Opinión

La victoria de Fujimori, ejemplo para Feijóo

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Ha sido un recuento agónico y ha tardado en completarse tres semanas. Desde que los peruanos votaron el 7 de junio en la segunda vuelta de las presidenciales hasta que la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) ha certificado el resultado definitivo, han transcurrido 22 días. El diario oficial El Peruano publicó el domingo 5 la resolución del Jurado Nacional de Elecciones que proclama a Keiko Fujimori y a sus dos vicepresidentes, Luis Fernando Galarreta y Miguel Ángel Torres.

Keiko Fujimori, hija del ex presidente Alberto Fujimori (1990-2000), condenado por delitos de corrupción y matanzas, primera dama de Perú y cuatro veces candidata a la jefatura del Estado por el partido Fuerza Popular, al final regresará a la Casa de Pizarro por derecho propio. Su toma de posesión se celebrará el 28 de julio próximo. El antifujimorismo, factor esencial en la política del país desde la huida del padre de Keiko, parece desvanecerse ante amenazas mayores y cercanas.

La división entre los peruanos es tan grande que estas son las terceras elecciones que se deciden por menos de 50.000 votos. En 2016, el liberal y globalista Pedro Pablo Kuczynski, que luego dimitió por acusaciones de corrupción por las que aún no se le ha juzgado, derrotó a Fujimori por 41.057 votos. En 2021, el izquierdista, indigenista y semianalfabeto Pedro Castillo venció a Fujimori por 44.263 sufragios. Y ahora, Keiko se impone a Roberto Sánchez por 49.641.

Aparte de los candidatos y sus programas, la escisión es la tradicional en Perú entre la costa y la sierra. Fujimori tiene sus feudos en Lima, Callao y el resto de la costa, mientras que los peruanos del interior, salvo Loreto y Ucayali, optaron por Sánchez.

En el departamento de Puno, donde se alían la izquierda con la delincuencia (contrabando y droga), Sánchez obtuvo un asombroso 86,4%. En Tacna y Madre de Dios, donde la situación es similar, sus porcentajes fueron el 71% y el 69%. Estos recuentos recuerdan a las provincias y municipios colombianos controlados por las narcoguerrillas, en las que el “voto fusil” dio al candidato izquierdista Iván Cepeda mayorías abrumadoras. Y es que la violencia y la delincuencia sí votan y escogen el caos y la impunidad.

Sánchez, psicólogo y ministro de Pedro Castillo, encarcelado por intentar un golpe de Estado, ha respondido que el gobierno de Fujimori es «ilegítimo» y que encabezará «un frente patriótico» contra «el golpismo», entre cuyos objetivos está la liberación de su compañero. La izquierda, o gobierna, o trata de incendiar el país.

Estos comicios dejan otras lecciones para la política española.

El Partido Popular puede aprender de Fuerza Popular a hacer una campaña sin complejos. El lema de Fujimori fue «Perú con orden», no apelaciones al centro ni a la institucionalidad, ni a «echar al sanchismo», porque entre las mayores preocupaciones de los peruanos se encuentra la delincuencia. Y eso que ellos no padecen una inmigración desbocada, como ocurre en España.

Alberto Núñez Feijóo difundió un vídeo en vísperas de la primera vuelta en el que pidió el voto de los peruanos establecidos en España para Fujimori, lo que dio excusa a la «sincronizada» del PSOE, encabezada por el ministro Óscar Puente, para reprochárselo. Inmediatamente, el PP se sumió en el silencio sobre las elecciones, hasta que el 30 de junio Feijóo se atrevió a felicitarle por su victoria.

La candidata Fujimori es la preferida de los peruanos, incluso de los peruanos establecidos en España, pero el PP español admite que los socialistas le digan que no puede ni dirigirse a ella por «decencia democrática» o cualquier otro argumento propio de la clase moralmente superior, cuando Pedro Sánchez se relaciona y hace negocios con los dictadores de China, Cuba y Marruecos y tiene más de un centenar de altos cargos y dirigentes imputados y condenados.

Por último, Keiko Fujimori no ha atacado a los partidos y candidatos cercanos, a diferencia de lo que hace el PP con Vox. Para recibir sus votos, no les ha insultado, sino que se ha comprometido a incorporarlos a su gobierno y su programa.

Mucho más implacable y realista que el PP, el PSOE, en cambio, puede sacar otra lección. Fujimori ha ganado gracias al voto exterior. Entre los peruanos residentes en el país, Sánchez consiguió 9.060.022 votos, más de la mitad, mientras que Fujimori se quedó con 9.028.008 votos. Unos 32.000 sufragios de ventaja para el candidato de la izquierda. Pero los ciudadanos residentes en el extranjero se volcaron abrumadoramente en favor de la candidata de Fuerza Popular, en una proporción cercana a dos votos para ella por uno para Sánchez: 195.388 frente a 113.733 votos. Gracias a esas 81.000 papeletas, Fujimori ha obtenido la presidencia.

En consecuencia, el Gobierno de Pedro Sánchez puede acelerar aún más la transformación de cientos de miles de argentinos, cubanos o venezolanos, que son nietos y hasta biznietos de emigrantes españoles que renunciaron a su nacionalidad, en nuevos ciudadanos españoles con los que llenar el CERA (Censo Electoral de Residentes Ausentes) y cometer un pucherazo que mantenga a la familia Sánchez-Gómez en Moncloa.

Uno de los fallos del sistema electoral peruano es su permisividad con las candidaturas. A las elecciones de 2016 se presentaron 10 candidatos; a las de 2021, subieron a 18; y en las de este año el número se dobló a 36 (uno falleció durante la campaña). De ellos, 14 sacaron menos de 100.000 votos. El nuevo Parlamento debería plantearse una reforma para evitar que las elecciones se conviertan en un circo, como el Mundial actual.

Sin embargo, lo que debería conservarse es la papeleta. De haberse introducido el voto electrónico, como quieren, sobre todo, los políticos progresistas y liberales, las protestas podrían haber sido mayores y, desde luego, no habrían acabado después de nuevos recuentos.