Opinión

¿Se nace científica o se llega a serlo?

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Hoy celebramos el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, repitamos la pregunta: ¿por qué hay menos mujeres en ciertas disciplinas científicas? Mi hijo estudia Ingeniería mecánica y dice que en su clase no hay más que una chica (la enviada del futuro). Sin embargo, nadie nos prohíbe entrar en un laboratorio. No hay leyes que nos impidan estudiar físicas o similares. Las universidades están abiertas. Las oposiciones son anónimas. Y, sin embargo, la paridad no llega.

Algunos hablan de biología, pero los estudios muestran que existen despreciables diferencias promedio en algunos aspectos estructurales y funcionales entre cerebros masculinos y femeninos, con un amplísimo solapamiento: no hay dos tipos de cerebro claramente separados. La mayoría de neurocientíficos sostienen que la variabilidad individual y la influencia del entorno son mucho mayores. Además, basta echar la vista atrás para constatar que las mujeres hemos conseguido casi la igualdad saliendo de los hogares con hijos colgados del pecho y a la espalda, menstruando y embarazadas, una realidad para descubrirse ante nuestras capacidades y resiliencia infinitas.

Yo creo que la respuesta ante el asunto de las mujeres en la ciencia empieza en casa porque, sobre todo, es cultural. ¿Cómo va a imaginarse científica una niña a la que le perforan las orejas antes de que sepa que tiene cartílago? Le ponemos dos florecitas de oro para que el mundo sepa que es ‘delicada’, no sea que alguien la confunda con un futuro Nobel de Química ¿Qué horizonte va a elegir si camina por calles con nombres de hombres, si en las películas las mujeres son la novia de o la madre de, si recibe por defecto el apellido del padre, aunque la madre haya hecho todo el trabajo de ‘logística y producción’ durante nueve meses?… Es el mayor robo de derechos de autor de la historia.

¿Qué ambición aprende cuando ve a su madre encogerse y rasurarse para parecer delicada, mientras su padre se ensancha en el sofá detrás del periódico y las gafas. Si su referente femenino dejó de trabajar para cuidar a todos, ¿qué idea de futuro profesional se le instala sin que nadie la obligue? El deseo también se construye en esos gestos mínimos que parecen inofensivos y que, sumados, dibujan el mapa de lo posible.

Empieza en el pelo largo de tu madre y el corto de tu padre. En quién arregla el enchufe y quién atiende al niño, ¿en qué baño está el cambiador para bebés? Empieza en los juguetes, en los cuentos, en el vestir. No nacimos odiando las matemáticas. Nos educaron para otros menesteres sin saberlo incluso, puede que sin intención. Por inercia.

Simone de Beauvoir escribió que no se nace mujer: se llega a serlo. No hablaba de cromosomas, sino de expectativas. Lo que una niña imagina posible para sí misma no surge en el vacío. Surge en un ecosistema simbólico.

Cuando hablamos de ciencia, además, solemos pensar en ingeniería, informática o física teórica. Rara vez recordamos que en medicina, biología o farmacia las mujeres ya son mayoría, las ciencias «duras» y las «cuidadoras». Y en esa clasificación invisible sigue latiendo el viejo reparto de roles.

El ajedrez es un buen laboratorio del debate. En la élite mundial apenas hay mujeres. No porque tengan menor capacidad, sino porque muchas menos niñas entran y permanecen en el circuito competitivo desde la infancia. Cuando solo alrededor del 10 o el 15% de los jugadores federados son mujeres, la ausencia en la cima es, en buena medida, una consecuencia estadística. Antes que biología, lo que hay es embudo cultural: menos estímulo temprano, menos tolerancia social a la obsesión competitiva y más abandono adolescente. No es que no puedan; es que llegan menos y se quedan menos.

¿Eligen menos las niñas la ciencia desde la libertad… o porque el marco que rodea esa libertad lleva décadas moldeando sus inclinaciones? Creemos que «no nos gusta» algo que nunca nos ofrecieron de verdad. Son las expectativas suaves, pero persistentes. En las democracias occidentales nadie nos impide estudiar astrofísica. Pero aprendemos qué territorios son más cómodos, más coherentes con lo que se espera de nosotras.

No busquemos explicaciones místicas en la genética ni en la libre elección. La verdadera ciencia ficción es creer que una niña elegirá libremente lo que el mundo lleva años diciéndole, en voz baja, que no es para ella. El día que dejemos de entrenar a las niñas para gustar y a los niños para ganar, las facultades de ingeniería se llenarán solas. Hasta entonces, la falta de mujeres en la ciencia no será un misterio de la biología, sino un éxito de nuestra cultura.