Más parlamento y menos sastrería

Pedro Sánchez, PSOE, parlamento

En el sanchismo, el parlamento es una institución venida a menos y, por veces, se teme que termine siendo como un zoo o como un videoclub. Parecería que lo mantienen abierto porque el orden constitucional les obliga y porque estar allí de culiparlantes les proporciona sus pingües ingresos, pero lo cierto es que fe y vocación le tienen muy poca. Y no sé por qué ahora nos extrañamos; quien hace lo más hace lo menos, y si son capaces de pasarse tres años sin presentar la Ley de Presupuestos, que es un mandato constitucional, no van a sentir ningún prurito por escaquear el debate de un tema tan coyuntural como la guerra en Irán, aunque tenga importantísimas implicaciones para nuestro país.

Cuando el próximo día 25 Pedro Sánchez se rebaje a hablar y ser interpelado en el Congreso, los españoles llevarán un mes aguantando en su ánimo, y sobre todo en sus bolsillos, un conflicto que lo mismo para entonces hasta ha terminado. Pero bueno, para estas cosicas, de nada se mueve entre el «pero sin prisas» de Sabina y el «ir pa na… es tontería» de José Mota, ya que lo realmente urgente era sacar la pancarta.

Arrastrando los pies como un colegial el primer día de clase, se han puesto con el escudo social, que, de momento, y a falta de concretar contenido, alcance o duración, no pasa de ser un sintagma que les hace salivar. Y lo peor es que le han encargado a Bolaños que lo impulse, lo que no deja de ser un riesgo teniendo en cuenta el pésimo porcentaje de éxito que últimamente tiene el triminsitro en producción normativa. De momento, él no ha pasado de hacerse el interesante e insistir en que están trabajando a tope en todos los Ministerios y, sobre todo, en que la guerra es ilegal. ¡Como si fuera la pretendida ilegalidad del conflicto la que explicara a los españolitos!

En cualquier caso, y sin habernos concretado nada, ya podríamos saber casi todo. Los ministros y los socios comunistas no se han resistido a echar su meadita y por eso ya nos maleamos que, como ha ocurrido en otros casos, las medidas que tomen serán exactamente las contrarias de las que deberían tomar. Porque lo que hay que hacer ya se lo ha dicho todo el mundo, aunque, en su soberbio sectarismo, no vayan a hacer ningún caso.

En el PP no pretenden inventar la rueda y han tirado de principios (algo que no siempre han hecho) y de sentido común: si los que sufren la inflación en cadena derivada del aumento del precio de la energía son los ciudadanos, es en esos precios y en el dinero disponible de estos donde hay que incidir. Con el añadido de que, si las reducciones temporales del IVA (del 21% al 10% en la energía y los derivados del petróleo) tienen un impacto transversal en los consumidores, la deflactación progresiva del IRPF y las exenciones y deducciones en dicho impuesto afectan principalmente a las familias y a las rentas más bajas. Por otro lado, la elevada fiscalidad de la energía es algo que ha hecho perder muchos trenes a la industria europea, y su abaratamiento, que ya nos dijo Draghi que era imprescindible para no quedarnos fuera del desarrollo tecnológico, debería ser ahora un objetivo irrenunciable.

Pero está claro que ni por convicción, ni porque se lo vayan a permitir los socios comunistas, van a orientar por ahí su paquete de medidas. Una vez más optarán por el escudito mono y chulísimo de Yolanda; otra vez a vueltas con las prohibiciones de desahucios y despidos; de nuevo con los cash-back y la intervención de precios; y, una vez más, con esos populistas paquetes de ayudas que parece que es el propio Sánchez quien nos los da de su bolsillo. En fin, nada que se encamine a evitar que los españoles se empobrezcan, sino a seguir incrementando la recaudación de impuestos y aparecer como el generoso limosnero cuando ese empobrecimiento ya se esté manifestando.

Con este previsible guion es muy difícil que haya mayoría, y mucho menos consenso, y no es de extrañar que estén mareando la perdiz con las llamaditas y con el brainstorming entre los grupos parlamentarios. Como un mal sastre: seguirán dando vueltas y vueltas con las medidas, pero será difícil que tengan listo el traje.

En esa ansia recaudatoria que soporta un Estado cada vez más manirroto, Marisú Montero se presentó esta semana en el Eurogrupo a pedir que se levanten las reglas de control del déficit. Para quitar el freno a la prodigalidad, cualquier excusa es buena. A los españoles no les alivió, pero a mí sí; ellos que se aprieten el cinturón para que yo pueda desapretármelo, o mejor dicho, para que me lo desabroche del todo y podamos seguir gastando a calzón quitado.

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