Opinión

Madina, el hombre bala del PSOE

Ya en mayo de 2015, Pablo Iglesias planteaba con retórica y virulencia gramsciana un duelo al amanecer ante cualquier posibilidad de entente de Gobierno planteada por el partido socialista. Una osadía épica para modelar la plástica de la nueva izquierda. Una corriente admirada en la intimidad por el propio Pedro Sánchez, por cuya debilidad ha permanecido cuatro meses arrodillado frente a la formación comunista reconociéndoles de forma ominosa el mérito de administrar oxígeno al Partido Socialista. Con la esperanza pusilánime de que aquel que les administra el veneno y el calmante les ofrezca piedad en el último momento.

Sin embargo, no habrá piedad el 26 de junio porque la celebrity estrategia del sorpasso entre Iglesias, Garzón y las confluencias es una sublime y letal maniobra de cirugía electoral para extirpar al PSOE su relevancia institucional. Un PSOE que puede existir sin un programa propio, tan travestido por sus múltiples cesiones a unos y otros durante 130 días, pero no sin un referente político que arrebate protagonismo al caudillo. Disponer de un líder sería la única tabla de salvación del PSOE y, a su vez, es la losa sobre el panteón de la facción política de Pedro Sánchez. Dos figuras se reivindican para semejante capacidad, aunque ambas podrían no lograrlo por diferentes motivos.

Susana Díaz, cuya habilidad es la de hacer girar a los nostálgicos de los mejores tiempos del socialismo hacia el felipismo, exhibe, sin embargo, heridas mal cerradas desde que sacrificó a Madina cuando éste luchaba por la secretaría general del PSOE, despejando así el camino a Sánchez con la condición de que el actual secretario general jamás llegara a ser candidato. Díaz se descubrió entonces como peón de Sánchez para acabar con la estela política del ex diputado por Vizcaya, y ahora es ella quien vuelve a sacrificarle al dispararle como “hombre bala” contra la línea de flotación y los miedos del actual líder socialista. Se supone que el disparo de Díaz ha de penetrar en el Congreso con el dúctil Madina como portavoz del futuro grupo parlamentario, una vez la lideresa se haga con la Ejecutiva tras la debacle de Sánchez, pero si es ese en realidad el propósito de Susana, ¿por qué no lo postula entonces y de forma segura como número uno de la circunscripción andaluza? Para erosionar a Sánchez al obligarle a denostar a Madina ante el aparato y su propio electorado.

Díaz sabe, además, que la portavocía del grupo parlamentario, que puede funcionar como extraordinario contrapoder a la ejecutiva o como blindaje del liderazgo de la misma, no está en manos de la ejecutiva, ya que por estatutos internos ésta tan sólo propone el candidato al grupo parlamentario, el cual dispone su acatamiento o hace emanar su propia voluntad en beneficio del suyo propio. Por tanto, el éxito de Madina depende de la voluntad de Susana Díaz de no repetir la traición, de que el pulso de la líder andaluza no se traduzca en derrota pública, y de la capacidad de control e ingeniería de las federaciones por parte de Sánchez para ser el prurito de la lideresa en su banquillo de reserva en el Congreso. El conformismo de la permanencia exhibido por todos ellos puede significar su muerte política. Tanto parasitismo y cobardía será la materia inerte en la que, sin más, se ahogará el actual Partido Socialista.