Lo que pretende Sánchez es secuestrar la democracia
La intención de Pedro Sánchez de decretar un estado de alarma de seis meses, con independencia de cuál sea la evolución de la pandemia, es una barbaridad que responde al deseo del presidente del Gobierno de saltarse al Parlamento para disponer de un poder absoluto que le libre del control de las cámaras. Una medida de carácter excepcional como el estado de alarma tiene que estar sujeta a un control parlamentario extraordinario, porque es precisamente en una situación de excepcionalidad cuando la democracia tiene que ser más exigente a la hora de pedir cuentas al Ejecutivo. La UE alertó precisamente en junio pasado del riesgo de los estados de alarma dilatados en el tiempo. Justo lo que quiere Sánchez.
Sánchez, que el pasado julio, pedía a los españoles que salieran a la calle a disfrutar del verano sin miedo a los rebrotes, pretende ahora secuestrar la democracia con una aplicación de un estado de alarma que se prolongaría hasta el 9 de mayo. ¿Qué fue de su promesa de sacar adelante una ley que sirviera de alternativa al estado de alarma? ¿Por qué Sánchez no ha cumplido su palabra? Es muy sencillo: el Gobierno pretende orillar el control del Parlamento y para ello recurre a una medida excepcional que quiere prolongar durante medio año para ahorrarse la tarea de tener que someter su gestión al visto bueno del Congreso. Ni seis meses, ni ocho semanas, como propone Pablo Casado. Que rinda cuentas cada quince días. Un Gobierno que se ha caracterizado por su sistemático ataque a las instituciones no puede disponer de un poder tan amplio por muy grave que sea la pandemia. Sería concederle una baza lesiva para el interés de España y de los españoles, porque si en ausencia de estado de alarma ha pretendido tomar el asalto el Poder Judicial, con estado de alarma el socialcomunismo haría de su capa un sayo.
Si la extensión del virus obliga a imponer toques de queda nocturnos, y dado que no hay plan B porque Sánchez no ha querido más fórmula que el estado de alarma, el Parlamento tiene que estar más encima que nunca. Nos va la democracia en ello.
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