Mónica García se burla de los sanitarios de Ceuta al negar el colapso
Mientras los sanitarios de Ceuta confesaban a los reporteros de OKDIARIO estar al borde del agotamiento con su hospital desbordado, con medicación racionada para los ceutíes y ambulancias que ya no llegan ni a la mitad de sus servicios habituales, la ministra de Sanidad, Mónica García, ha salido muy chula este domingo a defender su gestión, negando con desparpajo lo que el propio personal sanitario está viviendo en primera línea.
García presume de haber «evitado el colapso» porque se han atendido 5.800 inmigrantes, hasta 1.100 en un solo día, y de que de 101 ingresos solo 28 son inmigrantes. Con esos datos, sostiene que «la mitad del hospital está ocupado» y que «eso no es una situación de colapso». Una lectura contable, fría, de despacho, que choca frontalmente con el testimonio de quienes están cada día en las urgencias: «No dan abasto», «el hospital ha estado colapsado y sigue colapsado», denunciaban los propios sanitarios a este periódico. La ministra reconoce que «la atención está tensionada» y que «hay un sobreesfuerzo», pero se empeña en no llamarlo por su nombre.
El lenguaje de Mónica García parece sacado directamente de un manual de neolengua orwelliana: todo es «tensión», «sobreesfuerzo», «crisis humanitaria» o «riesgo epidemiológico», pero nunca, bajo ningún concepto, «colapso». Ni mucho menos «invasión». Es la misma estrategia semántica que ya empleó Marlaska al rebautizar como «crisis migratoria» lo que cualquier ciudadano de a pie, y desde luego cualquier sanitario que trabaja de sol a sol en las urgencias de Ceuta, identifica sin necesidad de eufemismos: una invasión. Cuando la realidad es tan evidente que ya no se puede negar, al Gobierno solo le queda una salida: cambiarle el nombre.
Todavía más grave es su respuesta a la pregunta directa de si hay crisis humanitaria y riesgo epidemiológico: lo admite sin ambages, «sí», pero acto seguido rebaja la alarma asegurando que «el riesgo para la población ceutí es bajo» y pidiendo «no ser alarmista». Una advertencia curiosa viniendo de quien, apenas segundos después, acusa de «xenófobo» a quien se atreva a vincular inmigración con enfermedad. «Los migrantes no traen enfermedades», sentencia la ministra, mientras los sanitarios de Ceuta hablan de brotes de tuberculosis, hepatitis B y C, y sarna que no se veían desde hace años.
García tiene el mérito de ser capaz de desmentirse a sí misma en una sola frase: por un lado asegura que no han tenido que llamar a los médicos que están de vacaciones, como si eso demostrara que la situación está bajo control; por otro, reconoce que han tenido que contratar a más de 60 personas de refuerzo. Si de verdad no hiciera falta nadie más, ¿para qué se contrata a 60 profesionales adicionales en pleno mes de agosto? La propia ministra desmonta su discurso de la tranquilidad con sus propios datos.
La ministra no gestiona una crisis: gestiona un relato, y ni para eso le sale bien la cuenta. Mientras los sanitarios de Ceuta se dejan la piel a diario y admiten que no pueden más, García juega a las palabras desde su despacho, convencida de que a fuerza de repetir «no hay colapso» la gente dejará de creer lo que está viendo con sus propios ojos.
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