Opinión

«El día después» del 4-M: Paisaje tras una batalla

Ya escribimos durante la jornada de reflexión del 4M, que habría «un antes y un después» si se cumplían los pronósticos, salvo los del Cistezanos, claro está. Ahora, confirmados sobradamente, está claro que nos referimos a la nueva situación política nacida a nivel nacional, y no solo en Madrid.

Es evidente que aunque Carmen Calvo afirme lo contrario —no creyéndoselo ni ella—, no se trataba «sólo» de la elección del Gobierno de una comunidad autónoma más. Todos, comenzando por el propio Gobierno, plantearon las elecciones como una suerte de primarias de las próximas generales, al bajar el propio Sánchez a la arena electoral, y dirigiendo la campaña desde Moncloa. Hasta el mismo Iglesias dejó una vicepresidencia del Gobierno para comparecer como candidato a la presidencia autonómica. Por si no fuera suficiente, en el imaginario colectivo ya se había situado a Isabel Díaz Ayuso como el objetivo político a batir por Moncloa y Ferraz desde el primer minuto, pero de la pandemia, no de la campaña.

Es sabido que las victorias tienen muchos padrinos, mientras las derrotas son huérfanas, por lo que no sorprende la reacción del sanchismo político intentando limitar lo sucedido a la CAM, para eludir darse por enterado de su primer gran fracaso, con una derrota histórica. Pero eso no evita que los efectos de lo sucedido se extiendan a toda España. Las cosas son lo que son, aunque Hegel no esté de acuerdo, y las forzadas dimisiones de Gabilondo y Franco (con perdón), no hacen olvidar al inefable Tezanos, ni a todas las «víctimas del fascismo terrorista» encabezadas por la vicepresidenta económica in pectore —e insepulta— del Gobierno tripartito: la ministra de Sánchez que ya ha pasado a la historia como «la de la navaja con manchicas de carmín». La política tiene no poco de sensaciones y emociones, y por ello pretender sin más pasar página a lo sucedido, es intentar poner puertas al campo.

Por de pronto, el mito de un Sánchez invencible con su manual de resistencia y resiliencia, ya está puesto a prueba por su gran rival Susana Díaz, convirtiendo las primarias del PSOE en Andalucía en una suerte de segunda vuelta de aquellas históricas de 2017. Ya es significativo que ella se presente diciendo que es consciente de no ser la candidata oficial, marcando radical distancia con Sánchez, que deberá emplearse a fondo para evitar una derrota —inimaginable a priori— que significaría su estocada final.

Por supuesto, no olvidamos la desaparición de Pablo Iglesias de la primera línea de la política, para comenzar una nueva etapa de su vida bajo la tutela del «polifacético» Roures, el anfitrión de quienes ahora son incapaces de formar Gobierno en la Generalitat catalana, que lleva en funciones desde la inhabilitación del «ínclito» Torra el pasado septiembre. El destierro político de Pablo Iglesias forzado por los madrileños no es una noticia menor, sino de gran alcance. Las consecuencias inmediatas y mediatas de esa retirada se irán definiendo con el paso del tiempo, pero no es aventurado ya afirmar que supone un duro golpe al sanchismo político, que tenía en él al cooperador necesario para subsistir. No es fácil que Podemos sobreviva a su fundador, máxime cuando la marca de Más Madrid —su escisión verde y errejonista— emerge con fuerza superando incluso al PSOE.

Con Iglesias desaparecido ahora y Rivera con anterioridad, se van los dos grandes protagonistas de la «nueva política» nacida de la combinación letal del procés separatista y de la gran crisis económica, financiera y social de la pasada década; pero queda aún por redefinir el nuevo espectro político resultante.

A la derecha, Vox ha venido para quedarse, mientras no ceda a las presiones —como hizo el PP— de asumir el dogma ideológico de género, impuesto para poder ser aceptado en el perímetro de la corrección política. Mientras, a la izquierda todo está en suspenso, a la espera de que Roures e Iglesias en Cataluña sean capaces de conseguir un acuerdo, y además se dirima el duelo andaluz. El sanchismo no puede sobrevivir con una ERC enfrente y con Iglesias fuera.

Por ello, ahora comienza de verdad la legislatura: sin estado de alarma y con la ciudadanía en casi plena libertad.