El liderazgo no se va de vacaciones

Pedro Sánchez ha disfrutado este verano, de momento, de 27 días de vacaciones, principalmente en la Residencia Real de La Mareta (Lanzarote).
No habría nada especialmente relevante en ello si durante esas mismas semanas España no hubiera sufrido la crisis fronteriza más grave de nuestra democracia, tanto por su dimensión como por el desafío que supone para la capacidad del Estado de controlar y proteger sus fronteras.
No quiero hablar aquí de política fronteriza, ni migratoria, ni de izquierdas ni de derechas. Quiero hablar, desde mi experiencia de décadas evaluando y seleccionando directivos, de algo mucho más básico: liderazgo, responsabilidad y ejemplo. Porque lo sucedido este agosto plantea una pregunta que trasciende a Pedro Sánchez: ¿puede quien ocupa la máxima responsabilidad comportarse ante una crisis como un ciudadano más que, simplemente, está de vacaciones? Las vacaciones y la desconexión son un derecho. Pero la responsabilidad es una obligación y no se desconecta.
La responsabilidad consiste en hacerse cargo: intervenir cuando es necesario, decidir cuándo corresponde y asumir personalmente aquello que no puede delegarse. Una organización seria debe funcionar sin recurrir permanentemente a su máximo responsable, pero una crisis excepcional no es gestión ordinaria. Hay momentos en los que quien dirige debe estar personalmente al frente porque su presencia significa algo elemental: esto es suficientemente importante como para que yo me ocupe. A mayor responsabilidad, mayor obligación.
La historia ofrece ejemplos terribles de lo que ocurre cuando esto no se entiende. En agosto de 2000, el submarino nuclear ruso Kursk se hundió en el mar de Barents con 118 hombres a bordo. Al menos 23 sobrevivieron inicialmente y quedaron atrapados mientras Vladímir Putin permanecía de vacaciones en Sochi y tardaba días en aceptar ayuda extranjera. Murieron los 118. No sabemos si una actuación diferente habría salvado una sola vida. Pero la imagen que Putin dio ante sus compatriotas y ante el mundo fue devastadora.
Existe algo profundamente desmoralizador en comprobar que la persona de la que esperas una respuesta ante una grave crisis parece seguir con su vida mientras tú estás dentro del problema. Ocurre en una familia, en una empresa y en un país. Pocas cosas generan tanta desazón como sentirse abandonado por quien tiene la obligación de responder.
Han tenido que transcurrir 26 días desde la invasión de finales de julio en Ceuta para que el Gobierno reúna al Consejo de Seguridad Nacional, declare la situación de interés para la Seguridad Nacional, establezca un mando único y anuncie medidas de choque. Mientras tanto, miles de personas de toda índole deambulan por una ciudad de apenas 84.000 habitantes, sometida a una presión extraordinaria sobre sus calles, sus servicios y su convivencia.
Sánchez realizó alguna actividad presidencial desde su lugar de vacaciones, mantuvo videoconferencias y llegó a desplazarse brevemente a la ciudad autónoma. Pero discutir ahora cuántas reuniones mantuvo o desde dónde resulta secundario. La cuestión es qué ocurrió y está ocurriendo bajo su responsabilidad. Un máximo responsable responde de que aquello que dirige funcione, de que las decisiones se tomen y de que la organización reaccione a tiempo.
Trasladémoslo a una empresa. Imaginemos una compañía en una crisis gravísima mientras su CEO está de vacaciones. Pasan las semanas, los clientes siguen afectados, el problema empeora y la respuesta llega casi un mes después. ¿Aceptaríamos como explicación que estaba informado, hizo videoconferencias y había otros directivos ocupándose y, por cierto, contradiciéndose entre ellos? No. Simple y llanamente habría sido despedido.
En una gran compañía habría explicaciones, responsabilidades y ceses fulminantes. En una pequeña empresa sería aún más cruel: un propietario que no reacciona puede perder clientes, su empresa, su patrimonio y dejar sin trabajo a quienes dependen de ella. En el sector privado, la realidad siempre termina pasando factura.
Cuando llega una crisis, al máximo responsable no se le pregunta cuántas reuniones celebró, sino qué hizo, cuándo y cómo; y qué ocurrió bajo su responsabilidad. Porque estar ocupado no es lo mismo que estar dirigiendo. La responsabilidad sube, no baja.
Hace más de dos mil años, Aristóteles identificó las virtudes esenciales de quien dirige a otros: prudencia para comprender qué exige cada circunstancia; justicia para anteponer el bien común al interés propio; valentía para afrontar las dificultades; templanza para no dejarse llevar por la comodidad; y magnanimidad para estar a la altura de una gran responsabilidad.
Las virtudes sólo existen cuando se ejercen y es en la adversidad donde se revelan: cuando una crisis golpea, el líder demuestra quién es realmente.
Precisamente por eso resulta tan desconcertante lo ocurrido este verano. Mientras Ceuta afrontaba una situación extraordinaria que exigía presencia, dirección política y capacidad para transmitir seguridad, el presidente del Gobierno optó por mantenerse alejado de la escena disfrutando de unas vacaciones privilegiadas, por cierto, pagadas por sus compatriotas, incluidos los ceutíes.
La prudencia le hubiera exigido comprender la gravedad de los acontecimientos; la justicia, poner en primer lugar a quienes soportaban sus consecuencias; la valentía, dar la cara; la templanza, anteponer el deber a la comodidad; y la magnanimidad, estar a la altura de la responsabilidad asumida.
Hay una vieja máxima que lo resume: «El poder revela al hombre». Porque cuando alguien adquiere poder y responsabilidad sobre otros termina mostrando su verdadero carácter, su verdadera cara.
Como headhunter, llevo muchos años entrevistando y evaluando a directivos a los que se les exige demostrar estas “virtudes” aristotélicas que hoy llamamos competencias. Y hay una diferencia que aparece con enorme claridad cuando las cosas se complican: el cargo se disfruta cuando todo funciona y la responsabilidad se demuestra cuando algo deja de funcionar.
Una fábrica que se detiene o se incendia, un accidente, una crisis reputacional o una caída inesperada de resultados. Es entonces cuando se mide realmente a quien dirige.
Y conviene decirlo con claridad: la inmensa mayoría de nuestros empresarios, directivos y autónomos son un ejemplo cotidiano de responsabilidad. España es un país de pequeñas empresas y microempresas cuyos responsables saben que, si surge un problema serio, serán ellos quienes atiendan el teléfono, interrumpan sus planes y tomen las decisiones. No salen en los periódicos por hacerlo: simplemente lo hacen. Hay situaciones en las que no basta con delegar ni dirigir a distancia; la propia presencia forma parte de la solución.
Por eso resulta especialmente difícil aceptar que el estándar de responsabilidad que demuestra cada día buena parte de la sociedad española sea superior al que estamos viendo en quienes nos gobiernan. Un Gobierno debería representar lo mejor de una sociedad y elevar su nivel de autoexigencia, nunca rebajarlo.
También importa el ejemplo que transmitimos a los jóvenes. Durante años hemos hablado mucho de derechos, conciliación, desconexión, flexibilidad y bienestar; pero mucho menos de la responsabilidad que acompaña a la ambición. Crecer profesionalmente no significa sólo ganar más, tener un cargo mejor o decidir más, sino responder por más cosas y más personas. Y eso exige palabras que últimamente parece que nos cuesta pronunciar: esfuerzo, dedicación y sacrificio. A mayor responsabilidad, mayor exigencia personal.
Los cargos no vienen solamente con derechos, reconocimiento, poder, remuneración y buenas vacaciones. Vienen con obligaciones, exigencia y renuncias.
Nadie está obligado a ser presidente del Gobierno, como nadie está obligado a dirigir una organización, responsabilizarse de un equipo o ser padre o madre. Son responsabilidades que se buscan, se eligen y se aceptan a todos los efectos. En el caso del presidente del Gobierno, además, hablamos de una responsabilidad institucional asumida solemnemente al tomar posesión del cargo ante el Rey, comprometiéndose a cumplir fielmente sus obligaciones y guardar y hacer guardar la Constitución. Gobernar un país significa aceptar también aquello que nadie programa en una agenda: las crisis, las emergencias y los acontecimientos inesperados.
La responsabilidad no puede suspenderse porque coincida con las vacaciones o con unos planes personales o familiares. No es una cuestión de agenda, sino de liderazgo. El liderazgo no consiste únicamente en estrategia, propósito, empatía, comunicación, inteligencia emocional y carisma. Hay una palabra más antigua, menos sofisticada y bastante más importante: responsabilidad.
Cuando todo va bien, puedes marcharte; cuando algo va mal, vuelves si tienes que volver. Te ocupas, decides y respondes.
Y si llega un momento en que no estás dispuesto a asumir la responsabilidad, existe una opción perfectamente legítima y mucho más honesta: la renuncia o dimisión. Porque nadie nos obliga a aceptar altas responsabilidades, pero, mientras las tengas, la obligación es ejercerlas.
Mónica Vázquez Rojo es fundadora y managing partner de MV Executive Search.