbo «españolizar» lo pronunció dos veces. «Presidente, vergüenza», le espetó a Illa; que, como siempre, escurrió el bulto.

Incluso Alejandro Fernández, en las antípodas ideológicas de la anterior, afirmó que «el pasado 10 de junio vivimos en la Sagrada Familia algo extraordinario por infrecuente en los últimos años». «Todos salimos de allí, pues, con un chute de autoestima y la sensación de que, cuando se hacen las cosas bien, Cataluña sigue conservando intacta su capacidad de asombrar al mundo. Hacía muchísimos años que no nos ocurría algo así, y buena falta que nos hacía a todos», concluyó el líder del PP catalán.

No había, en efecto, ninguna diferencia entre Barcelona y Madrid. En las redes vi la foto de una estelada en el estadio olímpico, pero poca cosa más. La ANC, que cada vez se parece más a un club de jubilados, hizo un llamamiento a llevar la bandera independentista. Y en alguna esquina del Ensanche, como la de Rosellón y Cerdeña, hasta se vieron algunas. Sobre todo a través de TV3.
La polémica de la expulsión de los cantantes, que no afectó al espectáculo, resultó una tormenta en un vaso de agua. Aunque Xavier Graset entrevistó a una de las agraviadas en su programa de la cadena autonómica para mantener la llama encendida.

Mientras que el portavoz de Junts, Josep Rius, el mismo que se ha acojonado con las primarias de Barcelona por si recibía voto de castigo, apeló a «la libertad de expresión». Y la presidenta de su grupo parlamentario, Mónica Sales, aseguró que era indigno «de una democracia». La vieja cantinela de que España es como Turquía. Pero el delegado del gobierno, el socialista Carles Prieto, se sacó las pulgas de encima alegando que era cosa del Vaticano, que tiene un protocolo muy estricto. Además, es verdad.

¿Cómo ha acabado el proceso? Y perdonen que me repita. Pues ya lo ven: los mismos que prometieron la República catalana a los 18 meses se contentan ahora con unas palabras de León XIV en catalán. Alabado sea el Papa.
A fin de cuentas, ahora hace más de una década -en julio del 2015-, pergeñaron en un lugar tan emblemático como la terraza del Museo de Historia de Cataluña, con vistas a al mar, la primera coalición entre CDC y ERC: Junts pel Sí. La misma que, en teoría, tenía que llevar esta bendita tierra a la independencia. En la foto salían, de izquierda a derecha, Oriol Junqueras, la desaparecida Muriel Casals, Raül Romeva, Carme Forcadell y Artur Mas. La crème de la crème.

Entre el público asistente estaban también personajes a los que ahora se los ha tragado la tierra, como el juez Santiago Vidal o el ex presidente de Súmate, Eduardo Reyes, que llegó a ir sexto en la lista.

También, por supuesto, Marta Rovira, Jordi Sánchez, Josep Rull, Jordi Turull, Núria de Gispert, Andreu Mas-Colell, Ramon Tremosa. Incluso personajes de segunda fila como Ignasi Planes, que venía de Reagrupament, o la ex alcaldesa socialista de Roses, Magda Casamitjana, que se pasó al proceso. Creo que sigue con cargo en la Generalitat. Muchos ya no están en el candelero, pero casi todos siguen chupando del bote.

Medio año después, otra estrella ahora en declive, Gabriel Rufián, anunció solemnemente a través de una entrevista periodística que «en 18 meses dejaré mi escaño para regresar a la República catalana». Ahí sigue. Intentando impulsar una alianza de izquierdas para seguir cobrando del malvado Estado español. Ha dejado el independentismo y ha vuelto a los orígenes.

Incluso su amigo del alma, Joan Tardà, el único dirigente de Esquerra que le da apoyo al cien por cien, dijo en el Debate del Estado de la Nación del 2013 que «les emplazo a vernos en la ONU el año próximo». Déjenme decirlo en catalán a ver si me lee: qui t’ha vist i qui et veu, Joan.

Hasta su sucesor, Alfred Bosch, copió más o menos la misma frase en febrero del 2015. «Adiós, Mariano Rajoy, adiós. Nosotros vamos a un país mejor, más justo, más próspero. Nada, que nos vemos en la ONU. ¡Bon vent i barca nova!» le soltó al líder del PP. Lo jodido es que ninguno de ellos ha pedido perdón. Y la inmensa mayoría sigue viviendo del cuento. Es decir, del erario público.