Opinión

Es el clima de la Cumbre, no al revés

  • Juan Ángel Soto, director de Civismo

Como era previsible, la Cumbre del Clima ha fracasado estrepitosamente. Una falta de resultados que, además, ha sido más fehaciente que nunca por el bombo y platillo con el que han transcurrido los diferentes encuentros e intervenciones. Se ha saldado con un paupérrimo llamamiento a los Estados para que redoblen esfuerzos con el fin de combatir el cambio climático, y se ha pospuesto la plena entrada en vigor del Acuerdo de París ante la ausencia de consenso. Quizá, a la próxima, en la cumbre de Glasgow, en 2020. En definitiva, de cumbre a cumbre y tiro porque me toca. Y, mientras tanto, el planeta ni se inmuta.

Esta falta de acuerdo frente a un problema que nos afecta a todos es una de las consecuencias del multilateralismo cada vez más fuerte que caracteriza a la comunidad internacional ante el retraimiento de EE.UU. y el avance de China. Asimismo, la notable diferencia en el desarrollo económico de los países, y sus legítimas aspiraciones e intereses nacionales, dificultan sobremanera la adopción de cualquier pacto que tenga un impacto claro de cara a revertir la deriva actual.

Sin embargo, este carácter anárquico de la comunidad internacional no habría de sorprendernos (Milner, 1991), pues lo atípico es el mundo unipolar al que nos habíamos acostumbrado tras la desintegración de la URSS. No obstante, y pese a la multitud de intereses y agendas, en el campo climático se aprecian dos bloques claramente diferenciados. Por un lado, está el de la ortodoxia, liderado por la Unión Europea, que ha abogado estos días por que los Estados que han suscrito el Acuerdo de París revisasen al alza sus compromisos, a fin de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. La heterodoxia climática, por el contrario, la representan, por ejemplo, Brasil, China e India, los cuales han pretendido poner freno a ese incremento, a la par que defendían que los países más desarrollados adquiriesen compromisos mayores. Después, como viene resultando habitual, está EE.UU., más afín al segundo bloque que al primero, pero operando religiosamente bajo la máxima del America First.

Sin embargo, la Cumbre no ha fracasado porque la causa carezca de la suficiente envergadura. Tampoco porque los presentes en ella sean del todo insignificantes en comparación con los ausentes —recordemos que EE.UU., China, India y Rusia juntos suman alrededor del 55% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Lo que en verdad ha lastrado la Cumbre del Clima ha sido el clima de la cumbre. Uno caracterizado por unos postulados neomarxistas y maltusianos que, de forma más o menos explícita, han parasitado el discurso dominante —y, prácticamente, único— de las sesiones y conferencias de la COP25, excluyendo todo tipo de propuestas que aspirasen a dar soluciones desde una perspectiva más acorde con la libertad individual y empresarial, alejada de la imposición gubernamental y regulatoria, y del estigma social.

Este mismo sesgo ideológico ha marcado a las organizaciones de la sociedad civil, que, no obstante, han realizado un alarde de capacidad de movilización formidable, como contrapeso necesario a la clase política y la élite de Davos. Dicho esto, resulta irónico que tanto los primeros como los segundos bailen al ritmo de gigantes corporativos, que riegan de dinero iniciativas medioambientalistas a la par que influyen en el diseño de las políticas públicas que afectan a su sector de actividad. Nadie como ellos surfea la ola regulatoria ‘verde’ que se nos viene, ni tampoco se lucra a su nivel. Esta se trata de la gran paradoja de la causa ecologista actual: el capitalismo clientelista patrocina el ecomarxismo de Greta, los gretinos y compañeros mártires, en una demostración más de su gran instinto de supervivencia —aunque, en realidad, es suicida en este caso, pues alimenta la semilla de su propia destrucción. Por su parte, el individuo parece encontrarse indefenso ante las embestidas del Estado y el mercado. Nos vemos en Glasgow.