Opinión

Un espía ruso en el escote de Anna Grau

Ha causado sensación la noticia de que Josep Lluís Alay, director de la oficina del expresidente Carles Puigdemont y una de las personas de su mayor confianza, se había desplazado a Moscú en tiempos de la fallida “cutrevolución” independentista para recabar apoyo para el procés. Este apoyo sería el origen, entre otras iniciativas malintencionadas, del financiamiento y engrase del movimiento Tsunami Democràtic que, entre otras trastadas, fue el encargado de organizar el peligroso y descontrolado sabotaje del aeropuerto de Barcelona en octubre del 2019.

Durante los últimos años se han ido recopilando indicios de que el gobierno ruso ha estado detrás de muchos de los movimientos desestabilizadores en diversos países del bloque de la OTAN, de la Unión Europea preferentemente. El bombardeo de fake news tanto en redes sociales como en medios más convencionales, españoles y extranjeros, en la infausta etapa del procés podría tener tras de sí la mano de Moscú. Por eso mi admirada Maite Pagaza ha impulsado acciones en el Parlamento Europeo para denunciar, señalar y poner remedio a las nuevas tretas que los enemigos de la democracia utilizan en tiempos de inteligencias artificiales y redes sociales. Para la eurodiputada española es necesaria una puesta al día, y ha señalado la «vulnerabilidad de los países europeos» y nuestra falta de preparación para «las nuevas amenazas y agresiones extranjeras de tipo híbrido», pues el mismo derecho internacional se ha quedado obsoleto. Enfrentarse a la desinformación rusa en el caso catalán es imprescindible para evitar que se pueda replicar en otro lugar de Europa.

Cierto que conociendo al personal de aquí podemos pensar que la denominada “trama rusa del proceso” son delirios de grandeza.
¿Hay espías en el Parlamento catalán? Ahora estamos en otra cosa. Ha arrasado en medios y redes el apabullante escote que lució en una de sus intervenciones la diputada de Cs Anna Grau. Hasta el punto de que el regidor de Junts en Port de la Selva (Girona), Roger Pinart, la comparó directamente con una prostituta de carretera. Concretamente con las de la Junquera, demostrando conocimiento del tema y de su localización ideal.

Gemma Pascual, escritora y vocal de la Sociedad Catalana de Pedagogía colgó una fotografía en redes de esta intervención añadiendo: “ni ética ni estética”. Y lo premió la presidenta del Parlament, Laura Borràs, con un ‘like’.

Tiene mucha gracia lo de la ética en boca de quienes siguen apoyando que una parte de Cataluña arrebate los derechos de la otra mitad tal como hicieron durante los hechos del 2017. “A partir de ahora, de ética hablaremos nosotros”, decía Pujol desde el balcón de la Generalitat molesto por las graves acusaciones de corrupción de que era objeto. De ética iba a hablar él, que estaba defraudando moral y económicamente a todos los catalanes, incluidos los insensatos que le daban salvas desde abajo, en la plaza Sant Jaume.

Puede que Anna Grau a veces no sepa por la mañana si va a la playa o al Parlamento. Pero no cabe duda de que su trayectoria política hasta donde yo sé es inmaculada. Y más si se la compara con la de los golpistas que comparten con ella el Hemiciclo. Sus señorías podrán hablar de “estética”, si es que hay una sección “pasarelas y trapitos” en la sede legislativa catalana. Pero de ética, vamos anda. Sólo faltaría que unos diputados cuyas siglas son sospechosas incluso de acercamiento ilícito a un país como Rusia, que no destaca precisamente por su calidad democrática, sigan con su rollo de la ética. Aunque todo hubiera sido un sueño húmedo del Sr. Alay.

Andan sueltos espías en el Parlamento. Unos cuantos cabrían en el generoso seno de la diputada Grau. ¿Estarán ahí?